Deporte: magia, poesía y heroísmo
- Bernal Arce

- 27 sept 2025
- 6 Min. de lectura
Futbolcillo para un paisecillo muy rezagadillo
Jacques Sagot
Respondo a continuación a la pregunta que está haciendo mucha gente.
¿Qué es la Selección Nacional de Fútbol? Se los diré en un puñito de palabras: once mediocrazos, dirigidos por un mediocrazo, nombrado por una manga de mediocrazos directivos. Eso y nada más. Es, en realidad, una definición muy simple, irreductible y esencialmente correcta. ¿Qué va a terminar pasando con esta banda de mediocrazos? Pues que van a llamar a Celso, a Campbell, a Ureña, a Saborío y quizás incluso a Bryan Ruiz. ¿Y por qué no? Mil veces prefiero a Ruiz durante quince minutos en el terreno de juego que a Brandon Aguilera todo el partido.
Nunca logramos salir de Brasil 2014. Como decía Chateaubriand, a los pueblos pequeños les basta con un gran héroe por siglo. Nosotros ya produjimos cinco, y debemos considerar nuestra cuota agotada por los próximos quinientos años.
Haití está situado en el lugar 87 del ranking de la FIFA. Nicaragua ocupa el puesto 132. El primero solo ha logrado participar en un campeonato mundial: Alemania 1974, donde fue goleado por Polonia 7-0, Argentina 4-1 e Italia 3-1. Ocupó el penúltimo lugar, y no cayó al fondo de la cadena trófica gracias a Zaire, que se tragó goleadas aún más aparatosas. Por lo que a Nicaragua atañe, ni siquiera se ha aproximado a una justa mundial de esta envergadura. Al día de hoy Costa Rica está ranqueada en el puesto 43. Esto sugiere que deberíamos haberle ganado solventemente los partidos a ambos equipos. Pero no fue así. El cuadro padece de intermitencias de concentración, de fluctuaciones en su nivel, de tremendos baches psicológicos durante los cuales regresan al nivel de un equipito en un patio de Kindergarten. ¿Será por ventura que padecen de trastorno de déficit de atención? ¿Consistirá, así pues, nuestro destino en tragarnos 3 goles seguidos cada vez que caen en estado de coma profundo y los rivales les pasan por encima?
Este tipo de problema es inaceptable, inadmisible, “no es de recibo” –dirían los juristas–. Es como el caso de un pianista al que se le olvidaran la mitad de las piezas que está tocando en un recital. O de un actor que de repente olvidase su rol de Hamlet y pasase a encarnar el de Macbeth, para el terror y perplejidad de sus colegas de elenco. Mil veces lo he dicho, y lo repito una vez más aquí: todo equipo que se respete debe contar en sus filas con uno o mejor aún, dos psicólogos. El primero para preparar individualmente a cada futbolista (ayudarlo a aceptar el abucheo, la crítica, los ataques de pánico, el rechazo, la amargura de un gol en contra, la manera de reponerse de estos golpes de revés), el segundo para tratar al conjunto en tanto que colectivo. ¿Quién o quiénes son los psicólogos del actual rejuntado de mediocrazos? ¿Uno de esos atorrantes sudamericanos verbosos y seductores que se llaman a sí mismos “motivadores”, los gitanos Melquíades que llegan a Macondo a iniciar al rústico pueblo en el culto del hielo? No me sorprendería. En Costa Rica todo el mundo cae en cruz al oír el menor dejo de acento argentino, uruguayo o chileno. Así ha sido en las universidades, en los colegios, en la academia en general, en las artes. y en todo el amplio espectro de los deportes.
Pero, déjenme adivinar… A última hora van a llamar al “Machillo” Ramírez para que le tape los huecos a la piragüilla en la que, apretujados y aterrorizados, nos salvamos a cada minuto de naufragar. ¿Y con qué novedosísimo, inédito, revolucionario, inusitado planteamiento nos va a sorprender el “Machillo”? Pues con lo único que sabe hacer: meter atrás todo el ganado vacuno, ordenarles que den patadas, que revienten la pelota a 70 metros de distancia (lo que perifrásticamente se llama “alejar el peligro del área”) y dejar a un hombre de milpa, allá perdido, sin apoyo alguno, sin posibilidad de crear siquiera un binomio ofensivo, para que en alguno de esos reventones pesque una pelota y se jale una torta. Esa es la sofisticadísima, originalísima, complejísima, sutilísima táctica del “Machillo”. La única palabra en su paupérrimo lenguaje futbolístico. Pero, en un área tan mediocre como la nuestra, este anti-fútbol, a-fútbol, des-fútbol, neg-fútbol puede de repente dar el campanazo… y entonces lo ungiremos prócer de la patria y bautizaremos un estadio con su nombre. ¿Y cuál será ese hombre – milpa? Cualquiera. Acaso Ureña, Saborío o Evaristo Coronado, egresados de alguna residencia geriátrica de nuestro país, y quizás jugando con andaderas.
