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Deporte: magia, poesía y heroísmo

¡El que más miente gana!


Jacques Sagot




Muy bien.  Vamos despacito y con buena letra.  


Todo en nuestra cultura –maestros, padres, madres, leyes, costumbres, libros, sacerdotes, religiones, legisladores, jueces, periodistas, científicos, artistas, papas– nos dice que mentir es malo.  Al que miente le crece la nariz como a Pinocho (con lo cual presidentillos de la estofa de Solís, Alvarado y Chaves ya se habrían hecho acreedores al famoso soneto que Quevedo dedicó a la elefantiásica nariz de su colega Góngora, llamándolo “naricísimo infinito, frisón archinariz, caratulera, sabañón garrafal, morado y frito”).  Por el contrario, decir la verdad es un “imperativo categórico” (Kant).  “La Verdad os hará libres” –sentencia Jesucristo–.  Para el sabio de Königsberg, era preciso decir la verdad, en cualquier coyuntura o circunstancia concebible.  Es palabra de filósofo –¡y qué clase de filósofo!– es decir, santa palabra.  Nadie discute con Kant.  La verdad es un valor absoluto, universal y apodíctico (Aristóteles).  Como decir que e = mc2.  


​Sin embargo, hay un “espacio social” (Bourdieu) en el que la mentira es recompensada.  Ya lo creo que sí.  Me refiero al deporte.  En el deporte la mentira deja de ser el antivalor por excelencia, y se convierte en una virtud, un preciadísimo talento.  Consideremos el caso del fútbol.  Nada euforiza tanto a los aficionados como el jugador que sabe driblar.  Se “baila” a tres rivales  rápida sucesión y se enfila hacia el marco rival.  No hay jugada colectiva, táctica, estrategia, movimiento o maniobra individual o grupal que genere mayor entusiasmo entre los futbol consumptors.  Es un hecho como el monte Everest.  Los más amados futbolistas de todos los tiempos fueron egregios dribladores: Pelé, Garrincha, Maradona, Messi, Rivelino, Cruyff, Ronaldinho.  Los “tiesos” como Palermo, Gerd Müller, Dunga, Mauro Silva, Schweinsteiger, Américo Gallego o nuestro Evaristo Coronado podían despertar el cariño de la gente, claro que sí, pero jamás fueron los mimados del público, los que hacían ponerse de pie a un estadio entero, rugiendo y brincando de emoción.

​¿Y qué es driblar?  Se los diré: driblar es mentir.  Así como lo oyen.  Driblar por medio del lenguaje corporal.  Garrincha, con sus driblingslargos y cortos, sus gambetas, fintas, quiebres, túneles, regates y desbordes era un virtuoso, un maestro consumado de la mentira.  Y la gente lo adoraba (por algo lo apodaban “la alegría del pueblo”).  En el deporte la mentira es aplaudida, agasajada, celebrada por todo el mundo, y el que más y mejor miente, más alto se cotiza en su ámbito profesional.  Viendo bien las cosas –y según Kant, Jesucristo y todos los grandes profetas, sibilas, sabios, gurús, rimpochés, tulkus, imanes y rabinos del mundo– Garrincha era un virtuoso de la impostura, la estafa, el embaucamiento, el fingimiento.  Simulaba ir hacia la derecha, y torcía hacia la izquierda.  Todo en él era simulacro.  La palabra “finta” significa “fingido”.  Su cuerpo sugería una cosa… y luego ejecutaba justo lo opuesto.  Los defensas eran sistemáticamente estafados, desfalcados, humillados.  Y sin embargo, en este espacio acotado, lúdico y simbólico que es el deporte, la mentira es el valor supremo.  Un jugador que no sepa mentir (que sea incapaz de amagar un tiro penal hacia la izquierda para finalmente lanzarlo hacia la derecha) es tenido por incompetente, inepto, “transferible”.


