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La embriaguez del pensamiento

Actualizado: 2 mar


La “bukelización” de Costa Rica


Jacques Sagot



Es ya considerable el porcentaje de costarricenses que se dicen partidarios de la dictadura militar, añoran la restauración de la pena de muerte en Costa Rica, y aplauden la movilización de fuerzas policiales represivas en el caso de manifestaciones públicas.  No tienen la menor idea de lo que esas nociones significan.  Hablan desde la ignorancia supina, y si gracias a la intervención del siempre solícito Mefistófeles se llegase a implementar así no fuese más que una de sus quimeras, serían los primeros en correr a abrogarlas.


El sábado 9 de setiembre de 2023 (¡macabro regalo del Día del Niño!) Costa Rica vivió un encontronazo entre la policía y un grupo de manifestantes.  Era apenas un contingente de 40 jóvenes.  ¡No era la armada de Atila el Rey de los Hunos cargando contra los muros de Roma!  Estos zagales protestaban, con toda la razón del mundo –¡y aun un poco más!– por el maltrato de que fue víctima una joven en Alajuela, a manos de la policía.  Los jóvenes no pasaron de corear su bien fundamentada inconformidad, de pintar una acera y quizás trazar algún inofensivo garabato sobre las paredes de la Asamblea Legislativa.


Primer punto: ese “edificio” campeoniza como el más feo inmueble de la CONCACAF.  Es una mole inexpugnable, grisácea, pétrea, kafkiana, intimidante e inabordable.  Un búnker.  Una especie de descomunal “panic room”.  Es la construcción propia de una clase gobernante paranoica, que se protege profilácticamente de futuros alzamientos.  El cajón de marras es amenazador, torvo, ominoso.  No dice: “Costarricenses: esta es su casa, el ámbito sacro donde sus sentires serán atendidos por los padres y madres de la patria”.  Lejos de ello, su tácito mensaje es: “¡Vade retro, Satana, no os aproximéis a este hermético monstruo de hormigón: sus inquilinos legislan, deciden los destinos de la patria, y ustedes, vulgus pecum, miríadas de bochincheros, están excluidos del debate!”  Todo en este mamarracho arquitectónico parece expresar el miedo de los diputados, que se parapetan, se encierran, se apertrechan en un espacio inaccesible.  Todo, en este acerbo y cejijunto cajón, denota paranoia, paranoia y más paranoia.  Cualquier grafiti o pinturita que de él se pueda colgar debería ser acogida como un gesto de embellecimiento urbano, una piadosa manera de darle una pizca de humanidad a una caja fuerte donde el elemento humano fue proscrito.  Por poco, podríamos hablar de la materialización arquitectónica de las mónadas de Leibniz: formas primarias irreductibles, carentes de puertas y ventanas.    ¿Que pintaron un tramo de sus aceras y le pusieron algún inocuo grafiti en sus sagrados muros?  ¡Pues qué gran iniciativa: a estos chicos deberían premiarlos por su aporte!  Y por favor, no me salgan con la monserga de que “la arquitectura es un arte, y como tal es subjetivo”.  Tal es, en efecto el caso, ¡ello es, a menos de que se trate del diseño de un edificio patrimonial, de un edificio de gobierno, de un edificio que simboliza, cifra, expresa nuestros valores patrios, nuestra idiosincrasia profunda: en este caso, el arquitecto debe deponer sus muy subjetivas dilecciones, y proponer un inmueble que materialice el ideario y el sentir histórico de su pueblo!


Los gobiernos de Solís y Alvarado (en particular el segundo), rompieron todos los récords de alzamientos públicos en la historia de Costa Rica.  Es un hecho perfectamente documentado y establecido.  Algunas de estas protestas fueron violentas: manifestantes armados de mochilas llenas de rocas, y la policía anti-motines munida de escudos, cascos, garrotes y bombas lacrimógenas.  Vivimos momentos de indecible angustia.  Todo ello ha quedado plasmado en la obra del fotorreportero Marco Monge, galardonado con el premio Pío Víquez por su legado gráfico: un pedazo sangrante de la vida y la muerte en Costa Rica.  Pronto saldrá a la luz un libro que he tenido el privilegio de elaborar a cuatro manos con él.  Marco se hizo presente en la manifestación del 9 de setiembre.  Aun cuando alzaba los brazos, mostraba su equipo fotográfico y no cesaba de gritar “¡Prensa, prensa!”, fue víctima del gorilesco embate que hizo enmudecer y dispersarse a los manifestantes.  Por poco le arrebatan su cámara, y lo llevan detenido a los tribunales.  


