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La embriaguez del pensamiento

Two whiskies, for the road


Jacques Sagot




El setenta por ciento de los matrimonios termina en divorcio.  Es un hecho, un factum.  Empero, la gente persiste en seguirse casando.  Eso es la fe: una voluntad que prevalece contra la estadística y la evidencia empírica y racional.  Conmovedor, al tiempo que desgarrador.  

 

Un tipo llega a un aeropuerto para comprar un tiquete París – Nueva York.  La recepcionista lo atiende, lo saluda cortésmente, y luego, adoptando un tono de voz particularmente enfático y un tanto sordo, le dice: “con mucho gusto le vendemos el boleto.  Aún más: por cortesía de la casa, vamos a instalarlo en primera clase. Ahora bien, señor, es mi deber advertirle esto: el setenta por ciento de nuestros vuelos no llega a su destino.  El avión se desintegra en algún lugar sobre el océano, a cuarenta mil pies de altura, y por una u otra razón termina por precipitarse al vacío.  La caída es espeluznante: dura aproximadamente cuatro minutos, durante los cuales el pasajero grita, patalea, se desvanece, al sentir la fuerza de las muchas gravedades que lo succionan hacia el abismo.  El impacto sobre el agua es brutal.  Sin embargo, hay evidencia de que algunos pasajeros sobreviven a la caída, porque se ha encontrado agua en sus pulmones.  Esto significa que murieron ahogados dentro de su cabina, viendo como el agua subía de nivel sin que ellos tuviesen escapatoria alguna ni pudiesen, en la mayoría de los casos, siquiera liberarse de sus cinturones de seguridad.  Es, por lo tanto, una muerte en la que se alían el vértigo de la caída libre, el terror cerval de la muerte inminente, el impacto, la claustrofobia, y el ahogo.  Añadamos, a esto, que los restos del avión van a escorar cinco kilómetros por debajo de la superficie del mar, y no suele encontrarse de ellos más que algún trozo de fuselaje o una valija flotando sobre las olas.  Pero –y le ruego que preste especial atención a esta advertencia–, aun el treinta por ciento de los aviones que logra llegar a Nueva York, aterriza en condiciones bastante menos que ideales: daños estructurales, turbinas que explotan, descompresiones en la cabina, turbulencias violentísimas, cúmulos nimbos, envenenamiento de pasajeros y tripulación con comida contaminada, fisuras en el fuselaje, cambios súbitos de altura, entradas en barrena a duras penas equilibradas, ocasionales paradas estratégicas en el Ártico para reparar algunos de los daños mecánicos de la nave, crisis de nervios entre los pasajeros, pánico colectivo, gravísimos desajustes del altímetro, pérdidas de control frecuentes del avión, disfuncionalidad del tren de aterrizaje…  Con ello le quiero decir, señor, que aun cuando se contase usted entre el afortunado treinta por ciento de los que llegarán a su destino, puede estar seguro de que su vuelo será bastante menos que placentero”.  


Y a pesar de ello el tipo compra el boleto, y aborda el avión silbando y cantando!  La gente usa a Wagner y Mendelssohn a guisa de marchas nupciales.  ¿Por qué no se han creado aún marchas de divorcio?  ¡Serían infinitamente más populares y más frecuentemente interpretadas!  Dependiendo de la naturaleza de la separación, podrían asumir casi cualquier perfil: fúnebre, solemne, triunfal, exultante, militar, circense, abiertamente carnavalesco…  Y es así como la gente insiste en abordar el avión del matrimonio, segura de que, pese a lo que muestran las estadísticas, ellos, en virtud de su infinito amor mutuo, formarán parte del treinta por ciento que cruza el océano.  Y no se detienen a considerar el segundo aspecto de la cuestión, ese que vengo de describir con tal prolijidad: resta por analizar en qué condiciones aterrizan los aviones que logran arrostrar los peligros de la travesía…  Parejas que siguen juntas en virtud de sórdidos pactos de convivencia, por mera dependencia, por miedo a morir solos, porque han desarrollado una mórbida adicción a la mutua agresión, porque el rencor y el odio han terminado por convertirse en paradójicos agentes unitivos, en una especie de despreciable “pegalotodo” que mantiene juntos aun a aquellos que se execran, porque los hijos los obligan a sufrirse recíprocamente, por miedo a la sanción social, por fidelidad ciega a un viejo juramento pretérito y vacío ya de todo contenido humano, por alcahuetería: ella se hace la tonta para que él perpetre sus trapacerías con todas las secretarias de la oficina, o él se ha habituado a los cuernos y poco le importa hacer las veces de un alce de Alaska, con tal de tener una vieja que le caliente la sopa cuando llega del trabajo…  Aviones que llegan en condiciones ruinosas, lamentables, irreparables.  Más triste aun –en mi sentir– que el setenta por ciento que se hunde en el océano.