Cualquier futbolista –cualquier deportista, for that matter– sabe que un partido es, en primerísimo lugar, un supremo ejercicio de concentración ininterrumpida, sostenida, regular, que puede durar 90 o 120 minutos, más la posible tanda de penales. Sepp “el Zorro” Herberger, técnico de Alemania Occidental entre 1936 y 1964 (el artífice del “milagro de Berna”, donde un rupestre equipo teutón logró derrotar a la Hungría de Puskas, “los magiares de oro”) se cansó de decirlo: “Hay tres momentos críticos en un partido de fútbol: el primero y último de cada mitad, y el que sigue a un gol”. ¿Por qué? Porque en estas instancias tan puntuales tienden a producirse crisis de nervios, accesos de auto-sabotaje, desacomodos físicos y psíquicos en el terreno de juego. Así vistas las cosas, una ventaja de 2-0 como la que llegamos a tener contra Haití demandaba un esfuerzo redoblado de concentración. Pero lejos de ello, nos derretimos, y el rival nos bailó, con un gol de chilena antológico y otro pasabola humillante, con bolas filtradas entre líneas y taquitos dignos del mejor jogo bonitobrasileño de 1958, 1970 o 1982. Una lección de fútbol a domicilio.
A mí Herrera nunca me la hizo. Siempre supe que era un entrenadorcito “de media tabla”, un vociferador y gesticulador tercermundista que arrastraba muy malos números en el campeonato mexicano (que, ese sí, vuela a un nivel infinitamente superior al nuestro). Fue elegido con pésimo criterio. Lo dije en su momento, y es con tristeza que consigno: tuve razón. La única que no es mediocraza en nuestro fútbol es la afición. Ese pueblo nuestro, que desayuna, almuerza y cena fútbol, que creyó tocar las estrellas al llegar al quinto partido en Brasil 2014 y al cuarto en Italia 1990, y persiste en esperar un nuevo alineamiento de planetas en el firmamento constelado, con fe indoblegable, con sus cánticos, sus eslóganes, sus vítores… cinco y medio millones de almas empujando con el deseo y el músculo del espíritu el pesado carro donde los mediocrazos van cómodamente alojados cual pachás. No hay derecho. Es un acto vil, perverso, depravado, lo que los mediocrazos han hecho con nuestro público. Por poco califica como una traición a la patria. Nos han roto el corazón. Como la primera novia que en la vida amáramos; así nos han hecho trizas el alma. Nos amamantamos con residuos de esperanza, con briznas de esperanza, con estopa seca de esperanza, nosotros que deberíamos estar volando boyantes sobre este marasmo de futbolito subdesarrollado, repito: lugares 87 y 132 en el escalafón de la FIFA.
¿Conque Haití era apenas una islilla? ¡Pues también lo es Inglaterra, que tiene la más cara liga del mundo y fue campeona mundial en 1966! ¿Qué hay de derogatorio en el hecho de ser “una isla”? ¿No es toda la tierra del mundo isla, toda vez que los continentes representan tan solo un tercio de la superficie global, y el agua los contiene y limita por todos sus flancos? Costa Rica no es isla por la única razón de que un par de simpáticos volcanes vomitaron suficiente escoria como para sacarnos del fondo de los mares: es así de simple. Pero por nuestra superficie (51 000 kilómetros cuadrados) somos mucho menores que casi cualquier isla del planeta. Pero en nuestra infantil imaginación nos dijimos: Haití es una isla que apenas alcanza la mitad de nuestra superficie terrestre. Sí, pero no consideramos el segundo punto: nos duplican en términos de población, y esto supone una mayor cantera para todo deporte. Por otra parte, nos desbordan ampliamente por su biotipo, su altura, su fortaleza física, su zancada, su rapidez, sus condiciones atléticas. Nada de eso vimos, absolutamente nada. Iban a ser “pan comido”. Pues ahí tienen, amigos, el resultado de nuestro pueril triunfalismo, de nuestra arrogancia, del “excepcionalismo” costarricense, de lo que sucede cuando los países se imbuyen de su mitología patriótica y desarrollan peligrosos síntomas de supremacismo político, militar, deportivo, ecológico, económico.
Somos chiquititos. Muy, pero muy, pero muy chiquititos. Pigmeos futbolísticos. Residentes de la Liliput balompédica del mundo. Arbolitos bonsái. Piecitos atrofiados de geisha. Futbolistas microgenitomorfos (penes infantiles). Tengámoslo claro. ¿Que si vamos a clasificar? Sí. Dejando la honra en el alambre. In extremis. Sin garbo, sin solvencia, sin calidad, sin excelencia. Nos arrastraremos miserablemente hacia una clasificación agónica, pírrica, llegando a ella con la lengua afuera, como el nadador que viene de cruzar el océano. Así llegaremos. Para mal, porque seremos expuestos como la irrisión que somos tan pronto tengamos que vérnoslas con los grandes del mundo. Pero sí clasificaremos. Para aquellos a quienes no les importa el “cómo” y se contentan con el “qué”, mis felicitaciones más sinceras y efusivas. Que lo disfruten. A fin de cuentas, cada país tiene los héroes, las hazañas, y las sagas épicas que merece.





Leer este texto me removió algo muy profundo, porque refleja esa mezcla entre amor y desencanto que sentimos muchos cuando vemos a nuestra selección. Yo también he pensado que el problema no es solo técnico, sino mental: sin fortaleza psicológica, cualquier talento se diluye. Al final, el fútbol no deja de ser un espejo de lo que somos como país: grandes momentos de gloria que se quedan congelados en la memoria y una dificultad tremenda para mantener la constancia. Por eso me ha servido buscar espacios donde se hable de deporte con más amplitud, incluso más allá del fútbol. En páginas como https://1winbet.com.ve/app/ puedes leer información sobre la Aplicación 1Win para jugadores de Venezuela, que además ofrece un repaso interesante…