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La embriaguez del pensamiento

Actualizado: 22 feb

Costa Rica: todo lo que pudo haber sido…


Jacques Sagot





Sí, Costa Rica tiene más variedad de flores que todo el territorio (un subcontinente) de los Estados Unidos.  Nuestros bendecidos 51 000 kilómetros cuadrados engendraron más especies de flores que los 9 834 millones de kilómetros cuadrados de “the most powerful nation in the world” (George W. Bush).  Es un hecho mil veces verificado.  Pese a no poseer las cuatro estaciones (que en principio posibilitarían una mayor riqueza y multiplicidad floral), Costa Rica es la campeona indiscutible de la CONCACAF en este rubro.  Nos decimos orgullosos de esta venturanza, pero en realidad no deberíamos estarlo: las flores, ¿son creación nuestra?  La fertilidad de nuestra tierra, ¿es obra nuestra?  Las particularidades climáticas que permiten tan explosivas floraciones ¿fueron diseñadas por nosotros?  Algo más: ¿hemos siquiera hecho algo para gozar de semejante privilegio?  No, no, no, y no.  Nuestra exuberancia floral es un accidente (en el sentido que Aristóteles daba a esta palabra: algo casual que le sucede a la sustancia, ella sí, ontológicamente autónoma).  No es obra nuestra.  Es un hecho adventicio, aleatorio, mero azar y contingencia.  No transformamos un inmenso desierto en un polícromo delirio de flores y campánulas.  Nada de eso.  Todo nos lo regalaron.  Como sugiere el título de la película de 1956: Somebody Up There Likes Me (Paul Newman, Steve McQueen, dirección del gran Robert Wise).


Fuera de nuestras violadas y expoliadas selvas húmedas de altura (porque en efecto son más devastadas de lo que suponemos) no se ve el rastro, ni siquiera el fantasma del perfume de una flor.  ¿Por qué no llenan de colores y fragancias nuestros jardines, ventanas, balcones, alamedas, rotondas, puentes, tapias, parques y aceras?  Pues por dos razones aplastantemente antipoéticas: no tardaría un miserable borracho en mearlas y pisotearlas, y la primera noche (o en plena luz del día) nos las robaría alguno de los cinco y medio millones de ladrones o ladronzuelos que constituyen la población de este país.  Y los pillos (a diferencia de las flores) sí son obra nuestra, hijos enfermos de nuestra sociedad, vómito abyecto de nuestra incivilidad, epifenómenos de un país donde el robo es un paradigma vital, no un mero crimen.


En Francia las alcaldías tienen la acendrada costumbre de celebrar competencias florales: las ciudades se engalanan con lluvias de flores, adornan sus balcones, ventanas, umbrales, y un premio muy sustancial –amén del réclame turístico que esto genera– le es concedido por el ayuntamiento a “la ciudad más florida de la región”.  En 2016 tuve el privilegio de ofrecer un recital en uno de estos pueblitos: Chédigny, en el corazón de la región de Touraine.  En 1998 fue declarado “pueblo jardín”, o “jardín extraordinario”.  Tiene apenas 585 habitantes, pero se precia de poseer dos salas de teatro (una de ellas con un magnífico piano de cola), dos galerías de arte, una biblioteca, una cinemateca, una compañía de teatro local y una bella iglesia en estilo románico.  ¡Pobrecitos: carecen del “Chinamo” y de corridas de toros “a la tica”, tal los estercoleros y pútridos barriales de Zapote, Nicoya, Palmares y Parrita! (como toda patología, esta aberración tiende a hacerse pandémico).  La entrada a Chédigny nos deja en estado de arrobamiento: el visitante es recibido por miles y miles de rosas, pertenecientes a 270 diferentes especies y más de 3 000 plantas perennifolias, que no pierden sus hojas aun en el más severo de los inviernos.  El pueblo está clasificado con “cuatro rosas” (la máxima categoría es cinco), y las flores y todo elemento vegetal, con su verdor y caleidoscópico cromatismo vienen a pintarle una sonrisa al rostro de las casas de austera piedra gris caliza.  Desde 2017, el Presbiterio está abierto al público.  Fue recreado como un jardín conventual del siglo XIX.  Hay en él plantas medicinales, todos los cálices y corolas del mundo, árboles frutales y un pequeño establo con razas autóctonas de caballos.  Este jardín es también un taller de formación sobre el savoir faire del jardinero veterano, transmitido durante cursos prácticos destinados a jóvenes jardineros aficionados o profesionales.  La educación transgeneracional maestro aprendiz.  Muchos son los artistas que han venido a buscar en Chédigny reposo y el hipnótico delirio de los colores encendidos, áureos, azules, rosa, amarillos, glaucos, arrebolados, grana, de las flores y los crepúsculos, ¡que tanto tienen en común!  (“En oriente había un surtidor de rosas” dice Carlos Salazar Herrera, aludiendo a las purpúreas tonalidades del poniente).


