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La embriaguez del pensamiento

Porte de Versailles


Jacques Sagot



Corría el mes de diciembre de 2018. Tan pronto tomé asiento en mi vagón, al lado de la ventana, lo vi. En el tren que, en la misma estación, recorría el trayecto en opuesta dirección. Lo vi, sí. También estaba sentado junto a la ventana. Nos reconocimos de inmediato. Hice el amago de bajar del vehículo para ir a saludarlo, pero él me disuadió con gesto enfático.

Sonreía. Tristemente. Iba, como yo, solo. ¿Solo? Fue lo que creí, antes de descubrir que el siguiente pasajero, y el otro, y el de más allá, y todos los ocupantes del tren no eran más que réplicas de él. Como si se hubiese multiplicado, hasta constituir la totalidad de los viajeros. Cientos de veces, su rostro. Siempre dulcemente melancólico. Sin una molécula de amargura. Desaprensivo, sereno. Simplemente, pues, triste. ¿Es preciso calificar la tristeza? ¿No es, de suyo, uno de los elementos simples, irreductibles, en la gama de las emociones humanas? La tristeza… Pues no es más que eso: tristeza. No es desesperación, rabia, desolación, nostalgia profunda, abismal depresión… Es una cosa sencilla: decimos “tristeza”, y es como decir “agua”, “luna”, “blanco”.


Pero sonreía, sí, sonreía afablemente. Había cariño, en su mirada. Más aún: amor. Esa manera discreta, púdica y contenida que tiene él de manifestarlo. Hombre de pocas palabras. “La retórica no es, precisamente, mi fuerte” –era una expresión frecuente en él–. Como si con ello quisiese distinguirse, diferenciarse radicalmente de mí. Es lo que siempre quiso. Y lo logró, supongo. Ahora lo veía, ubicuo, omnipresente, multiplicado, convertido en los pasajeros todos del tren que se aprestaba a partir, en la dirección de Front Populaire, mientras yo iba hacia Mairie d´Issy. No era una mera reproducción de la misma, idéntica imagen. Asumía diversas posturas, miraba en diferentes direcciones, iba sentado en, virtualmente, todas las sillas del metro, y visible a través de todas las ventanas. Pero la expresión era la misma: una sosegada, diáfana tristeza. Una tristeza risueña (¿cabe concebir tal cosa?)


Lo saludé con inmensa efusión, el corazón convertido en estampida. Hubiera querido correr a abrazarlo, pero los trenes habían ya comenzado a moverse. Me puse de pie, intenté nuevamente dirigirme a la puerta… Pronto entendí que los movimientos divergentes de los vehículos nos separaban irremisiblemente. Mi hermano se apresuró a serenarme con un gesto en el que me instaba a sentarme. Luego procedió a alertarme. ¿De qué? No lo sé. Con la mirada, con toda suerte de señas, diciéndome algo “en cámara lenta” a fin de que pudiera descifrar su significado leyendo sus labios. Vehementemente, me alertaba contra algo. Lo esencial de su mensaje, sentí, era: “No vas en la dirección correcta. No es por ahí. Tienes que cambiar de tren. Es urgente, una enmienda de la mayor importancia. Te estás equivocando. Sé por qué te lo digo. No preguntes nada. Sólo limítate a acatar lo que te digo. Un acto de fe ciega: eso es lo debes hacer en este momento. Ese tren no va por buen camino”. Me lo decía con amor infinito. Como si tuviese ante sí el conocimiento absoluto, el panorama total de la red de metros parisina, como si detentara en sí el secreto de todas las direcciones y rutas posibles del vivir. Como si hablase desde una perspectiva, desde una instancia de lucidez supremas. Mi emoción fue demasiado grande como para digerir el sentido de su alerta. Todo lo que quería era eternizar la imagen de su mirar. Dulce, afable.

Siempre soñó con conocer Versalles, mi hermano. Cuando iba a Costa Rica yo solía llevarle fotos, videos, almanaques, toda suerte de chucherías asociadas con el palacio de los palacios, en su mundo infantil habitado por espadachines y mosqueteros. Nunca logró ir. Hubo de contentarse con mis relatos, que siempre procuré hacer tan vívidos como fuese posible. Y cerca de la estación Versailles estaba, también, el Parque de los Deportes. Futbolista, basquetbolista, ajedrecista… El deporte –todo juego– era la patria natural de mi hermano. Muchas veces he recorrido los cartesianos jardines de Versalles, ido al Parc des Princes y al Stade de France, merodeado por el Parque de los Deportes. Siempre, siempre, siempre me pregunto: ¿por qué yo? ¿Por qué no tuvo él la oportunidad de ver todas estas bellas cosas, de gozarlas como ahora lo hago yo? ¿Por qué fue privado de esas mismas bendiciones que me han sido a mí concedidas sobreabundantemente, y de manera privilegiada? No me sorprendió, que rondase aquellos predios… Su Versalles, su Parque de los Deportes…

Me quedaba solo el sinsabor y la vaga preocupación de su llamado de alerta: algo, en mi vida, corría al abismo. Él lo sabía. Con las manos me lo dijo: echar marcha atrás, tomar la dirección opuesta, modificar radicalmente mi itinerario. Yo estaba extraviado, tal parecía. Y por supuesto, la angustia se prendió de mi garganta cuando los trenes se separaron, perdiéndose en la infinita noche de los túneles, e intuí que no lo volvería a ver.


Mi hermano murió el 27 de agosto de 2002. Hoy es 18 de enero de 2024.


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