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La embriaguez del pensamiento.

Actualizado: 5 feb

Greguerías para mamá


Jacques Sagot





Fuiste la piel de mi piel.  Yo soy la carne de tu carne.  ¿De quién más podría decir tal cosa?


Si Dios no tiene el rostro de mamá no quiero tener nada que ver con él.


A los dos años de edad ya lo había aprendido todo.


Lo sagrado no es aquello que no se toca: es lo inexpresable.  Mamá.


Mamá es eucaristía: comí de su carne y bebí de su sangre mucho antes de que un señor vestido de rojos colgajos y con aliento a vinagre me diera a probar sus insípidas galletillas.


No sé por qué cuando pienso en mamá pienso también en la muerte.  ¿Puede alguien explicarme esto?


Mamá es absoluta.


Fue mamá quien me enseñó la poesía.  “Arrurrú mi niño, arrurrú mi amor” fue mi primer poema –y mi primera melodía, por cierto–.


Toda la cordura de papá no vale lo que la lúcida y poética locura de mamá.


Entre la raíz y la cúpula del árbol, escogeré siempre la primera.


No existe “la madre”, solo mamá.


Siendo toda la vida, mamá no puede sino ser también toda la muerte.


El pálpito del corazón, el flujo y reflujo del líquido amniótico, la cadencia del arrullo: mamá inventó el Ritmo.


Mamá es poeta.  Natural, innata, espontánea.  “¿Te has fijado, Jacques, que un tigre es un aguacero de gatos?”  Y en cierta ocasión en que no cesaba de bombardearme con avioncitos de papel mientras yo escribía, le pregunté: “¿Por qué me estás tirando tus avioncitos de papel?”  “Es porque vos sos mi cielo”.  Si esas no son las ocurrencias de una poeta, no sé cuáles podrían ser.


No cesa de maravillarme el hecho de que solo un ser, en el mundo, me haya eximido de todo esfuerzo metafórico, retórico o perifrástico.  Dos simples sílabas, cuatro fonemas: “mamá”.  Irreductible como una melodía de Mozart.  No hay forma de embellecerla.


Todo cuanto la vida y los libros me han enseñado no pasa de ser una serie de notas a pie de página y paráfrasis más o menos elaboradas de lo que aprendí de mamá.


“Mamá”: nombre alternativo para Dios.  Y no me digan que “deifico a mi madre”: ¡nadie ha menester de dorar el oro o blanquear la cal!


He tenido que comprar el amor de mi padre a punta de excelencia.  Ambos cumplimos con la transacción, y su afecto es sólido y corroborante. Pero el amor de mi madre me llegó con el ser.  Aún más: me creó.


Habiendo sido bendecido con enfermedades que durante mi infancia me llevaron muchas veces al borde de la muerte, mi madre se prodigó en atenciones para conmigo.  Siempre tuve la evidencia de su amor infinito.  Mi Edipo es harto benévolo: jamás tuve que competir con mi padre por el amor de mamá.  ¿Bueno, malo?  Es cosa que me tiene sin cuidado.  Constato, simplemente, que no tengo vocación alguna de decapitador, me especializo en restaurar reyes en sus tronos, practico el culto a los ancestros, y las figuras de autoridad me inspiran infinito respeto.  Tengo para mí que todos los revolucionarios de la historia han arrastrado por el mundo sus edipillos magullados, y no han hecho otra cosa que contaminar el planeta con sus nunca resueltas disonancias.    

  

Un dios infinitamente misericordioso solo podría ser madre.  Un dios infinitamente justo solo podría ser padre.


No movería un dedo por tomarme un café con Dios.  Pero por ver sonreír a la Virgen atravesaría todos los desiertos del mundo.


Soy hijo de una guerrera, de una valquiria, de una gladiadora espartana.  Mi madre fue la fundadora y primera presidente de la Asociación Costarricense de Hemofilia, una institución que cambió la vida de todos los hemofílicos del país.  La vi visitar las más remotas, marginales y menesterosas comunidades.  Organizar ventas de cachivaches, rifas, y toda suerte de eventos filantrópicos para dotar de casa y niveles de vida decentes a los hemofílicos del país.  Obtener para ellos techo digno a través del Ministerio de Vivienda.  La acompañé allá, donde el viento se devuelve, a dar conferencias a familias de hemofílicos que vivían en misérrimas condiciones.  Les traía alivio, medicinas, información vital.  La Asociación fue fundada en 1968, adscrita a la Federación Mundial de la Hemofilia, con sede en Montreal.  Sí, soy hijo de una mujer recia, dotada de gran musculatura espiritual, una activista social, heraldo y pionera del moderno tratamiento de la hemofilia.  Y claro está, de ella y su ejemplo aprendí a amar a las mujeres fuertes, proactivas, dinámicas, creativas, inteligentes y dotadas de gran fortaleza espiritual.  Toda la dimensión “cosmética” y “ornamental” de la mujer me parece abyecta, desdeñable.


Hija de la estirpe de Antígona, mi madre nunca dejó de ser una adolescente idealista, intransigente, comprometida, proactiva, “engagé”, de esas que no negocian, que no ceden, que no pactan.  Lo sigue siendo ahora, cuando las postreras nieves de su vida la van arrullando en la dulce penumbra del silencio eterno.  


El hombre solo ha conseguido algún grado de reconciliación con las fuerzas naturales y de integración al cosmos cuando lo ha concebido sub specie mater.  La madre gea, la madre natura, la madre luna, la madre agua, la madre loba, la madre noche, la madre lluvia.  Esto no nos dice nada sobre el cosmos, pero lo revela todo sobre el hombre.


“Buenos días, m´hijito: eso que suena, ¿es un pajarito cantando?”  “No, mamá: es un concierto para flauta de Mozart”.  “¨Pues ya veo de dónde aprendió Mozart el arte de la música”.


Digan: “¡morir por el Estado!” y nadie moverá un dedo.  Digan: “¡morir por la patria!”, y provocarán una inmolación masiva.  Es que nadie está dispuesto a morir por el padre legislador, burocrático y punitivo.  La patria debería llamarse, en realidad, “matria”.


Mamá es alquimista: trocó todo el dolor de su vida en generosidad, dación, sabiduría y belleza.


“Hola mamá, ¿ya estabas despierta?”  “¡Uuuh, desde las cinco de la mañana!  Y usted, papito, ¿no se ha acostado todavía?”  “Apenas me acabo de tomar los somníferos.  No sé qué le ves de gracia a eso de madrugar.  ¡Levantarse a horas tan inmundas!  Las cinco de la mañana debería ser declarada una hora inconstitucional, violatoria de los derechos humanos”.  “Pues vieras vos qué feliz me siento yo al levantarme con el sol.  ¡Si supieras, Jacques, como amo la naturaleza: nada en el mundo me hace tan feliz!  Todas las mañanas voy a ver mis plantitas.  Están muy bonitas, pero no tanto como mis arbolitos.  Se preparan ya para el paso del verano al invierno.  Yo eso lo noto en un montón de detalles.  Aun así me encanta regarlos de vez en cuando.  No sé, me gusta sentir que les estoy dando vida”.


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