Así que Francia, que no posee nuestra dotación natural de flores, es capaz de incentivar su cultivo creando un premio al más bello “pueblo florido” y algo más: un trofeo para la “fachada más florida” (y las hay que parecen, literalmente, los jardines colgantes de Babilonia, a escala más íntima y humana, claro está).  Y no, señores y señoras: los borrachos no se mean en las flores, y los ladrones no se las roban.  Los costarricenses nos creemos normales…  ¡Ah, insensatos!  Somos el más anormal y mórbido país del planeta.  Vivimos en cárceles de facto, enrejados, tras cortinas de acero y alambres de púas, bajo el ojo panóptico de las cámaras de seguridad, en estado de permanente paranoia e inquietud.  ¿Cuánto duraría una maceta con una bella flor en la acera de nuestras casas?  No llegaría a cinco horas.  Se la roban, se la roban, se la roban, así no fuese más que para vender la maceta…  Igual se roban las tapas de alcantarillas, los medidores de agua, las señales de tránsito, ¡incluso los semáforos!  ¡Ah, degenerado y miserable paisecillo de bribones, riñas y carteristas, callejeros o glorificados!  


Los costarricenses vivimos en estado de arresto domiciliario ad hoc.  Recluidos entre nuestros propios barrotes, llenos de alarmas, de luces, de casetillas de seguridad, de guardas, de pitos y portones eléctricos…  En mi barrio, cada casilla –por estrecha que sea su fachada– está férreamente aherrojada: por poco creería uno estar en un zoológico, y ganas no faltan de pasearse frente a ellas y tirarles adentro granos de maní o frutos secos.  Entérense, amigas y amigas: el mundo no es así.  Las ciudades no son así.  El planeta Tierra no es así.  Este es un rasgo propio y exclusivo de este país aberrante y degradado al nivel de la más irreversible degeneración social.


“Costa Rica es mi patria querida, vergel bello de aromas y flores, cuyo suelo de verdes colores densos ramos de flores vertió”.  Así reza el deplorable y arrastrado bolerillo que don Manuel María Gutiérrez concibió originalmente como una marcha militar, pero que con nuestro don natural para charralearlo todo convertimos en una frívola mazurca de salón, y luego en la insulínica y falaz tonadilla que todos conocemos.  Lo primero que urge saber es que la letra fue íntegramente plagiada del poeta cubano Pedro Santacilia (de ahí su alusión a la palma, árbol representativo de la isla).  Pero es que, además, su texto es un chorro a presión de mentiras: ¿“vergel bello de aromas y flores”?  ¿Cuáles “flores”?  ¿Dónde?  ¿Y los “aromas”?  ¿En la más arcana y húmeda entraña del Parque Braulio Carrillo?  Pues entonces jamás podré verlas ni olerlas, porque mi salud no me permite internarme en la jungla virgen (que, de nuevo, jamás ha sido virgen, y hoy en día lo es menos que nunca).


Chédigny: 270 especies de rosas, 3 000 tipos de plantas perennifolias, dos salas de teatro, un magnífico piano de concierto, dos galerías de arte, una biblioteca, una cinemateca, una compañía de teatro local, una bella iglesia en estilo románico… ¡todo ello para 585 habitantes!  Al azar evoco el pueblo de San Joaquín de Flores, como podría haber mencionado cualquier otro: tiene 8 500 habitantes: dieciséis veces más poblado que Chédigny.  ¿Qué oferta cultural propone para sus habitantes y los visitantes?  ¡Y no hablemos de las ciudades densamente pobladas, que son eriales, páramos, tundras culturales!  


Chédigny: ese pudo haber sido el modelo de desarrollo social de Costa Rica.  En lugar de una pobreza digna y una riqueza moderada, hemos derrapado hacia una miseria indigna y una riqueza vulgar, obscena, ostentosa.  Todo esto me duele hasta la médula misma del alma.  Se me rompe el corazón… es mejor que deje ya mismo de escribir.  

   


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