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La embriaguez del pensamiento

Actualizado: 2 abr

Elsa


Jacques Sagot




Nunca supe nada de ella.  No lo permitió.  Hubiera podido abrumarme con la historia de su vida que, no lo dudo, sería tan interesante como la que más.  Pero no me infligió la saga –pasión de su peripecia humana.  A decir verdad, ni siquiera recuerdo su nombre.  Creo que nunca lo supe.  Era gruesa, pelo blanco, renqueaba ostensiblemente, y vestía de negro riguroso, negro impenetrable, negro “como las alas del cuervo de la media noche” (Poe).  Unos setenta años. Su rasgo distintivo era exógeno: una perrita.  Se llamaba Elsa.  Como la mujer del poeta Louis Aragon, sí.  “Les yeux d´Elsa”.  Pequinés maltés.  Criaturita odiosa y encantadora.  Antipática y adorable.  Ridículamente altiva, y enternecedora.  Esos animalitos en los que cabe discernir una personalidad, por poco un ethos.  ¿Es un pequinés capaz de dignidad, de petulancia y desdén?  Sin duda, y a diferencia de los humanos, no cosmetiza su manera de ser, no pide disculpas por ella, y es invariablemente amado tal cual es.

 

Bajo los más rigurosos fríos invernales como en mitad de la canícula, salía la señora a pasear a su mascota, a diversas horas del día.  En la plaza Charles Michel, en Beaugrenelle, en el parque Pau Casals, en el parque Béla Bartók, en la avenida Zola.   Su bastón en una mano, el arnés con que llevaba a su canino adminículo en la otra.  Lento y pesado el paso, la mirada vagarosa.  Más grávida de misterio que la Dama del perrito, de Chéjov, y menos oferta para el desciframiento.  No ha de haber pasado un día, durante siete años, en que no me la cruzara, las más de las veces en la alameda que atraviesa diagonalmente el parque Pau Casals, y jamás logré arrancarle otra cosa que un saludo civil, un par de palabras, small talk, y alguna observación soltada al desgaire sobre el clima o el aumento en el costo de la vida.  

 

¿Haría otra cosa, de sol a sol, que pasear a Elsa?  Cuando yo la veía, era a la pequinesa a quien celebraba, no a su dueña: “¡Mirá a Elsa!” –me decía–.  La señora había quedado por completo desustanciada.  Era la mascota de su mascota, un oscuro, corpulento apéndice humano que el animalito remolcaba, siempre un par de metros a su zaga.


El parque Pau Casals representa al París “música de cámara”: el rincón íntimo, por poco clandestino, espacio de verdor entre torres de concreto que Haussmann no hubiese aprobado.  No es el París “sinfónico”, berlioziano, de los grandes monumentos nacionales.  Es… pues no más que un parquecito.  A doscientos metros, el parque Béla Bartók, que también visitaba, a fin de ejecutar mi reverencia ritual ante la estatua de este inmenso compositor.  Buen vecindario para un músico, a fe mía.  Pero esos no eran los predios de Elsa: ella solo recorría las inmediaciones del Pau Casals.  Peluda, esponjada, con algo –con mucho– de peluche, los ojitos negros, duros y encendidos, Elsa era el anti-Platero: orgullosa, huraña, respondona, y dócil únicamente con su ama – esclava.  Cuando hacía frío, la perrita exhibía una variedad nada despreciable de chalecos de lana, que la señora había tejido con evidente esmero para ella.  Jamás pescaría un resfrío, el animalito, ahí donde la dueña a lo sumo se protegía con un suéter inmemorial.  Jamás la vi vestir si no era de negro.  Era su encarnación, su representación absoluta.  El negro le era consustancial: un principio identitario.  La esencia platónica y arquetípica del negro.  ¿Luto?  Era lo que yo conjeturaba.  ¿Hijo, marido, hermano?  Nunca quise extorsionarle tal tipo de confesiones.  Su atuendo desincentivaba la conversación.  Era cordial, con esa cordialidad que es, a un tiempo, la más infranqueable de las murallas, un “don´t trespass!” inscrito en la piel del alma.  