 

Pero la gente se sigue casando.  Celebrando con pompa y circunstancia ese anacrónico, obsoleto, antihigiénico, antinatural, aberrante y decadente rito burgués, vagamente barnizado por una pátina de resplandor religioso.  Una institución creada por juristas romanos, hace veintidós siglos, por la única razón de que era imperativo asegurar la herencia del pater familias, bajo la forma de lo que conocemos como patrimonio, y que esta no fuese a parar en manos de cualquier pelele.  Y es por decreto de estos oficiosos notarios de las antiguas Acaya, Egipto, Britania, Corsica y Sardinia, Creta y Cirenaica, Chipre, Dalmacia, Galia, Aquitania, Germania, Italia, Judea, Lusitania, Macedonia, Mauritania, Mesopotamia, Sicilia, Siria y Tracia… que vivimos la historia “tardígramente” (Ortega y Gasset).  La verdad de las cosas es que el matrimonio debería ser sancionado como una gravísima violación a la Declaración de los Derechos Humanos, y como un crimen de lesa humanidad, pero tendrán todavía que caerse muchos aviones y evanescer para siempre bajo la superficie del proceloso océano, para que tal disposición sea tomada.

 

Mi taxista pasaba por mí todos los días, al dar las cinco de la mañana, a la puerta posterior del Teatro Nacional.  Yo había estudiado mi piano durante toda la noche (sesiones de cinco, seis, siete horas), y él sabía que al despuntar el día mis vampíricas y nictálopes prácticas tocaban a su fin.  Era un buen hombre, unos sesenta y ocho años de edad, franco en su hablar, locuaz, honesto: un hombre “en Mi bemol mayor” y “compás de cuatro por cuatro”.  Solía aparcar en algún espacio sobre la Avenida Segunda, y al dar las cinco de la mañana, ahí estaba afuera, pitando.  Los guardas del teatro lo conocían, lo saludaban afectuosamente y le decían: “ya le traemos a Sagot: hoy ha estado aporreando ese piano que es un gusto…  Cuando ese carajo se muera tienen que enterrarlo bajo su instrumento”.  Era un chiste que me halagaba, porque me hacía pensar en el gran sinfonista Anton Bruckner, quien yace precisamente bajo su amado órgano de la iglesia de San Florián, en Austria.  

 

Yo recogía de prisa mis partituras, cerraba la tapa del piano y salía a abordar mi taxi.  La mañana era fresca, la gente comenzaba a pulular por las calles, y las execrables palomas de la Plaza de la Cultura a defecar sobre todo cuanto bajo ellas se encontrase.  Los transeúntes andaban de prisa, desplazándose con ese movimiento de autómata del burócrata de bajo rango que teme perder el siguiente bus, y camina abstraído en su pequeño mundo de premuras y fútiles perentoriedades.

 

Mi amigo taxista me recogía, me llevaba a mi casa en San Francisco de Dos Ríos, y se iba a guardar el carro.  Era el último servicio de su jornada.  Trabajaba de cinco a cinco, y con frecuencia me esperaba en la Avenida Segunda, rechazando otras peticiones, con el único propósito de cumplir con el compromiso con mí adquirido.  Teníamos nuestra pequeña “sociedad”, por así decirlo.  Si sería bueno y noble, que a menudo me pasaba a recoger con un jugo de naranja y un par de donas de McDonald´s.

 

“No sé cómo hace usted, amigo, para aguantarse esas noches breteando en el piano, sin comer, sin merienda, sin descansos, sin nada, y salir bañado en sudor, a las cinco de la mañana…  Pucha, yo me quito el sombrero.  Conozco jornaleros que no trabajan lo que usted.  Fíjese que en la noche, cuando se hace un instante de silencio en la Avenida Segunda, se puede oír el sonido de su piano…  Me hace gracia, porque repite usted los mismos pasajes, una, y otra, y otra, y otra vez…  ¿No se cansa?”  

 

“Sí me canso, pero es un cansancio bonito.  Y en música, amigo, desgraciadamente no hay otra forma de aprender si no es repitiendo.  Lo peor de todo es que hay veces en que, cuánto más repite uno, menos bien le salen los pasajes.  Entonces hay que cambiar completamente la estrategia.  Pero bueno, esa es mi vida, y es muy bella tal cual es”.

