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La embriaguez del pensamiento


¡Juzgo a los que juzgan, y condeno a los que condenan!


Jacques Sagot


Es evidente.  Los hay, en este mundo, que nacieron para juzgar y condenar.  Son el martillo de Thor, el látigo de Jesús, la roca que Hades y Ares le infligieron a Sísifo para que la cargase montaña arriba por toda la eternidad, son el águila cebada en las entrañas de Prometeo por dictamen de Zeus, son el planeta a espaldas de Atlas, es Aracne transformada en araña por la ira de Atenea…  Es lo que mejor saben hacer: juzgar, condenar y asignar castigos.  No conocen el significado de las palabras misericordia, compasión, empatía, clemencia, conmiseración, piedad, solidaridad… ni siquiera la de lástima.


Todos vimos, con ojos dilatados por el horror, cómo, durante la tragedia de las torres gemelas de Nueva York, el 11 de setiembre de 2001, mientras los edificios ardían, algunas de las víctimas atrapadas en los pisos superiores, optaban por saltar al abismo.  No era una decisión fácil de tomar –es lo menos que podemos decir–: algunos se arrojaron desde el piso 106 y 110, por ventanas quebradas o boquetes abiertos en la estructura.  Las caídas  –muchas filmadas íntegramente–suponían diez segundos antes de que las víctimas se estrellasen con el suelo.  Haya Dios acortado su dolor, y transformado en sus mentes ese salto al abismo en cuestión de nanosegundos.  La identidad de por lo menos una de estas personas ha sido identificada, y fue objeto de un profuso documental para la televisión.  Pero se estima que entre cincuenta y doscientas personas tomaron la misma decisión.


A las 9 horas, 41 minutos y 15 segundos de la mañana de ese infausto día, el fotógrafo de la centenaria agencia noticiosa The Associated Press, Richard Drew, inmortalizaba las imágenes más cruentas de la tragedia.  Una instantánea muestra la caída de un hombre que acaba de lanzarse al vacío desde el piso 106 de la Torre Norte.  Viste pantalones oscuros y en la parte superior luce lo que parece ser una americana, una camisa o algo similar a una túnica blanca.  Con las colosales ventanas del rascacielos de fondo lo vemos caer de cabeza, su tronco recto, su pierna izquierda flexionada.  En los días posteriores a la debacle los políticos y medios de comunicación decidieron darle énfasis a las imágenes que perpetuaban los grandes actos de heroísmo: policías, bomberos y ciudadanos corrientes tratando de auxiliar a aquellos para los que, por desgracia, no había ayuda posible.  La icónica foto de Drew, conocida como Falling man, fue publicada por muchos medios de comunicación en los días posteriores al evento.  Después desapareció.  Los periódicos que la publicaron, entre ellos TheNew York Times, fueron inundados de quejas y acusaciones muy severas: la foto representaría, en opinión de muchos, un acto de mero amarillismo, una invasión de la privacidad y la explotación morbosa de la muerte de una persona.  Resulta claro que ni los Estados Unidos ni el mundo estaban preparados para una mostración de la muerte tan directa, tan obscenamente gráfica y sobre todo, tan extensa (como dije, hay camarógrafos que captaron la totalidad de la caída, que parece extenderse una eternidad)


          En 2006, la cadena de televisión británica Channel 4 emitió el documental 9/11: The Falling Man.  Es casi una certeza que se trataba del técnico de sonido que trabajaba en el restaurante Windows of the World de la Torre Norte del World Trade Center.  Su nombre era Jonathan Briley.  Y de inmediato saltaron los Torquemadas de este mundo: el acto habría sido suicidio, no asesinato.  Es decir, que además de la pesadilla que tuvo que padecer, el pobre hombre estaría hoy en día sufriendo los martirios que Dante reserva en el Sétimo Círculo de su infierno para los suicidas (los violentos contra sí mismos). 

 

Esto es simplemente monstruoso, una manifestación de lo peor del fanatismo religioso aunado a la ignorancia y a la falta de empatía humana.  Es algo que califica para la antología de la perversidad, de la imbecilidad, pero también (suelen ser su subproducto) de la crueldad y la psicorrigidez moral.  Hay seres (conozco por lo menos a uno) que llevan su vanidosa adherencia a los preceptos bíblicos a ese regresivo, paradójico punto de ruptura a partir del cual se tornan inhumanos, crueles y perversos.  The point of diminishing return income –lo llamarían los anglosajones–.  Ese crítico punto regresivo, a partir del cual “más es menos”, cuando a fuer de rígido, severo, tronante e inhumano, el cristianismo se convierte en la negación de sí mismo.

 

Según el USA Today, la cifra de los que optaron por saltar hacia su muerte, tomando como fuentes a sus periodistas, testigos y cintas de vídeo, fueron cerca de 200, un dato que oficialmente nunca ha sido desmentido por las autoridades.  Suponiendo que esta última cifra fuese cierta, podría decirse que entre un 7 y un 8 por ciento de las 2 602 personas que murieron por los atentados (sin contar las que perecieron en los aviones) saltaron al vacío desde el World Trade Center.  Empero, es Briley el que se ha convertido en el ícono de esta situación extrema, inimaginablemente dramática.  Como Auschwitz, el horror de la tragedia de las Torres Gemelas de Nueva York frisa con la ciencia ficción, y nos obliga a un nuevo replanteamiento de la antropología, del antropo, del animal humano: ¿es que no hay acaso un límite para su perfidia, para su vocación de maldad?  De nuevo: es una pregunta primariamente antropológica, luego sociológica, psicológica, politológica, etc.