 

Y Elsa, en su diminuta, risible –pero paradójicamente respetable– manera, hacía las veces del “Peligro: perro bravo” que leemos en los letreros con que algunos propietarios ornamentan sus fincas y jardines.  Igual podrían hacer grabar sobre los portones, “Lasciate ogni speranza, voi ch´entrate”, o dibujar grifos, gárgolas y cancerberos en los pórticos, pero en nuestros días tal cosa los convertiría en tarjetas postales, y no tardarían en figurar en alguna antología cibernética del arte kitsch.

 

Elsa se detenía a charlar con sus amigos caninos –siempre los mismos– en el parque Casals.  Las dueñas se sentaban entonces en alguna banquita, a la vera de la calle que cortaba el predio, y los perros se ocupaban de socializar.  Eran ellos quienes charlaban, se correteaban, se olían, y comentaban el último partido del Paris Saint-Germain y el Olympique de Lyon, o las más recientes andanzas sexuales de François Hollande.  Las señoras permanecían mudas, hieráticas, extrañas esfinges sin tiempo ni voz.  Habían delegado en sus perros el don del vivir.  Elsa era territorial e impositiva: una hembra alfa.  Reinaba entre canes bastante más voluminosos por el mero poder de su presencia, su actitud, su altivez.  Era dueña del mundo.  Cleopatra no hubiese detentado tal potestad.  Yo la miraba con ternura…  Luego sentí que acaso fuese ella quien me observase con piedad e indulgencia, constatando a qué punto su bien ensayado número de “Soy pequeña, peluda, suave; tan blanda por fuera, que se diría de algodón” surtía efecto en seres capaces de resolver ecuaciones de segundo grado.

 

Siempre la recibía con una sonrisa.  La dueña se acercaba respirando trabajosamente, y sin jamás dejar el arnés, le permitía saltar sobre mi regazo.  A menudo se dejaba acariciar, se arrellanaba en la banqueta, entre mis muslos, desplazándonos sin el menor miramiento hacia las márgenes.  “Tiene un sentido innato del confort” –observaba la dueña, sin ninguna severidad–.  Sí, era comodidosa, Elsa.  Parte de su realeza, de su mayestática condición.  Y, de nuevo, lo más bello de todo era la forma en que se asumía reina, y no se excusaba por ello.  El mundo no le debía menos que eso.  Vivía para honrar a la gente haciéndose mimar (y a pocos concedía este privilegio).  No recuerdo haber percibido en ella preocupación alguna por los problemas del mundo actual, y hasta donde recuerdo, jamás clamó: “Je suis Charlie”.  No era su pensamiento: era justamente ese irreductible remanente que queda en el ser después de que le ha sido quitado, velo tras velo, todo ese fárrago de calandrajos que llamamos ideología, y de los cuales derivamos tan narcisista auto-complacencia.  Nadie es lo que piensa.  Antes bien, tengo para mí que somos precisamente aquello que no pensamos.  “Ideología”: peróxido y saborizantes con que la gente se gargariza matinalmente, a fin de prevenir la halitosis y la placa.  Debería declararse una moratoria por tiempo indefinido, sobre la palabreja en cuestión.  En Francia, quien menos piensa se toma a sí mismo por Voltaire.  Por cierto que Voltaire no siempre pensó bien.  Por principio, conviene leer casi todo cuanto escribió cum grano salis.

 

No recuerdo siquiera el nombre de la eterna enlutada.  Era oriunda de Sicilia –me dijo alguna vez una de sus amigas, quien acaso por ser mujer, logró con ella un conato de conversación–.  Elsa era su voz.  No diré su alter ego, porque, a decir verdad, más me hacía el efecto de su primer y ontológicamente fundamental ego.  Había transferido al can todo cuanto en ella valía.  Monopolizaba su afecto, era fuente de todos sus desvelos, y su vida entera gravitaba en torno a la perrita.  Ella era “l´ombre de son chien" –hubiera dicho Jacques Brel–.  ¿Siciliana?  Nadie sale de su país si en él es feliz.  La gente cambia de sitio geográfico, asumiendo que el mundo será por principio mejor en otro lugar, ailleurs, hasta que, como Baudelaire, imploran emigrar a cualquier lugar –cielo o infierno– con tal de que sea fuera de este mundo.  ¿De qué huyen?  De sus demonios como de sus ángeles, que suelen tener sobre ellos poder omnímodo.  “No por cambiar de castillo vamos a cambiar de fantasmas” –advertía Jean Cocteau–.  Los fantasmas viajan con uno.  Se cuelan dentro del equipaje, van de polizones, han colonizado nuestras almas, y los llevaremos por doquier andemos.  Nadie puede viajar feliz, si viaja consigo mismo.

