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La embriaguez del pensamiento

Actualizado: 16 abr

Funeral


Jacques Sagot




 

Despierto en mitad de la noche.  Extraña sensación en mis manos.  Enciendo la veladora.  Mis diez dedos están metidos en otros tantos ataúdes, variables sus tamaños, de conformidad con cada miembro.  ¡Mis dedos han muerto, mis dedos han muerto! –exclamo, en el paroxismo de la angustia–.  Todos los féretros son color gris, mate, idéntica textura, mismo olor, lisos, desprovistos de cualquier ornamento.  Como los ataúdes de la gente humilde.  ¿Adónde, adónde será el sepelio, en nombre de Dios, adónde tengo que ir a enterrar mis manos?  ¿Cuándo se me murieron?  ¿Quién las mató?  Eran buenas, y bellas, y eran mías.  Nunca hicieron mal a nadie, mis dedos: ¿por qué los mataron?  El pecho oprimido.  Quisiera estrechar mis ataúdes contra mi corazón.  Siento una infinita piedad por ellos, por mí.  Me ahogo.

 

Mi pequeña armada de héroes caídos.  Fueron leales, fueron valientes.  Hicieron bella música.  Muchas, muchas veces, para públicos en cuatro continentes.  ¿Por qué asesinarlos?  ¿Quién fue el autor de esta atrocidad?  Es posible que mis dedos hayan señalado más de la cuenta.  De manera admonitoria e impugnadora.  Es posible que hayan hurtado una u otra cosa, por aquí o por allá (libros, es todo cuanto recuerdo).  Es posible que hayan librado un puñetazo de ira sobre la superficie de una mesa, haciendo saltar los vasos y cubiertos.  Es posible que hayan entreabierto más labios de la cuenta.  Jugando con ellos, gozando de su humedad, hundiéndose como en el musgo en tal o cual fragante hondonada.  Es posible que eso los hiciese salaces y odiosos.  Es posible que hayan jurado en vano.  Aún más: es seguro que lo hicieron, y con frecuencia.  Es posible que alguna vez tomaran un crucifijo y lo hiciesen girar como una veleta, colgado de un hilo prendido del techo, por el puro placer de ver el metal del crucificado desperdigar resplandores por la estancia.  ¿Merecía tal travesura la muerte?  Es posible que alguna vez hayan amenazado… pero no, no, nunca a puño cerrado.  A lo sumo fueron gesticulantes y parlanchines.  Jamás golpearon a nadie.  Descuidaba el aseo de mis uñas: lo reconozco.  Me resultaba grato, tocar el piano con las uñas largas, pero bajo ellas se acumulaba la mugre.  De nuevo: no me parece un cargo merecedor de una ejecución en masa.

 

Me anuncian que el funeral tendrá lugar mañana.  Todo se planeó durante mi sueño.  Las amputaciones fueron ejecutadas mientras dormía.  La noche y sus temibles emboscadas: ¡demasiado bien las conozco!  No hubo juicio, ni jueces, ni fiscal, ni abogado defensor, ni testigos, ni lectura de cargos…  Alguien, por alguna razón, los sentenció a muerte.  Y ahí yacen ya, en sus diez ataúdes.  Los de los meñiques son chiquititos, por poco diríanse capullos.  Los de los pulgares, mucho más gruesos, y los de los dedos terceros, por mucho los más largos.  Quien ejecutó la ceremonia me conocía sin duda íntimamente: sabía que padezco de un grado considerable de atrofia del brazo derecho desde los diez años de edad.  Todo, en el brazo, es considerablemente más corto y delgado que el izquierdo.  Y los sarcófagos fueron diseñados teniendo en cuenta esta diferencia.  No lo hice yo, ¡no creerán que sería capaz de…!  ¡Además, yo estaba dormido, profundamente dormido!  Cierto que en el pasado he padecido de la manía consistente en morderme los labios, y disfrutar con las longilíneas fajitas de tejido que se desprenden lentamente, dejando al descubierto la carne tersa y pulposa que, roja, exuda su zumo de sangre, pero nunca masacré mi boca al punto de convertirme en un peligro para mí mismo.  

 

¡Ya tañen las campanas!  ¡Ya me convocan a las exequias!  Serán celebradas en el jardín de mi casa.  En esa tierra crasa, negra y buena con que solía jugar durante mi infancia.  Rica en caracoles, gusanos, larvas, insectos y raicillas de todo tipo.  Ese será el sitio del sepelio.  No habrá sacerdote, ni invitados vestidos de negro impenetrable.  No habrá nadie más que yo mismo.  Hierofante al tiempo que panteonero de mis dedos.  Los diez tendrán nichos diferentes: no reposarán en una fosa común.  Lo veo por la ventana, y ello me reconforta.  Eran como personas.  Como seres humanos, sí, dotadas de personalidades, flaquezas y fortalezas acusadísimas.  No merecen yacer en el mismo agujero.  Cada uno de ellos tendrá su lápida, una pequeña urna con flores, su placa y quizás un epitafio.