 

Por ser el último servicio de la jornada, mi taxista tenía por costumbre permitirse un pequeño ritual que hubiese sido absolutamente inconcebible a cualquier otra hora del día.  Pasaba a una licorera que estaba abierta las veinticuatro horas, allá por Barrio Luján, y se tomaba dos whiskies en las rocas.  No los degustaba.  Se los bajaba por el gaznate en un solo, violento sorbo.  Le tenía sin cuidado la marca o calidad del licor: todo lo que le interesaba era la infusión de alcohol.  El propietario lo conocía bien, y le pasaba la botella y unos pedruscos de hielo para que él mismo se preparara su trago.  Cuestión de un minuto.  Un taxista no puede conducir con una molécula de alcohol en el organismo: eso lo sabemos todos.  Pero después de los tragos, era cuestión de bajar a San Francisco de Dos Ríos, ir a devolver el carro al garaje, y regresar a la casa, que quedaba a un par de cuadras de la central.  Éramos vecinos, y además compartíamos exactamente el mismo horario de trabajo.  Así pues, aquellos sustanciales tragos –nunca más o menos que dos– no serían detectados por ningún oficial de policía ni constituían riesgo laboral alguno para él.  Lo hubiesen sido de tomárselos al comenzar la jornada, pero no a manera de epílogo, de coda, de envoi, y de somnífero y calmante, que era la función que en su vida cumplían.

 

Una mañana, ya cerca de las cinco y media, mientras me dejaba sano y salvo frente al portón de mi casa, y terminaba yo de devorar las donas que tan generosamente me traía, le pregunté: “Idiay, amigo, y esos tragos, ¿por qué a estas horas de la mañana?”  Suspiró hondo y rió tristemente. Bajó la cabeza, como si con lo que me iba a decir quisiese abrir un paréntesis de atención y de intensidad en la conversación.  

 

“Esos dos whiskazos…  No sé qué haría sin ellos.  Son mi salvación, mi alivio, mi medicina, mi tratamiento, mi pócima mágica”.  

 

“¿Alguna enfermedad?”  

 

“¡No hombre, ojalá así fuera!”  

 

“¿Entonces?”  

 

“Sin esos dos whiskies no puedo soportar el martirio de toparme a mi esposa cuando entro a casa.  Su mal carácter, su mal aliento matinal, su gritadera, su preguntadera, su jodedera, sus reclamos, las chancletas, los dedos con yuyos, sus rulos, su gorra de dormir, la chingadera de siempre, sus ataques de celos ridículos, su insistencia en saber exactamente por dónde anduve durante doce horas de trabajo, el cafecillo y las tostadas que termino por prepararme yo con tal de no oírla…   Yo guardo silencio.  El silencio de las rocas, de las montañas y los minerales, amigo.  Me hago de piedra, sí, eso es: de piedra.  Son ya casi cincuenta años de esta mierda.  Ya no me interesa nada con ella: lo único que trato de hacer es soportarla, y para ello no hay otra manera que ignorarla.  Yo, amigo, no puedo entrar a mi casa nunca sin dos whiskies entre pecho y espalda.  Simplemente, no puedo hacerlo.  Ellos me serenan, me producen una especie de sopor, de valeverguismo, de embrutecimiento.  Entonces ya no distingo sus reproches, ya ni siquiera entiendo lo que me quiere decir: la oigo como quien oye una lata de zinc golpeando un techo en medio vendaval… un ruido allá, en el fondo, indistinto, cada vez más débil, hasta que me meto a la cama y me quedo dormido, arrullado por sus gritos.  Esos dos whiskies me permiten mantener la cordura.  Esos dos whiskies son mi antídoto contra la locura o la depresión profunda.  Esos dos whiskies son mi gasolina moral.  Mi vida es vivible únicamente gracias a esos dos whiskies.  

Cuando la licorera de Barrio Luján está cerrada, me los paso a tomar a una que queda allá camino a Desamparados.  Los tengo medidos: son exactamente dos: con uno menos o uno más, ya empiezo a sentirme mal.  O no logran drogarme lo suficiente como para no oír a la vieja, o me ponen más tataretas de la cuenta”.


Hubiera sido ridículo y estéril, hablarle a mi compañero taxista de consultar a un consejero marital, o sugerirle que se inscribiese en el grupo “Matrimonios en victoria”, de la Iglesia Católica.  Yo no sé nada de estas cosas.   No tengo nada que decir al respecto.  Mi misión consistía en oírlo, y en demostrarle –y mi sentir era legítimo– que su suerte me importaba.  ¡Un hombre que tiene que bajarse dos whiskies todos los días de su vida, antes de entrar a la casa, con el único propósito de soportar a su esposa!  ¿Habría sido Dante capaz de fraguar un círculo más cruel, para los condenados de su infierno?        

 

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