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La embriaguez del pensamiento

Actualizado: 6 abr

Omelette


Jacques Sagot





Trabaja en el café Saint-Séverin, al lado de la Plaza Saint-Michel, una mesera que bien podría ser la mujer más bella de París, acaso de la Comunidad Europea, o del Hemisferio Occidental, yo qué sé.  No me detendré ahora a describirla, porque sé que en el futuro le dedicaré muchas páginas.  

 

Ayer le pregunté su nombre.  

 

“Ophélie” –me respondió, con esa sonrisa “en modo menor” que la caracteriza, fugaz eclosión de luz en medio de una expresión naturalmente melancólica–.  

 

“¡Cómo la heroína de Hamlet!”  

 

“No señor, no tenemos omelette”.  

 

“No le pedí omelette, le dije que usted se llama como la heroína de Hamlet”.

 

De nuevo, señor, aquí no hacemos omelette”.  

 

“¿Pero quién está hablando de omelette?”  

 

“Pues eso, hamelette, o como sea que usted la llame, el hecho es que no lo tenemos en el menú”.  

 

“Hamlet es un personaje de Shakespeare, no un revoltijo de huevos”.  

 

“De nuevo, señor: no existe ningún plato que se llame hamelette”.

 

“Escúcheme, Ophélia…”  

 

“Ophélie, Ophélie: con “E” al final”.  

 

“Perdón, Ophélie: Hamlet es una pieza de teatro, y no: nadie en ella bate huevos con leche, champiñones, queso, cebolla, torrezno, pimienta y… bueno, no es un drama culinario, tiene que ver con… pues con un rey que es asesinado y cuyo hijo debe vengar el crimen y recuperar el trono, pero entretanto se enamora de Ophélia…”  

 

“Pero yo me llamo Ophélie”.  

 

“Sí, bueno, de Ophélie…”  

 

“¿Y qué hace, la tal Ophélie?”  

 

“Pues no mucho: volverse loca y suicidarse, supongo”.  

 

“Entonces no quiero tener nada que ver con ella”.

 

“Sea, sea… solo quería decirle que usted se llama como la amada de omelette, perdón, de Hamlet”.  

 

“Pues algún día iré a ver su Hamelette”.  

 

“Yo le puedo regalar el libro, si quiere, usted lo lee y después lo comentamos”.  

 

“Gracias, es usted muy gentil.  Por cierto, señor, si le apetece comer omelette, en el café de al lado los hacen de varios sabores, usted sabe: champiñones, lardón, queso.  No creo que encuentre Hamelette en ningún restaurante.  

 

“Lo tendré en cuenta, y… pues nada.  Gracias mil y mil gracias”.  

 

“Con todo gusto, señor”.  

 

Recordé las Rimas, de Bécquer: “¿Que es estúpida?... ¡Bah!, mientras, callando guarde obscuro el enigma, siempre valdrá, a mi ver, lo que ella calla más que lo que cualquiera otra me diga.  Bécquer me llevó a Neruda: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente”.  Y Neruda me remitió a Baudelaire: “La estupidez es a menudo el ornamento de la belleza; es ella la que les confiere a los ojos esa triste limpidez de los negros estanques y de los aceitosos mares tropicales” –dictamina el poeta de mi vida–. Perdón, Maestro, pero si hay algo que ha resultado siempre ajeno a mi sensibilidad en Las Flores del Mal –y en otros de sus escritos– es esa extraña concepción de la belleza femenina donde la idiotez y la afasia pareciesen ser funciones de la seducción.  Extraña alianza, en verdad.  Es casi como si para ser amada –o por lo menos deseada– la mujer tuviese que ser máscara, esfinge, estatua, serpiente… seres desprovistos de voz y de inteligencia.  Una parte de la mujer es con ello convertida en ídolo pagano, objeto de ciega veneración; y otra silenciada, negada, celebrada únicamente por su mutismo, mezcla de hierática sacerdotisa y de bestia.  Enigmático y quizás fascinante como concepción poética y pictórica para Gustave Moreau u Odilon Redon, pero a mi juicio impracticable como realidad existencial.  Nada en el mundo me parece tan des-erotizante como la imbecilidad que se disfraza de silencio.  No sueño con una mujer parlanchina y ostentosa en su erudición, pero para seducirme –no solo para llamar vagamente mi atención– la mujer debe estar dotada de una forma de inteligencia específicamente erótica, un particularísimo talento que solo las más intuitivas y refinadas féminas poseen.  Sería locura esperar de una esfinge locuacidad, pero sí cabe exigirle que cada una de sus infrecuentes palabras esté preñada de significado, de insinuación, de provocación, de desafío.  Nada podría parecerme más aburrido que una esfinge muda.  La fantasía de Baudelaire es estrictamente sistémica con las de Neruda, y Bécquer.  Los caballeros las prefieren tontas, tal parece.