 

Pero vuelvo a mi punto: lo más asqueroso de todo esto, lo más inhumano, lo más abominable fue que a estas pobres víctimas, merecedoras de toda nuestra empatía y misericordia, de todas nuestras oraciones, se les acuse de “suicidio” en lugar de “homicidio”.  Quedarse en el interior del edificio suponía morir por hipoxia (el humo asfixiaría a las víctimas en cuestión de segundos, la rotura de los cristales no hizo sino atizar el fuego, y el calor dentro del edificio era absolutamente insufrible).  Todos los cuerpos hubieran quedado carbonizados.  El salto al vacío ofrecía la segunda opción: diez segundos de terror y vértigo inexpresables, y muerte absolutamente instantánea.  Algo más: es probable que las personas que saltaron por las ventanas hayan perdido el conocimiento en el curso de la caída y hayan llegado al suelo inconscientes.  La hipoxia tiene el horror inherente a todos los ahogamientos: los pulmones que luchan por su próxima bocanada de oxígeno, y todo lo que consiguen aspirar es humo.  ¿Qué hubiera hecho yo en su lugar? –es una pregunta que me he formulado mil veces–.  Pues bien, mi miedo por las alturas es tal, que hubiera preferido la muerte por asfixia y el posterior abrazo de las llamas.  Saltar desde el piso 106 –tal el caso de Briley– presupone una caída de trescientos veintiocho metros de altura.  Una eternidad.  Todo esto es dantesco, y de nuevo, es una de esas tragedias de una magnitud tal (Auschwitz, Hiroshima, Nagasaki y Chernobyl) que la ficción parece colorear y filtrarse dentro de la historia.  Todas ellas fueron antropogenéticas: “obras maestras” de la criatura humana.  Si no la anoxia tisular o asfixia, el abrazo desollante, despellejante de las brasas reptando sobre nuestro cuerpo: el horror de las piras crematorias, sin siquiera el alivio de las toallas húmedas que solían serles arrojadas a las víctimas de la Inquisición.  Esta también es una muerte lenta, ¡lentísima!: más de diez minutos de alaridos paroxísticos antes de que se produzca el anhelado paro cardiorrespiratorio.

 

Quizás el terremoto y tsunami de Indonesia en 2004 fue peor en términos del pretium doloris que se cobró, pero eso no es asunto nuestro: no fuimos los autores de la debacle.  Por el contrario, las 2 996 que perecieron esa mañana sí que fueron nuestra responsabilidad.  Fue un crimen que torna estéril toda absolución humana.

 

Pero esos jueces tonantes que, además del tormento que tuvieron que vivir, condenan a los que saltaron al vacío por suicidio, no tienen una fibra humana en sus seres.  No siento por ellos otra cosa que desprecio.  Como Torquemada, Bernardo Gui o Pedro de Arbués –pirómanos sublimados– seguramente hubieran preferido ver a sus víctimas arder aferrados a aquella monstruosa pira de metal retorcida e incandescente.  Pero para su contrariedad, los hubo que prefirieron volar el primero y último de sueños, y no faltarán los que hayan tomado esta agonizante decisión en la fe y la esperanza de que el Señor los atraparía en su mano amorosa y les evitara una muerte tan violenta.  Aún más: quizás lo hizo, pero esas son cosas que nosotros no podemos ver.

 

No fueron psicópatas depresivos, víctimas de fijaciones suicidas que fermentaron en sus almas durante muchos años.  Son seres que, entre dos infiernos posibles, se dieron permiso a sí mismos de escoger cuál era el menos atroz: eso es todo.  No cabe, no procede, no ha lugar al juicio ético, al dedo admonitorio e impugnador de los fanáticos religiosos que se toman a sí mismos por miembros del “Servicio Secreto de Inteligencia de Dios sobre la Tierra” (el SSIDT).  Conozco a este tipo de espécimen subhumano.  Créanme que los conozco.  Una sola cosa saben hacer en sus miserables vidas: juzgar y condenar.  Surveiller et Punir –hubiera dicho Foucault–.  Ya en los tristes vientres de sus madres vienen armados con el martillo de la ley, bien empuñados en sus manitas.  Por poco podrían ser tipificados como teomaníacos: se toman a sí mismos por Dios, o por sus más leales espías.

 

Como decía Victor Hugo: “censuro a los que censuran, juzgo a los que juzgan, condeno a los que condenan, y mato a la muerte”.  Esto lo proclamaba en el contexto de su denodada lucha de toda una vida contra la pena capital.  Erigirse en juez moral de las víctimas que saltaron de las Torres Gemelas esa aciaga mañana bien podría calificar como el acto más ruin y despiadado que ha cometido el bicho humano.  Ganas perentorias dan de correr a tomar un baño, y frotar de nuestra piel todo lo que apeste a humanidad

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