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La embriaguez del pensamiento

HIPOCRESÍA


Jacques Sagot




El costarricense es ladino.  Estamos envenenados por el prejuicio.  Más que la mayoría de los pueblos que, hoy por hoy, alientan sobre la faz del planeta.  Lo digo como lo veo.  Lo digo como lo siento.  Lo digo como lo constato día tras día.  Bajo el discurso de nuestros valores éticos y cívicos fermenta un mundo de aborrecimientos, de fobias, de discriminaciones, de aberraciones sociales sórdidas y mal disimuladas.

 

Somos profundamente racistas.  Lo hemos sido siempre.  Afro-fóbicos sobre todo, pero también veladamente anti-semitas y hostiles a toda etnia que percibamos como ajena (ignorando con ello el inevitable mestizaje de nuestras propias raíces).  No acogemos la alteridad, la miramos con desconfianza de montañeses recelosos, luego la segregamos y finalmente la utilizamos.  La negritud sigue siendo objeto de sanciones sociales, si no explícitas, sí tácitas.

 

Somos misóginos.  Digamos lo que digamos, nuestra actitud hacia la mujer tiene dos caras, que en el fondo son la misma: la depredación sexual, o bien el desprecio manifiesto.  Nuestro deseo por ellas no es homenaje a la feminidad, es agresión.  Desde el podrido machismo de nuestra cultura consideramos a la mujer como un ser infra-desarrollado, primitivo, estúpido.  Para el misógino la mujer será siempre Dalila, Gorgona, Salomé, Bruja, Medusa.

 

Somos homo-fóbicos.  Como pequeño ejercicio lingüístico, me propuse hace algunos días levantar un inventario de todos los términos derogatorios que se utilizan para aludir a la homosexualidad, femenina tanto como masculina.  Encontré veintiocho sustantivos con sus respectivos epítetos derivados, tomados predominantemente -aunque no exclusivamente- de los imaginarios animal y vegetal.  Somos crueles con el homosexual.  Crueles e inquisitoriales.

 

Somos xenofóbicos.  Nos asusta lo que “viene de afuera”, lo ajeno, lo que no se nos parece.  La tal “hospitalidad” del costarricense es una más de esas cualidades de tarjeta postal que nos hemos inventado como fachada “de exportación”.  Al extranjero o le tememos (siempre la reticencia del provinciano que no puede ver más allá de su tibio vallecito), o bien lo explotamos descaradamente.  Somos arrastrados con “los de arriba”, y despectivos con “los de abajo”.

 

Somos sexistas.  No es lo mismo que “misóginos”.  Aquí el odio y la discriminación se ejerce en ambas direcciones.  Por un lado, el apetito-desprecio del hombre hacia la mujer, pero de un tiempo acá también la belicosa actitud de ciertas “brigadas de choque” del feminismo mal entendido, que andan cortando pipíes a diestra y siniestra.  Como dijo Vigny en La furia de Sansón: “Pronto, confinados a un reino atroz, la Mujer tendrá Gomorra y el Hombre tendrá Sodoma, y, lanzándose de lejos miradas de rencor, los dos sexos morirán, cada uno por su lado.”

 

Somos auto-fóbicos.  Escuchado en un estadio nacional, después de un partido en el que Costa Rica venció a Méjico: “¡Qué rico que les ganamos, para que vean que nosotros no somos indios, como ellos!”.  El odio contra las propias raíces, en el fondo, odio contra nosotros mismos.

 

El prejuicio no habita la ley explícita, las constituciones, los códigos laborales.  De ahí sería relativamente fácil erradicarlo.  El prejuicio habita las conciencias, y más aún, el subconsciente colectivo.  Mientras permanezca ahí enquistado, no hay ley alguna que vaya a eliminarlo.  La ignorancia es el hábitat natural del prejuicio (pre-juicio: lo que viene antes que el juicio).  Solo la educación puede combatirlo.  Razón hemos de darle al viejo Platón, cuando por boca de Sócrates sostenía que todo el mal en el mundo era hijo de la ignorancia.  En otras palabras, solo se hace el mal desde la ignorancia.  El mal sería inconcebible bajo un régimen mental de sabiduría.  Pero, ¡qué lejos estamos de tal cosa!

 

Eso es Costa Rica.  Y muchas cosas buenas también, concedido, pero nunca, nunca seremos realmente libres ni justos hasta tanto nuestra percepción de la alteridad, del otro esencial, de la pluralidad, de lo “diferente” no cambie de manera radical.   Podemos preferir vivir engañados, seguir durmiendo al arrullo de nuestra mitología patriótica, pero un país no puede mentirse a sí mismo durante siglos sin pagar por ello un altísimo precio histórico y social.  Yo no he hecho más que poner frente a nosotros un enorme espejo.  Si no nos gusta lo que vemos, no le disparemos al cristal.  Hagamos antes bien un profundo examen de conciencia.  Lo más difícil del mundo, lo sé, y sin embargo un ejercicio perentorio si queremos efectivamente honrar nuestra adscripción a la paz.  Que esa paz no sea un simple eslogan turístico.  Que sea una realidad viva y permanente.        

 

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1 comentario


Comparto en términos generales tu escrito y no deja de preocuparme sobremanera, pues cada dia la ignorancia es más compartida que la mínima educación.

Y seguimos repitiendo que en nuestro terruño no hay analfabetismo y la hay con chicos y chicas de sexto grado.

Muy complejo y triste y todos miramos como para otro lado, lamentablemente.

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