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La embriaguez del pensamiento

Ahora que lo recuerdo


Jacques Sagot




 

El otro día estaba viendo por la televisión una película “muda” del sensacional Buster Keaton.  Y recordé algo que se cuenta entre mis más bellas experiencias profesionales, y que no sé por qué hasta ahora no había relatado.  

 

Houston.  Me llaman un día del Museum of Fine Arts (durante años gasté suelas recorriéndolo: tenían varias pinturas impresionistas, y los dos cuadros arquetípicos de la mujer que he incluido en mis “Cuadernos de bitácora”). Quedaba contiguo al campus de Rice University.  Me preguntaron si quería tocar el piano en las proyecciones de películas de Chaplin, Keaton, Harold Lloyd, Ben Turpin, Laurel and Hardy y “Fatty” Arbuckle.  Yo debía mimetizar al piano la acción de las cintas.  Así no más, en vivo, en directo, siguiendo las peripecias de los personajes, improvisación pura.  Acepté con cierta reticencia: era algo que nunca había hecho.  La primera noche estuve nervioso… la ausencia de partitura, la dificultad para seguir, por una parte, la acción en la pantalla, por otra, el movimiento y la posición de mis manos en el teclado.

 

Me tocó, entre otras cosas, musicalizar la famosa secuencia “del barco” de Chaplin.  La tormenta afuera, y el navío que se balancea sin cesar, obligando a Charlot a las más cómicas proezas físicas que sea dable imaginar. Encontré que los “glissandi” ascendentes y descendentes (a lo Debussy) eran una magnífica manera de ilustrar los bandazos a babor y estribor del barco.  Fue un trabajo que desempeñé durante más de un año, una práctica con menos dignidad –se dirá– que los recitales y los conciertos con orquesta a que estaba acostumbrado. Siempre temía la presencia de alguno de los profesores de Rice University, así que antes de comenzar hacía una rápida inspección de la sala.  En el fondo estoy seguro de que hubieran entendido… todos los músicos hemos sido, en alguno u otro momento de nuestras vidas, saltimbanquis, pianistas de cóctel, amenizadores de fiestas, tocadores de marchas nupciales en las ceremonias de bodas, y de Jesús, alegría del deseo de los hombres de Bach, con ocasión de funerales.  Si Brahms se había ganado la vida cuando joven tocando en un burdel de su natal Hamburgo –me decía a mí mismo–, ¿por qué no debía yo de prodigarme en una práctica musical tan divertida y colaborativa?  El efecto de conjunto de la experiencia estética era en buena medida producto de mis pianísticas ocurrencias.  Yo contribuía de manera esencial al goce de las películas, y eso me daba una gran satisfacción.

 

Para los villanos usaba los trémolos del amenazador registro grave del teclado, para los héroes pequeñas marchas en Mi bemol mayor –tonalidad épica por antonomasia–, y para las damas seductoras y primorosamente ataviadas, melopeas llenas de trinos en el registro medio y agudo.  En las escenas de amor echaba mano del Sueño de amor de Liszt, y de algún nocturno de Chopin.  Por supuesto, los amaneraba, los convertía en caricaturas, en muecas musicales.  En las secuencias de persecuciones manoseaba los primeros compases del Erlkönig de Schubert, con su fantástico ritmo de galope.  Cuando la escena era idílica y pastoril invariablemente tocaba la Canción de primavera de Mendelssohn.  De vez en cuando algún ragtime –cuyo ritmo se me ha tornado desde entonces odioso–. Empero, la vasta mayoría de la música la improvisaba yo sobre la marcha, tratando por todos los medios de recrear la acción de la pantalla.  En el caso de Los tiempos modernos o de Luces de la ciudad me sentía dispensado de tocar: ¡la música, del propio Chaplin, era tan hermosa!  Y la belleza de Paulette Godard (una de sus muchas mujeres), y el embrujo de la canción Candilejas… no tenía sentido ponerle música a algo que ya la tenía.  De hecho, era ilegal presentar las películas con cualquier banda sonora que no fuese la original.  Por lo demás, mis “interpretaciones” se reducían a lugares comunes por todas partes, pero qué se podía hacer: mis destrezas pianísticas, en esta peculiar actividad, no me daban para más.  La paga era pésima, me la enviaban por correo y con frecuencia se retrasaba.

 

Mi trabajo era pura mímesis.  Sí, el mimetismo de que tanto habló Aristóteles.  “Recrear” en la música todo el movimiento físico y psíquico de los personajes sobre su pantalla.  “Ilustrar” musicalmente un percance físico no es cosa difícil.  Pero sí lo era “ilustrar” todo cuanto ocurría dentro de la psique (el alma) de aquellos hombrecitos y mujercitas que, además, se movían a ritmo hipercinético en sus mundos en blanco y negro, con sus desuetos atuendos, sus churriguerescos peinados, su presencia – ausencia: ¡lo propio de los fantasmas!

 

Una semana, el museo organiza un “Festival Chaplin”.  Toqué con la soltura y desaprensión que poco a poco había terminado por desarrollar.  Al terminar la última sesión, una señora muy distinguida se me acerca para felicitarme.  Está visiblemente conmovida: sus ojos brillan con ese fulgor peculiar de las lágrimas que anegan la pupila sin por ello derramarse sobre las mejillas.  En primera instancia nada en ella me llama la atención.  “¿Con quién tengo el placer?” –le pregunté–.  “Permítame presentarme: mi nombre es Josephine Chaplin.  Estoy segura de que mi padre habría estado muy contento con su música”.

 

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