 

Pero Ophélie no es tonta.  Sucede, tan solo, que no ha leído Hamlet.  Por lo demás, va y viene como una lanzadera, zigzagueando entre las mesas, haciendo con sus bandejas prodigios de acrobacia, atendiendo a todo el mundo con presteza y circunspección.  París la obliga a ello.  Demasiados atorrantes, gringos mochileros, patanes, órdenes farfulladas en todas las lenguas imaginables y, en los menos malos de los casos, en un francés reducido a dos o tres frases ininteligibles, aprendidas en un manual de bolsillo.  Cafres, turistas zafios y abusivos, clientes apresurados, turbamultas que buscan momentáneo asilo de sus correrías por el quartier Latin.  Ophélie los recibe a todos, propone el menú, describe los platos, pasa las cuentas, suma, resta, da el cambio, distribuye los jetons a quienes –de manera siempre apremiante– quieren usar los orinales del lugar, absorbe las quejas de toda suerte de personajes mal encarados e inconformes…  Y ella desaparece tras la puerta de la cocina, y reemerge sin cesar, en un juego de ocultamiento y mostración que me hace pensar en el concepto de la aletheia : el ser que tanto se revela como sustrae a la percepción (Heidegger).  Siempre digna, más aún: algo severa, por poco adusta.  Es su manera de protegerse del mundo.  En semejante entorno, una criatura demasiado gentil se haría canibalizar en cuestión de minutos.  

 

Pero a mí me recibe con una sonrisa que le viene desde el epicentro del alma.  Para mí depone su escudo de guerrera, y abre ligeramente las esclusas de su ser.   Me abraza y ofrece el doble beso en las mejillas.  No huele a cocina y fritanga.  Se rodea de un microclima propio, purísima excreción de su piel.  Los bracitos, siempre descubiertos, han adquirido estatuaria esbeltez: el trabajo ha esculpido su cuerpo.  Usa blusas y pantalones negros ajustados.  Sus body chemises –porque no podría tratarse de otra cosa– se hunden bajo el pantalón, proclaman un vientre y una cintura lisa, firme al tiempo que tersa y flexible, tal un junco.  Es bajita, cabello negro y corto.  La nuca, la piel bajo la redecilla afiligranada de su blusa es blanca, blanca, blanca como…  Victor Hugo creó la más bella de las metáforas para expresarlo.  Esto me dispensa de todo esfuerzo lírico: “El éxtasis no es menor al ver la aurora despuntar, que al ver despuntar los senos, cada vez más blancos, más albos, al bajar por el divino hiato que los separa”.  Tiene algo de bailarina: la reciedumbre y la gracia en ella se alían.  Es fuerte sin rudeza, grácil sin melindres.  Personalidad blindada, una valva de nácar recubre su ser, sin duda más vulnerable de lo que hubiera querido aceptar.  Wane, su colega, nos dijo, en alguna ocasión, que había vivido con un tipo que “la trataba mal”.  ¿Qué significaría, en este caso, “mal”?  ¿Desdén, gritos, golpes, patadas?  No quiero pensar en ello, y rehúso formarme cualquier imagen mental de tal infierno.

 

Ophélie no salía de su trabajo antes de las dos, quizás las tres de la madrugada.  En el reducto del café, repitiendo, tal Sísifo, el itinerario de la cocina a las mesas interiores y exteriores, caminaría a buen seguro varias decenas de kilómetros por día, y ello cargando en alto –¡precario equilibrio!– bebidas, platos de pasta, sopa, sándwiches.  Jamás la vi perder la dulzura del carácter… pero jamás la vi tampoco bajar la guardia de una actitud esencialmente suspicaz, defensiva y profiláctica ante el mundo.  Era hermética, distante, con algo –con mucho– de esfinge inescrutable.  Y hubiese constituido un irrespeto incalificable intentar descifrar un enigma que se formulaba como tal justamente porque no conocía otra forma de preservar su integridad psíquica –y acaso también física–, en esa jungla infestada de depredadores que era su “ecosistema” social.  Ella quería ser una cifra oculta, y como tal había que tomarla.  Fidelísimos parroquianos, mercaderes del sexo, ludópatas, zombis que buscaban momentánea tregua de los casinos y burdeles cercanos, artistas desmelenados, atorrantes que tomaban posesión de las mesas con sus caras de puñalada, una variopinta fauna de lémures, criaturas noctívagas y nictálopes, vampiros, gólems, licántropos…  Y me atendía a mí –que salía al caer las sombras, y me premiaba con el cariñito de una trasnochada golosina–.  Atendía también a intelectuales de nobilísima prosapia, políticos que erraban en el limbo de su extinta gloria, añejos hidalgos de capa caída, músicos trashumantes, poetas malditos modelo 2012, insólitos profetas que recitaban las epístolas paulinas, actores del Théȃtre de la Huchette, parejas de enamorados que exhibían en pública pasarela los fuegos de una pasión que probablemente solo existía para los otros, borrachines, vejetes lúbricos, facinerosos, gente que emergía de la estación Saint-Michel con aire desorientado y sonambúlico…  ¡Ah, París no es una ciudad: es un zoológico humano!