​Es curiosa, la criatura humana.  Debo confesar que nada en el mundo me ha fascinado tanto como este paradójico y complejo animalito.  Un hombre mata en el campo de batalla a cincuenta rivales, y es declarado prócer de la patria, le erigen un monumento ecuestre en el parque más conspicuo de la capital, bautizan una calle, una escuela militar, un colegio, una biblioteca y una cátedra con su nombre.  Además, la oficina de correos hace circular toda una serie filatélica con su rostro, que también orna el billete de diez mil denarios y figura en mayestático altorrelieve en el arco de triunfo por el cual se entra a la ciudad. Le cuelgan del pecho medallas, épaulettes, condecoraciones, laureles, preseas… como el mariscal Zhukov del Ejército Rojo, que a duras penas podía caminar, tal era la cantidad de metal que cargaba en su tórax.  Un hombre mata a cincuenta ciudadanos y es declarado un asesino serial, un monstruo, vómito del infierno, una sabandija incalificable, un peligrosísimo psicópata, su cara figura en la lista de America´s most wanted, se ofrecen inconcebibles recompensas por su captura, vivo o muerto, la CIA, la KGB, la DGSE, Interpol, Scotland Yard, Mossad y la Securitate de Ceausescu corren tras él hasta darle caza.  Sí, el psicópata asesinaba, trepanaba, evisceraba, violaba y sodomizaba a sus víctimas, les arrancaba los globos oculares y conservaba sus vísceras en la refrigeradora para devorarlas más tarde.  Hannibal Lecter, en suma (sin las Variaciones Goldberg de Bach, la Obertura para el Sueño de una noche de verano de Mendelssohn, y toda su sapiencia en materia de arte florentino del Renacimiento).


​Ambos hombres hicieron lo mismo (mataron a cincuenta seres humanos), pero actuaron en “espacios sociales” diferentes.  Lo que en uno es vitoreado, en el otro es castigado.  Así que la moral es relativa y está social, histórica y culturalmente condicionada.  No hay “imperativo categórico”, como no hay dragones rosa, elfos, sirenas o unicornios, n´en déplaise a Kant.


​¿Qué es un gran ajedrecista?  Un virtuoso embaucador.  Ni más ni menos que eso.  Le “regala” un peón “envenenado” a su oponente, esto lo captura, obtiene con ello una ventaja material pasajera, pero debilita su posición de manera fatal, irreversible.  Finge atacar sobre el flanco de rey, mientras fragua una masiva embestida sobre el desguarnecido flanco de reina.  Eso fueron Capablanca, Alekhine, Botvinik, Smyslov, Tahl, Petrosian, Spassky, Fischer, Karpov, Kasparov, Kramnik, Anand y Carlsen (para nombrar a todos los campeones de la era moderna).  Eran genios de la estafa, de la engañifa, de la simulación, del fraude, de la tomadura de pelo.  Otro tanto hacen los jugadores de póker.  Su rostro inescrutable se especializa en el bluff, que no es otra cosa que una enorme farsa.​


​Cada quiebre de cintura, cada caracoleo, cada zigzag de Garrincha era una mentira.  Cada “elástico” o “viborita” de Rivelino era una impostura.  Y el mundo los amó, y los idolatró, y los deificó por ello.  Hicieron de su prodigiosa capacidad para mentir una leyenda imperecedera y el objeto de incontables análisis.


​Otro caso de relativismo ético.  En el campo de la cultura, la noción de “elitismo” (siempre mal comprendida, y ácido para las almas llagadas, ulceradas, resentidas, mediocres y envidiosas) es considerada un antivalor.  Algo sé al respecto: es un sambenito que he debido cargar toda mi vida.  Para un porcentaje de los costarricenses yo soy un viejo elitista, clasista, culterano, afrancesado, eurocéntrico, ególatra y amargado que “habla en difícil” y al que solo se le puede leer con diccionario en mano.  ¿Cuántas personas piensan así?  No lo sé ni me interesa averiguarlo.  No voy ciertamente a contratar los servicios de CID Gallup para que efectúe un sondeo de opinión.  De hecho, he siempre despreciado la noción de “figura pública” (la peor maldición que sobre una persona puede recaer), y yo soy apenas conocido dentro de algunos círculos intelectuales y artísticos del país: el 99,99 de los costarricenses no tiene la menor idea de quién soy y qué hago.  Es cosa que celebro desde el fondo del alma.  La farándula, las pasarelas, los tabloides, el periodismo gonzoson para mí la imagen misma del infierno en la Tierra.


