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La embriaguez del pensamiento

“Yo no fui, fue Teté, pégale pégale que ella fue”.


Jacques Sagot







Muy bien.  El MOPT dice que fue culpa del CONAVI.  El CONAVI dice que fue culpa de la Municipalidad de San José.  La Municipalidad de San José dice que fue culpa de la Policía de Tránsito.  La papa caliente salta de mano en mano, y nadie asume la responsabilidad de dejársela, y con ello admitir su culpa.  Luis Amador (Gilligan sin el chonete blanco) le echa la culpa al CONAVI.  Pero resulta que el CONAVI es un órgano del MOPT.  El cerebro no puede culpar al brazo derecho por una súbita contracción, puesto que todo comando procede de él.  En un barco el capitán es responsable de todo lo que sucede a bordo, así sea la colisión con un iceberg o el ínfimo error del más insignificante grumete.  La Municipalidad responsabiliza a la Policía de Tránsito.  Esta institución consiste en 160 pobres tombos, que tienen que practicar el milagro de la bilocación (San Francisco de Asís era capaz de ello) o de la ubicuidad, para cubrir un área de 51 000 kilómetros cuadrados.  Tenemos un policía por cada 318 kilómetros cuadrados.  Risible, magro, patético contingente.


Pero el hecho es que San José es, al día de hoy, un enorme cuerpo en estado de muerte neurológica, de coma profundo, en cuyas arterias la circulación ha quedado congelada, fija por una masiva trombosis, un fenómeno de hipercoagulación de la sangre, donde ya los pobres glóbulos no pueden moverse en dirección alguna.  Todas las arterias y venas están bloqueadas.  Una tromboembolia descomunal, que ha dejado a la GAM en estado cataléptico.  Amador admite que “se cometió un error” al no elaborar un estudio de impacto vial, antes de demoler ese misérrimo puentecillo que llamamos “El bajo de los Ledezma”.  Este hueco inmundo ha adquirido por poco una resonancia épica, y en todo caso se ha convertido en una leyenda urbana.  Hablar de él es como referirse al Puente sobre el Río Kwai, el Golden Gate Bridge de San Francisco, el Puente de Brooklyn, el Puente Mirabeau sobre el Sena, el Puente Rey Carlos sobre el Moldava, o el Ponte Vecchio en Florencia o –¡cielo santo, casi lo olvido!– ese hito folclórico que es nuestra Platina Golden Gate.


Nadie ha asumido responsabilidad por este monumental error.  Amador y Chaves dijeron ambos que “se había cometido una equivocación”.  Ya lo he señalado, y vuelvo ahora a hacerlo: ¿quién diantres es “se”?  ¿A quién alude este ambiguo, indeterminado, nuboso pronombre?  Como bien dice Heidegger en Ser y Tiempo, “se” es al mismo tiempo todo el mundo y nadie.  Es un pronombre vacuo, huero, oquedad pura.  “Se rumorea que”, “se dice que”, “se especula que”, “se teme que”…  De nuevo, ¿quién demonios es “se”?  ¿Se tratará por ventura de la suegra del panadero de la cuñada del lechero del compadre del dentista del primo del abogado de la nieta del pulpero de la esquina?  Todo eso puede ser “se”, y una infinitud de cosas más.  Ni Amador ni Chaves dijeron en ningún momento “cometí” o “cometimos” un error.  Simplemente, no son capaces de embridar la primera persona del singular, y hablar desde ella.  No les sale.  No la pueden articular.  Les resulta impronunciable.  Como si les estuvieran arrancando dientes y muelas.  El “se” no nos sirve a los costarricenses para nada: es la cortina de tinta del pulpo, un chorro de humo, un enorme lienzo en blanco.