En primerísimo lugar: la policía en Costa Rica es una policía civil, no una policía militar y represiva.  El matonismo, la violencia, la magnitud de los contingentes que fueron enviados al lugar por el Ministerio de Seguridad (empujones, garrotazos, prendimientos) no guarda proporción ninguna con la actitud pacífica de los manifestantes.  Los ciudadanos pueden manifestarse: es parte del derecho de agremiación y sindicalización que nos protege a todos.  Nadie transgredió la ley, excepto (¡cielo santo, qué crimen aborrecible!) ponerle un poquito de color al siniestro fortín donde, atrincherados en sus curules, tratan de timonear los padrastros y madrastras de la patria ese barquichuelo averiado y torpedeado que es nuestro país.  ¡Ojalá cubrieran de grafiti la superficie entera del Leviatán: en tal caso el edificio se convertiría en un maravilloso constructo colectivo popular!  


Esos efectivos policiales no aparecen por ninguna parte, cuando necesidad real hay de ellos.  El resultado son 147 asesinatos en lo que va de este annus horribilis.  Pero para cargar brutalmente contra un grupo de jóvenes pacíficos, lúdicos y genuinamente preocupados por la “gorilización” de Costa Rica sí son de una presteza, rapidez y eficacia meteóricas.  Alguien en este ministerio ha visto demasiadas películas de Clint Eastwood (Dirty Harry), Charles Bronson (“the vigilante”), o Schwarzenegger (Robocop).  Delirios de grandeza… cuán peligroso para nuestra democracia, salud social, tradición civilista y Estado de Derecho.  El músculo bruto al servicio de algún matón empoderado.  Deplorable, triste, envilecedor.


Dadas las inclinaciones parafrénicas y megalomaníacas del presidente Rodrigo Chaves, hemos de dar gracias a Dios de que nuestro país no tenga ejército.  Este señor bien sería capaz de abolir el congreso, las elecciones populares, y autonombrarse comandante en jefe de nuestras fuerzas armadas.  Es un sainete que hemos visto cientos de veces en la historia de Latinoamérica.  Afortunadamente, sin ejército, el señor Chaves tiene las manos atadas.  Rodrigo Chaves es un autócrata por vocación profunda, por naturaleza, por temperamento, por innata proclividad psíquica.  En Chile, Argentina, Paraguay o Nicaragua hace mucho que se habría ungido a sí mismo dictador.  En Costa Rica no le ha quedado más remedio que atemperar sus ínfulas y delirantes veleidades.  Pero una, y otra, y otra vez, el gorila habla desde el fondo de su ser, y la sed de poder es una de esas cosas que en la vida no se pueden esconder, no se pueden cosmetizar, no se pueden disimular.  


El gran pensador y matemático francés Blaise Pascal determinó tres tipos de libido (donde libido no designa deseo sexual, sino apetito de vida y plenitud): la libido sciendi (el apetito de conocimiento), la libido sentiendi (el apetito de sensaciones, el placer), y la libido dominandi (el apetito –más aún: la voracidad– por el poder).  Esta tercera pulsión es inherente al rol social del político.  Después de todo, la política es la ciencia que estudia la administración del poder y las formas de tener acceso a él, en una sociedad dada.  Pero nuestros presidentes han, en general, asordinado esta apetencia, y puéstola al servicio del país.  Aristóteles estableció la existencia dos estados posibles de la sustancia: la potencia y el acto.  La semilla –irónicamente frágil y diminuta– de una secuoya es potencia.  El árbol de noventa metros de alto, es acto.  Chaves es un dictador en potencia.  Bukele lo es en acto.  Desafortunadamente para él, Chaves no llegará nunca a ser acto, y ello porque la institucionalidad del país que gobierna jamás se lo permitiría.  Esta es la ventaja inmensa de una nación cuya institucionalidad goza de buena salud.  Los individuos pueden intoxicarse con el poder, y derrapar hacia las peores aberraciones políticas: es muchísimo más difícil que esto suceda con las instituciones.


Ni la pena de muerte, ni los gobiernos por decreto, ni las dictaduras, ni los totalitarismos, ni los ejércitos de ningún color han producido nunca otra cosa que marejadas de dolor, individual y colectivo, y tremendos traumas históricos.  Algo más: las naciones que han padecido de estos gravísimos morbos políticos suelen no recuperarse completamente de ellos.  Es, justamente, el significado profundo de la frase final del magnum opus de García Márquez: “Las estirpes condenadas a cien años de soledad no tiene una segunda oportunidad sobre la tierra”.  Es el caso de toda Latinoamérica: el herido, el pisoteado, vejado, expoliado, saqueado Eldorado que mil piratas y filibusteros –los de ayer como los de hoy en día– drenaron de su riqueza material, de su riqueza psíquica, de su autoestima, de su dignidad, de su orgullo.  Esto, amigos y amigas, equivale a una muerte moral.   

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Las dictaduras son un acto vil delirante de un cerebro dañado, con el fin de someter al proletariado, llevándose como un ciclón todo lo gue encuentra, a su paso. La tiranía del malvado no tiene final, hasta la revuelta del proletariado, pero con ainco, también dejando vidas segadas por el camino. La livertad es un privilegio, gue en España gozamos,pero también las tempestades pueden arreciar lo conseguido. El mañana es incierto, y la vida también, los contubernios alejados del ser humano y la paz gue brille como un amanecer, radiante

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