Muy por el contrario, en el campo del deporte, el elitismo es un valor de primerísima magnitud.  Cuando, después del campeonato de fútbol Brasil 2014, nuestra selección ascendió al decimotercer lugar del ranking de la FIFA, esos mismos imbéciles que me han denostado durante tanto tiempo, andaban extáticos, los ojos exorbitados, levitando sonambúlicos por las calles de todo el país, mientras exclamaban: “¡Somos un equipo de élite!  ¿Oyeron?  ¡Somos un equipo de élite!”  Bueno, tal parece que ser elitista en el campo de la cultura es cosa de Satán, mientras que serlo en el “espacio social” del deportes es una bendición, la definición misma de la bienaventuranza eterna.


​Siento una inmensa admiración por la forma en que el deporte premia la mentira.  Es uno de los rasgos que lo tornan más fascinante y preciado a mis ojos.  Cuando Maradona se “bailó” a cinco ingleses (párenla ya, argentinos delirantes, cultores inveterados de la figura literaria conocida como “hipérbole épica”: no fueron siete, sino cinco), no hizo otra cosa que estafar a sus marcadores, mentirles en su propia cara y burlarse de ellos.  Por supuesto, todos aplaudimos la proeza.  Esas cinco mentiras consecutivas indemnizaron moralmente a todo un pueblo por la aparatosa derrota en la guerra de las Malvinas, que costó la vida de 6 000 argentinos.  Nadie se acuerda de ninguno de ellos.  Todo el mundo recuerda, por el contrario, el “asesinato” simbólico de cinco hijos de la Pérfida Albión a manos de un heroecillo de arrabal llamado Diego Armando Maradona.  


El ser humano: único animal sobre la faz de la Tierra capaz de crear una dimensión simbólica de la vida, y conferirle más importancia que a la realidad fáctica, concreta y material.  No es una mala definición, a fe mía.Todo el enorme edificio de la cultura universal está sustentado por este peculiar rasgo antropológico.  ¡Qué sería de nosotros, sin el pensamiento mágico!  Es ahí donde los artistas podemos todavía contribuir un poquillo al bienestar de la humanidad, que sin eso seríamos fútiles celulitas que el cuerpo social sometería al riguroso exterminio de la apoptosis.


¿Es el arte un “espacio social” fértil para la mentira?  No, en mi íntimo sentir.  Aún más: creo que el artista –si es auténtico– está condenado a decir siempre la verdad. Convengo: la literatura de ficción “cuenta” cosas que no son “ciertas”.  Pero atención: una cosa puede no ser cierta, pero ser, sin embargo, profundamente verdadera.  Se debilita toda película que en sus créditos iniciales consigne: “based on a true story”.  Nadie va al cine para ver la realidad.  Va justamente para gozar de la verdad del mundo onírico, del océano libidinal del deseo, de la esfera de la fantasía.  De lo contrario nos contentaríamos con ver noticieros.  Como decía Jean Cocteau: “El artista es una mentira que siempre dice la verdad”.  Y Humberto Eco lo secunda con una definición prácticamente equivalente.


¡Larga vida para todos los mentirosos del mundo, siempre y cuando mientan dentro del espacio acotado y discontinuo en que son pagados para hacerlo!  ¡Larga vida a Muhammad Alí, quien simulaba un gancho de izquierda y estremecía al rival con un fulmíneo jab de derecha!  ¡Larga vida a Rivelino, quienhacía resbalar bajo su pie zurdo el balón, sosteniéndolo con la punta del botín, y luego lo pasaba entre las piernas de su marcador!  ¡Larga vida a Karpov, quien en el torneo de Linares 1994 sacrificó sus dos torres para envolver en su lenta e inescapable telaraña a un ingenuo y engreído Topalov!  ¡Larga vida al deporte, que desmiente a Kant y diez milenios de moral prescriptiva, castrante y rigorista!  ¡Larga vida a esas paradojas vivientes que son los artistas, que tienen que mentir para poder formular las más hondas verdades de la naturaleza humana!




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