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La embriaguez del pensamiento

Actualizado: 7 mar

Hemofilia vencida


Jacques Sagot




Vieja casa “de los leones” en el Paseo Colón. Primer emplazamiento del Liceo Franco-Costarricense. Tercer grado. El colegio juega entero en el arenal del patio. Dos bandos corrían uno contra el otro. Los que se topaban quedaban “amarrados”, formando una especie de red humana. Los que quedaban libres repetían la operación, pero cada vez más niños quedaban presos en la cadena. Y así iba esta aumentando, de modo que los que corrían en una u otra dirección libremente eran cada vez menos. El último en no ser atrapado era declarado ganador.


Por una vez olvidé todas mis limitaciones físicas. La preceptiva médica, el policía que llevaba introyectado y vigilaba cada uno de mis pasos. Cayeron todos los signos que decían “NO”. Se apagaron las luces rojas, y enronquecieron las sirenas de alerta. Desoí todas las prohibiciones, vetos, interdicciones y diktats que la hemofilia –la gran veda, la castración, la negación del cuerpo– me imponía. El cuerpo desertor, traidor, frágil, vulnerable.


Me fascinó la dinámica del grupo: escapar a la red que en el centro del patio se iba haciendo cada vez más ancha, los escapistas que, tan pronto atrapados, cambiaban de signo y se dedicaban a cazar a los prófugos que habían tenido mejor fortuna que ellos. “Ya que yo no lo logré, vos tampoco lo lograrás”. Había que correr, arriesgarse a caer, ensuciarse, ser golpeado, tirado de los brazos, empujado de un lado para otro. Corrí como un galgo, superando a varios de mis compañeros, cayendo siempre en la red, pero participando de pleno en el juego. Indeciblemente libre. Ebrio de mis facultades físicas. No eran simples carreras: eran zancadas, y luego burlar, hacia un lado o hacia el otro, a la “red” del centro. Yo, el niño de cristal de Bohemia, liderando dentro de mí un verdadero motín a bordo. Fletcher Christian defenestrando al crudelísimo capitán Bligh. Buque tomado. Insurrección general. ¡Abajo las proscripciones de los médicos, de los profesores, de las enfermeras, de los especialistas en fisioterapia y rehabilitación, de los psicólogos, de los cejijuntos miembros de la Asociación Costarricense de Hemofilia (¡que mi propia madre presidía!), del personal de plasmaféresis, de la trabajadora social, del padre Carlos, quien me pastoreaba todo el tiempo a fin de que yo no cometiera imprudencias –¿y qué imprudencia podía cometer, si apenas respiraba, por las heridas de Cristo? ¡Era el nerdo más nerdo de la CONCACAF, un niño inhibido, cuasi inmóvil, hierático, ejemplar en mi conducta… a duras penas dimanaba algo de calor! Todas las figuras de autoridad destituidas, desacatadas, derrocadas… por una vez, por una sola y única vez en mi vida, ¡ puta que pariu !


Era un juego que plasmaba muy bien mi tesitura psicológica: siempre he sido controversial, polémico, un provocador innato. Jamás perteneceré a la constrictiva red de los “cazadores”, al clan de los opresores, al status quo. No, no, no, nada de eso: ser el protón libre que se sustrae a la atracción del núcleo y sale a pasear a sus anchas por el mundo. Era un juego cuyo contenido ético retrataba ya mi ser íntimo. Nunca quedar prendido en la red, ¡nunca, nunca! Desafiar, burlar la vigilancia, huir, evadirse, rebelarse, hablar sin pelos en la lengua: en Do mayor, fortísimo y compás de 4/4. Decir lo que pienso y pensar lo que digo. Un provocador y un generador de controversias.


Un imbécil que se pretende amigo mío me reprochó hace unos meses mi proclividad por las controversias: ¡hubiera sido el primero en firmar la sentencia de muerte de Sócrates, quien fue un maestro íntegramente consagrado a generar controversia entre los “profesores de sabiduría” (los sofistas), y los ciudadanos atenienses! En su mísera vidita de Walt Disney él cree que la controversia es cosa que urge evitar: ¡el mundo madura merced a esas crisis de crecimiento que llamamos controversias! Este pobre idiota habría mandado a matar a Sócrates, Diógenes de Sinope, Jesucristo, Buda, Mahoma, Copérnico, Galilei, Lutero, Voltaire, Rousseau, Olympe des Gouges, Baudelaire, Darwin, Freud, Marx, Gandhi, Heisenberg, Mandela y… bueno, no tiene caso enumerarlos, puesto que la almita de Dios desconoce a la mayoría de estos egregios polemistas y maestros de la controversia. Digamos, en su descargo, que conoce al ratón Mickey Mouse.