 

“Una muchacha así no debería estar trabajando en este lugar, lidiando con semejantes bichos, tomando el primer metro de la madrugada, para regresar exhausta a su cuartito en algún suburbio parisino” –le dije a un amigo–.  

 

“¿Dónde la verías, entonces?”  

 

“No lo sé…  Nada por debajo de una princesa, favorecida por la fortuna, rodeada de belleza, de afecto, y sin duda objeto de la más exquisita educación”.  

 

“¿Ah, sí?”  

 

“Pues sí.  Ella es un nenúfar, la flor que asciende vertical hacia la luz, en medio de la infecta marisma que constituye su hábitat”.  

 

“No es una exiliada: el pantano la engendró, y sería inconcebible sin las bacterias que permitieron su eclosión”.  

 

“No, no, no… ella es una consonancia en el contexto de la más abominable cacofonía…  Es evidente que la inmundicia de su entorno no ha viciado en lo absoluto su blancura y su fragancia”.  

 

“Ella hace lo que quiere, ha tomado sus decisiones, me parece una persona feliz, no odia su trabajo, se gana la vida honradamente: o ella no es tan consonante, o su mundo no es tan disonante como creés.  Y me parece ridículo trasplantarla al Versalles de la Duquesa de Polignac y María Antonieta“ ¿Versalles?  ¿Quién habla de Versalles?  Si yo tuviese dinero, la becaría para que estudiase en una buena universidad”.  

 

“Tu falta de respeto es consternante.  ¿Le has preguntado acaso si quiere estudiar en “una buena universidad”?  ¿Con qué derecho pretendés diseñar su vida, asignarle un lugar en el mundo que quizás execra, que experimentaría como destierro y enajenación?  Tus arrestos de sensibilidad social –que en realidad no son tales– me resultan risibles”.

 

“Pero es que si fuera mi hija…”  

 

“No la ves como hija:  estás sublimando tu deseo por ella.  Siquiera deberías ser capaz, a estas alturas de tu vida, de leerte correctamente, y no tragarte tus propios cuentos de paternalismo dulzón, tus fantasías de Pygmalión”.  

 

“Yo solo digo que…”  

 

“¿Por quién te tomás?  ¿El profesor Higgins?  ¿Michael Caine en Educating Rita?  ¿Vas a ofrecerle un curso gratuito sobre el teatro isabelino, para que lea Hamlet, y sepa quién era Ophelia?”

 

No tengo nada qué decir en mi defensa.  El diagnóstico de mi amigo es exacto.  De una exactitud odiosa, implacable.  ¿La prueba?  La otra mesera del café –gordita y desaliñada– jamás suscitó mi pygmaliónica vocación.  ¡Quizás ella sí quisiese estudiar en una “buena universidad”!  ¿Hubiese estado dispuesto a becarla?  Pues no.  O tal vez sí… ¡yo qué voy a saber!  A decir verdad, ni siquiera supe nunca su nombre, y siempre procuré no ser atendido por ella.  Ophélie lo sabía –lo leía en mi expresión– y se precipitaba para hacerse cargo de mí.  ¿Soy un miserable?  No.  Soy, empero, lo que más se aproxima a ello: un hombre.  Primario, rupestre, troglodítico, como lo somos todos –y el que pretenda lo contrario es un consumado hipócrita–.

 

Dejé de ver a Ophélie cuando comencé a frecuentar el café “de las tres iglesias”, en la esquina de las calles Galande y Saint-Julien le pauvre.  Una noche cualquiera pasé al Saint-Séverin y pregunté por ella.  Ya no laboraba ahí.  Vi a docenas de mozos y mozas desfilar por este campo de trabajos forzados, y ninguno duró más de algunos meses, a lo sumo un año.  Ophélie fue sin duda la más coriácea, la más briosa y resistente.  La última imagen que guardo de ella: paso frente al café, y la veo recostada a una pared, fumando un cigarro, tregua en medio de su infame trajín.  La sensación que experimenté sigue perturbándome.  ¡Un lirio, una nymphéa no fuma!  Su aire ausente, fatigado, el cuerpo adosado a la pared, las piernas cruzadas, el inmundo pitillo en la mano, aquellos labios naturalmente delineados sobre el inmaculado lienzo de su rostro, exhalando el fétido humo de alquitrán y nicotina…  La saludé, y la reprendí cariñosamente con un gesto de mi dedo admonitorio.  

 

“Son mis cinco minutos de descanso…  Puedo fumar, siempre y cuando sea en el exterior”.  

 

Luego añadió algo muy bonito.

 

“Por cierto, Jacques, ya sé quiénes son Hamlet y Ophelia.  Ella es la verdadera heroína de la obra.  No se volvió loca: era la sociedad en que se debatía, la que estaba loca.  Ophelia era la única persona cuerda, en Elsinor”.  

 

En ese momento supe que comprendía perfectamente su lugar en el mundo, y conocía, mejor que yo, la podredumbre de Dinamarca, del mundo entero.  Entendí también que se sabía princesa, y que nadie jamás la pisotearía.  Reina de un pantano, pero reina al fin.        

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