 

Bajo al jardín.  No siento el aire frío de la mañana en mis dedos.  Ellos que fueron la sensibilidad misma, ahora rígidos y yertos.  Ellos que no solo tocaban el piano: gesticulaban tan elocuentemente que por poco podría decirse que hablaban.  Ellos, a quienes, en presencia de cualquier peligro –un perro que se acercaba ladrando, la puerta de un vehículo que se cerraba– cuidaba instintivamente, llevándomelos sobre la cabeza, o escondiéndolos entre los muslos.  Ellos, que tantos comentarios suscitaron (“son inteligentes, tus manos” –solía decirme una amiga–, y “tu dedito meñique derecho da la impresión de estar siempre sonriendo” –me decía otra–).  Y era cierto.  Siendo mi brazo derecho el atrofiado, su dedo meñique era por mucho el más pequeñito de todos, pero también el más juguetón, y a la hora de hacer cantar una melodía, capaz de inusitada fuerza.  Un amigo me lo mencionó recientemente, después de un ensayo del Primer Concierto de Tchaikovsky: “¿Cómo hacés para tener un dedo meñique tan fuerte?  ¡Todas las melodías que le están encomendadas cortan en medio del barullo de la orquesta como si de una trompeta se tratase!”  Así era.  Nunca supe cómo tocaban mis dedos.  Ellos fueron encontrando su posición óptima y sus fortalezas poco a poco, supongo.  Fue algo natural: no tengo en ello mérito alguno.  Nunca los sometí a la tediosísima bazofia de Czerny, Pischna o Hanon, nunca, nunca.  Si tenía que resolver alguna dificultad técnica, ¿por qué no hacerlo directamente con un estudio de Chopin?  ¡La vida es corta, no tiene caso desperdiciarla en mera calistenia, cuando Chopin nos ofrece una forma de gimnasia mil veces más eficaz, y además henchida de emoción y poesía!

 

Así que desarrollé mi técnica prescindiendo de toda esa rutina halterofílica que reseca el cerebro y esteriliza el espíritu.  Solo toqué aquellas cosas que amé.  No bastaba con que me gustaran –no había, virtualmente, pieza alguna de ningún gran maestro que no me gustara–: tenía que amarlas, con un amor desesperado, con una especie de urgencia, de deseo que no podía, no sabía esperar.  Así que, a todas luces, mis deditos no fueron los gimnastas más ortodoxos que cupiese imaginar, pero lograron desarrollarse plenamente.  Cosa curiosa: nunca me preocupó que todos produjesen el mismo tipo de sonido (la obsesión por la homogeneidad, la uniformidad dinámica).  Antes bien, cultivaba aquellas propiedades que los hacían diferentes.  Cuando tocaba una escala, las notas no sonaban iguales.  Eran escalas declamadas, escalas que venían de un arché, y se encaminaban hacia un thélos, escalas que expresaban algo (o quizás miles de cosas).  No sonaban rencas o desiguales: simplemente, era para mí imposible que no enunciaran algo, y al hacerlo, se llenaban de inflexiones y matices.  Pero este heterodoxo método de práctica no justificaría en ningún lugar del mundo la masacre, el holocausto de que mis manos venían de ser objeto.  Ni siquiera el pedagogo más pedante y riguroso del mundo habría llegado a tal punto de crueldad.

 

No sé quién mató mis dedos.  No lo sabré jamás.  Los cortes son limpios, netos, como ejecutados con la más sutil de las navajas.  Practicados desde la raíz misma del dedo, como para evitar fanáticamente que en virtud de algún inexplicable prodigio, pudiesen crecer nuevamente, tal la cola de los reptiles o algunos tallos talados.  Experta, oh, cuán experta, la mano que se había encargado de las mutilaciones.  Posiblemente fueron varias manos, asistiéndose unas a las otras.  Una vez más: la precisión y lisura de los cortes, la ausencia de sangre grumosa, la impecabilidad del trabajo revelaba a un cercenador de primera línea.  Era obra de cirujano, con algo de talador, y mucho de dermatólogo: un artista capaz de dejar la superficie de la amputación lucia, perfectamente sellada, ya recubierta por una sutil película de piel rosa y ligeramente húmeda.  Las lisas, lustrosas superficies de Brancusi.  Como diez botones… de los cuales ya ninguna flor brotaría nunca más, pero que podrían haberse confundido con retoños de primavera.

 

En el jardín, el área para el sepelio había sido circunscrita al pie de un viejo sauce.  Me hinqué bajo su follaje, ese que tanto amaba Musset, y musité una breve oración por cada uno de mis muertos.  Lloraba regular y silentemente, sin espasmos ni sollozos.  Un lento, inextinguible manar de lágrimas.  Como quien ordeña la sal de los ojos para toda la vida.  Fui depositando cada uno de los ataúdes en sus agujeros, y cubriéndolos con tierra.  Sobre ellos colocaba la lápida y una pequeña cruz de madera.  Eso hice uno tras otro, con mis diez dedos amados, la más pura, la más buena y noble parte de mi ser.  Quizás por eso mismo tenían que morir, ¡qué sé yo!

 

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