La embriaguez del pensamiento
- Bernal Arce

- hace 6 horas
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Ética de la deslealtad
Jacques Sagot
Todo es paradoja, aporía, contradicción en la deslealtad. Porque la deslealtad no es lo contrario del amor. Antes bien, el amor es la condición de posibilidad de la deslealtad. Se es desleal amando, se traiciona únicamente desde el amor, no del odio. El enemigo no traiciona: sus emboscadas son previsibles y constitutivas de su esencia misma de enemigo. Solo es capaz de traicionar aquel que ama. Nunca he albergado duda alguna sobre la autenticidad del amor de Judas. Ese beso dador de muerte es el símbolo mismo de todo cuanto hay de paradójico en el gesto de la traición. Se traiciona con un beso, porque en ese beso radica precisamente la disonancia interna, la atroz ambivalencia, la esquizoide incoherencia del traidor. La traición es un ataúd cubierto de fragantes guirnaldas que con gesto amoroso nos ofrecen para que en él nos instalemos inadvertidamente.
Dante confinó a los traidores al noveno y último círculo del Infierno, por debajo de los sátrapas, los lujuriosos, los avaros, los violentos y los suicidas. La deslealtad era, en su particular código ético, la peor abyección de que el ser humano era capaz. A fe mía que no se equivocaba. Los suplicios reservados para los traidores en ese caliginoso, sulfúrico círculo son los más crueles e inimaginables de toda la Divina Comedia. Es un barrio de indiscutible prosapia, en el que nos toparemos con Judas, Brutus, Ganelón, Fray Alberigo, Antenor de Troya, Caín y Lucifer… entre otros amabilísimos vecinos.
Y es que si la ponemos bajo el microscopio moral, advertimos que la deslealtad no es un elemento químico simple sino, antes bien, un compuesto: la configuran la mentira, la hipocresía, la crueldad, la indecencia. En suma, cuando hablamos de deslealtad, más que de un antivalor, aludimos a una constelación ética de antivalores, de varias enfermedades del alma, todas cobijadas bajo el mismo nombre genérico.
La infidelidad es tan solo una de las formas en que la deslealtad se manifiesta: su expresión específicamente erótica. Pero en el ámbito del filias -el amor filial- y del ágape -el amor universal-, la deslealtad no es menos característica de la criatura humana. Hay hermanos y amigos que se traicionan los unos a los otros, y personas que traicionan a su patria, su familia, o su dios. Por otra parte, la deslealtad no tiene al individuo por único foco ontológico. La colectividad puede también traicionar: naciones enteras que son capaces de deslealtad, clanes, pueblos que ejercen la traición contra el individuo. Tanto puede traicionar la parte al todo como el todo a la parte. Bien conocida es la práctica social de ciertos caníbales de Nueva Guinea que suelen ser harto hospitalarios con el forastero… hasta el día en que deciden comérselo vivo. Nada de qué sorprenderse, puesto que entre ellos mismos suelen guisarse y devorarse sin miramientos.
¿Por qué traiciona el traidor? Harto implausible, amigos, la tesis según la cual habría un gen de la traición perdido en los oscuros caminos de la sangre. No. La deslealtad es aprendida, transferida, es el legado generacional de nuestras figuras de autoridad -padres, gobernantes, profesores-. Una herencia culturalmente normada, el atroz regalo que, a menudo sin afán de perjudicarnos, nos ofrendan aquellas personas que hicieron las veces de modelos éticos, y con las cuales tendemos naturalmente a identificarnos (y por identificación quiero aquí decir reproducción, reciclamiento del mismo modelo, absorción de patrones de conducta que en lo sucesivo reeditaremos con inexorabilidad de autómatas). Le inflijo al mundo lo que a mí me infligieron, o lo que vi que a alguien en mi familia le infligían. La libertad no es otra cosa que la capacidad para detener la noria, el macabro engranaje que me condiciona a reproducir las aberraciones grabadas a sangre y fuego en mi genograma familiar. Y se puede, claro que se puede. Pero para ello hacen falta principios, carácter, y por encima de todo, conciencia.
Shakespeare sostenía que la traición era, las más de las veces, motivada por la inseguridad, el miedo, la incertidumbre. Quizás, pero esto en modo alguno la blanquea éticamente. El traidor es un ser despreciable, un esputo moral, una basura humana, no una víctima de sus propios fantasmas. Toda traición es execrable: al amigo, al compañero de vida, al hermano, a los padres, a la familia, a la patria, a las convicciones, a los sueños, Dios.
El traidor se traiciona siempre a sí mismo. Tal es su triste, inescapable sino. Como la mentira -con la cual es consubstancial-, la traición representa un triunfo momentáneo, un alivio o una solución provisional a la urticación moral que nos llevara a perpetrarla. Pero la verdad es otra. La verdad es que, a largo plazo, la deslealtad siempre degrada y destruye a quien la ejerce. No por dictamen divino, sino por la simple razón de que en el fondo no hay más que una forma de la deslealtad: la del ser humano contra sí mismo.




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