Ahora resulta que para armar dos puentecillos Bailey las garridas fuerzas del MOPT necesitarán dos meses.  Puentecillos de mentirillas, puentecillos de juegos Mecano o Lego, que deberían armarse en un par de horas (para este tipo de apremios fueron diseñados por los ingleses durante la Segunda Guerra Mundial).  El “bajo de los Ledezma” es una depresión ocasionada entre las colinas por una quebrada, un riachuelo que los costarricenses convertimos en tanque séptico, en cloaca, en alcantarilla ad hoc.  Este infortunado yurro corrió la misma suerte de todos los ríos que irrigan el Valle Central.  Nacen prístinos y translúcidos en las montañas, y al bajar a la GAM son usados como depósitos de materia fecal, de aguas negras, de podredumbre y desechos industriales.  Todos estos tanques sépticos desembocan en el Virilla, y este, a su vez, le regala generosamente el excremento de más de dos millones y medio de individuos (el 53% de la población nacional) al Tárcoles.  Y es así como, en su fétido periplo de 100 kilómetros, el Tárcoles recoge toda la basura humana e industrial que sea dable concebir y va a entregársela a nuestro litoral Pacífico.  Luego, con esa eficientísima capacidad que tenemos para engañar a los turistas, les ofrecemos a un grupo de gringuillos “a ride in the jungle” que les permiten ver algunos cocodrilos mutantes y afectos de cáncer –por la contaminación de las aguas– tirados de panza en los playones.  Lo que los pobres gringuitos no saben es que están navegando sobre un río de heces, y que de meter un dedo en sus aguas este se les gangrenaría instantáneamente, producto de los residuos de mercurio y petróleo que emponzoñan estas aguas.


Así que tal es el arroyuelo, la quebradilla, la abyecta cloaca que basta para paralizar a todo un país.  Un chorrillo de no más de tres metros de ancho.  Y para construir una estructurita que nos permita no caer en él, el MOPT necesita dos meses.  Señores, señoras: la edificación de la Torre Eiffel, comenzada en 1987, tomó dos años, ¡y es una de las grandes obras maestras del art nouveau, un prodigio de la inventiva y la sensibilidad humanas!  


Y el Empire State Building, esa monstruosa secuoya de granito art déco que subyuga con gesto de emperador las estratosféricas azoteas de Nueva York, fue construido en tan solo un año, entre 1930 y 1931.  En plena crisis de 1929, con Wall Street convertido en un manicomio, la quiebra de la bolsa de valores, la estrechez económica y el pánico universal.  Y fue erigido además con la tecnología disponible en 1929.  Créanme: algo han progresado la ingeniería y la arquitectura desde entonces (tal vez en Costa Rica este no sea el caso).  Fue erigido con una tecnología rudimentaria by today´s standards.  ¡Y les tomó apenas un año hacerlo erguirse, señorial y mayestático, en el corazón (la Quinta Avenida) de la ciudad más vertical del mundo!  Participaron hombres a turnos de doce horas, las 24 horas del día.  Fueron necesarios 16 toneladas de acero, 16 000 azulejos, 340 metros cúbicos de arena, 300 bolsas de cal, 5 000 sacos de cemento.  Para que los trabajadores no bajasen al nivel del suelo a comer, beber o asearse, se habilitaron puestos de comida en las plantas y se instalaron fuentes de agua temporales.  Fue necesario convocar a 3 500 obreros.  La antena de radio alcanza los 28 metros de altura.  El coloso tiene 6 500 ventanas y 73 ascensores.  Hay 1860 pasos desde el nivel de la calle hasta el piso 102.  Su superficie total es de 257 211 metros cuadrados.  Su base es de 8 094 metros cuadrados.  Aloja más de 1000 negocios, y tiene su propio código postal.  Trabajan en él diariamente 21 000 empleados.  El edificio alberga la misma cantidad de gente que Curridabat: 30 000 personas.  Tiene 113 kilómetros de tuberías, 760 kilómetros de cable eléctrico y más de 9 000 grifos.  Se calienta por vapor a baja presión: pese a su altura, el edificio solo requiere de 3 libras por pulgada cuadrada de presión de vapor para su calefacción.  Pesa 370 000 toneladas.  El vestíbulo es de tres pisos de altura.  El corredor norte contiene ocho paneles de iluminación que representan al edificio como la octava maravilla del mundo, junto a las tradicionales siete del pasado.  El monstruo tiene 381 metros de altura.  Y de nuevo, amigas y amigos: se construyó en el momento más álgido de la crisis económica de 1929, y con una tecnología rudimentaria.