 

Elsa exigía para sí las caricias que su ama era incapaz de pedir, y que, de todos modos, probablemente jamás hubiera conseguido.  Pero ella formulaba el clamor hondo de su alma.  Cuando me ponía a la perrita en mis regazos, ella gozaba con los mimos y la atención de que aquella prolongación de su ser era objeto.  Vivía por interpósita mano.  Todos, de una u otra manera, lo hacemos, pero ha de ser insondable la soledad de alguien que elige a un perro para solicitar y obtener el afecto que –es lo que asume– el mundo no le prodigaría de otra manera.  

 

No creo haber nunca salido a caminar por el vecindario, o haberme sentado en el parque Casals, sin haberme topado a aquel binomio, especie de criatura teratológica, mitad mujer, mitad pequinés, con el arnés a guisa de placenta, de cordón umbilical.  Solía en esos casos evocar la inicial aparición de Quasimodo, en Notre-Dame, de Victor Hugo, cuando, abrazado a su campana, era por poco indiscernible de ella.  De hecho, estoy seguro: jamás dejé de cruzármelos o siquiera de avizorarlos a la distancia.  Curioso, muy curioso, cómo los mismos rasgos que hacen adorable a un animal –su endémico hedonismo, su impenetrabilidad, su orgullo, su egoísmo, su exigencia de mimos– nos resultan repugnantes en un ser humano.  Pero también tengo la certeza de que nadie que ame a los animales puede, realmente, ser un misántropo patológico de la estofa de Alceste (Molière).  Lo que amamos en el animal no es su animalidad, sino lo esencial humano que en él creemos identificar.

 

El parque Casals –a cincuenta metros de mi apartamento– fue uno de mis asilos preferidos, en París.  Desde la amplia ventana del decimosegundo piso en que vivía, tenía vista panorámica del predio.  Muchas veces vi a la mujer y su perro, desde la altura de mi torreón invulnerable.  Cambiaba el paisaje: invierno, primavera, verano y otoño modificaban el décor, la escenografía del lugar, pero Elsa siempre estaba ahí, suerte de manchita de acuarela difusa, color perla, decantándose en medio de los colores que cada estación imprimía al parque.  La paleta del pintor creaba todo tipo de cromatismos…  Solo ella y el grueso bulto negro que caminaba procesionalmente detrás permanecían idénticos a sí mismos.   Eran la permanencia en el cambio, un pequeño triunfo de Parménides sobre Heráclito.  La gente reparaba en la perrita, y únicamente en segunda instancia determinaba la existencia de su dueña.  Tengo la absoluta certeza de que con la muerte de la mascota se extinguirá también su ama.

 

Hubiera querido preguntarle mil cosas.  Hubiera querido que me dejase asomarme a su alma.  Hubiera querido que me hablara de su duelo.  Hubiera querido asegurarle que yo también sabía algo sobre la pérdida, e invitarla a un café –los había por docenas, en el vecindario–.  Mil veces estuve a punto de hacerlo, yo mismo me disuadí.  ¿Por qué suponer siempre que la gente quiere hablar: con frecuencia sale a la calle justamente para no hablar”?: –me decía a mí mismo, quizás con justeza–.

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No los volveré a ver, a la dama y su perrita, eso ya lo sé.  La mujer de negro bajará al sepulcro con su fardo lleno de penas inconfesas, de oscuros, sordos dolores.  Por lo que a Elsa atañe, seguirá reinando como Madame Pompadour, hasta que la muerte también la siegue, ojalá de manera clemente.  No sé por qué, fue esa una amistad que nunca llegó a ser, y quesin embargo, echo de menos.  ¿Es posible sentir nostalgia por lo jamás vivido?  Dejo mi testimonio: sí, y de manera más álgida e irremediable que de lo vivido.

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