Así que ahí estaba yo, corriendo cual un guepardo de una tapia hasta la otra, a toda velocidad, las faldas rasgadas, el pelo en tremolina, la cara y las manos sucias, haciendo lo posible por driblar la ominosa red constrictiva y maligna de los perdedores. Una vez vencidos, su gozo cambiaba de objetivo: ahora se deleitaban viendo caer a los sobrevivientes. De nuevo, es lo que los alemanes llaman Schadenfreude : “alegría ácida”: ¡puesto que yo no lo logré, que no lo logre nadie más! ¡Ah, que sensación de potencia física, de plenitud, de salud, la arena en mi rostro, el viento que era mi aliado, el sol en mis cabellos, los vendajes y muletas dejados en la clase como… pues como un memento mori del que urgía deshacerse! ¡Alas, alas, alas: hubiera querido ser un albatros, un águila o un cóndor!


Y en eso vuelvo a ver hacia la pared de la oficina de los profesores. Recostada estaba mi mamá. Quedé paralizado. No solo sería el fin del juego, sino una reprimenda sin precedentes, tal vez incluso un par de nalgadas (y un par pueden ser dos como doce). Había cometido la transgresión de las transgresiones. Desobedecido explícitas y enfáticas prohibiciones paternas y maternas. Involucrado mi cuerpo en un juego lleno de riesgos y generador de lesiones potencialmente mortales, o por decir lo menos, muy discapacitantes.


Me salí del campo de batalla, cubierto de tierra, la camisa hecha jirones, y caminé cabizbajo hacia ella. Estaba preparado para lo peor. Pero al acercarme, descubrí que sonreía, con satisfacción indecible. “¡Si hubieras visto cómo corrías, así, tirando las piernillas hacia delante, como un venadito!” No podía dar crédito a mis oídos. ¡Aquella era la desobediencia antonomástica, la “maldad” por excelencia: poner en peligro mi cuerpo, sumarme a juegos riesgosos que bien podían significarme un internamiento hospitalario de varias semanas! ¡Fórmula segura para las lesiones, transfusiones y sesiones de rehabilitación!

Pero mamá sonreía, sonreía, sonreía. Estaba emocionada hasta las lágrimas. “Alguna vez creí que no iba a ser ni siquiera posible mandarte a la escuela, y ahora vete: lleno de tierra, las faldas por fuera, sudoroso, despeinado, agitado, participando con los juegos de todo el colegio como si… pues como si no padecieras de nada”.


Nunca olvidaré ese momento. Esperaba su iracundia, las noticias que llegarían a papá, la queja ante los maestros por la no vigilancia del “chiquito”. Pero sonreía. Para mí era tan solo un juego. Para ella una inmensa victoria personal. Ver cómo me divertía, cómo, por un momento, había podido hacer lo que todo niño normal hacía: correr, brincar, reír. “Es preciso que los cuerpos exulten” –decía Jacques Brel–. Es un dictamen aplicable a todas las esferas del vivir. Los cuerpos deben exultar al correr, al jugar, al hacer el amor, al tocar piano, al nadar, al patear un balón o una naranja podrida, al correr hacia la mamá, al dejarse revolcar por las olas, incluso al leer o escribir un libro… Los cuerpos, los cuerpos, que quizás son lo único, once all is said and done, que realmente tenemos. ¿El alma, el intelecto, la sensibilidad, la fe, el amor, la justicia, la belleza, el arte, el misticismo, el espíritu? Sí, sí, sí: pero no olvidemos que todos esos mundos se aposentan en el cuerpo: quedarían errando en el aire cual ánimas en pena si no pudiesen incardinarse en él, y como dice Brel, ese cuerpo “debe exultar”.


Gracias, mamá.


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Un relato magistral, y muy emotivo y dar gracias a una madre, es el reconocimiento más noble gue puede recibir

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