¡Y resulta que en Costa Rica el MOPT necesita dos meses para armar un par de puentecillos de Lego sobre una cloaca de tres metros de ancho!  ¿Cuánto habría entonces durado el MOPT en erigir el Empire State Building (con las modernas y mucho más eficientes técnicas de construcción)?  No lo sé.  Cientos, o quizás miles de años.  ¿No le dará vergüenza, a Luis Amador, estar al frente de semejante covachuela?  ¿Quiénes van a construir el insignificante pretilillo?  ¿Los Picapiedra, Trucutú, los Cavernícolas del Espacio, Homero Simpson, los Tres Chiflados, Míster Bean, el Inspector Clouseau?  ¡Bravo, hurra y cinco y medio millones de vítores para la imponente tropa de ingenieros civiles, constructores, obreros, y especialistas viales de nuestro país!  ¡Gloria in Excelsis Deo para el MOPT!  ¡Aleluya para el CONAVI!  ¡Laudamus te para la Municipalidad de San José!  ¡Benedicimus te para nuestra Policía de Tránsito!  ¡Hossana in excelsis Deo para el presidente Chaves!  ¡Eureka para el país “más feliz del mundo”! 


¿Tendrá el MOPT algún turbio acuerdo con las casas farmacéuticas que abastecen nuestras boticas?  Porque para nadie es un secreto que desde que la tromboembolia masiva congeló al país en el rictus de la muerte, se ha disparado el consumo de Prozac, Fluoxetina, Sertralina, Rivotril, Zopiclona, Clonazepam, Benzodiacepinas, Cymbalta, Nervocalm, y toda una farmacopea de antidepresivos, tranquilizantes y estabilizadores del afecto.  Lo que el MOPT ha perpetrado es, strictu sensu, y en la más rigurosa acepción de las palabras, una incalificable agresión contra la salud psíquica y física de la ciudadanía.  Nos enfermaron de gravedad.  Deberían indemnizarnos a todos.  


Y ni siquiera surgirá un escritor que, como Cortázar en su estupendo relato “La autopista del sur”, explore la ingénita tendencia del ser humano a formar sociedad, cultura, civilización, distribución del trabajo y rituales diversos tan pronto se aglutina, sea cual sea la circunstancia en que esto ocurra.


Por ahí sale Chaves alegando que no “se” tuvo dinero para elaborar el estudio de impacto vial.  Bueno, señores, ¿fue que no hubo plata, o que a nadie se le ocurrió?  Por favor, dejen de engañarnos, mentirosillos.  El estudio, ¿no se confeccionó por insolvencia económica (esto sería patético), o porque nadie en el gobierno logró que en su cerebro una neuronita pre-sináptica le hiciera señas a otra neuronita post-sináptica, de manera que pudiese brotar de alguno de estos venerables cráneos, habitados por 100 000 millones de estas oficiosas celulitas, la idea de hacer un estudio de viabilidad del Ledezma´s Great Canyon Golden Gate?


Todo es “de mentirillas”, en este triste, inconsciente, lobotomizado país que es el mío.  Hasta la construcción de un puente Lego sobre una fétida acequia de tres metros de ancho se convierte en epopeya, en saga, en tremebunda faena épica.  La línea de “verás a tu pueblo valiente y viril, la tosca herramienta en arma trocar” debería ser removida de nuestro Himno Nacional.  Nuestra “gloria” no es tal, y la clase política se ha encargado de mancharla tanto como le ha placido.  Ya hemos perdido la conciencia y el recuerdo de las mil maneras en que nos han pisoteado.  Caminan y bailan sobre nosotros.  No tenemos más dignidad que una alfombra, que un felpudo (¡y de chapas, además!).  Hoy por hoy, ser costarricense es, básicamente, una tragedia.  Quizás no lo era hace 50 años, acaso no lo sea en 20 años.  Pero al día de hoy, decir “soy costarricense” equivale a decir: “soy ciudadano de uno de los países más subdesarrollados, disfuncionales, inoperantes y corruptos del mundo”.  Triste, triste, triste…     

  

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