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La embriaguez del pensamiento

El presente no vivido, el hoy escamoteado

Jacques Sagot



En la plaza frente a Notre-Dame, la gente tomando fotos compulsiva, desquiciada, desesperadamente.  Robándose la catedral, comprimiéndola dentro de sus diminutos adminículos.  Feroces todos, foto tras foto, maniacos, demenciales.  Como si Notre-Dame no tuviese ningún valor intrínseco, y existiese únicamente para que ellos la fotografiaran.  Intentar capturar ocho siglos en un aparatejo de porquería.  Legiones, ejércitos, marejadas de chinos y japoneses aferrados a sus cámaras, vesánicos, frenéticos, carcomiéndose la catedral a punta de flashes.  Tirándose al suelo, encaramándose en los pretiles, adoptando las más grotescas torsiones corporales y, por supuesto, incluyéndose a sí mismos narcisísticamente en sus fotos.  Están enajenados, delirantes, fuera de sí.  La codicia irrefrenable de la imagen.  


Un fenómeno que podría ser definido de esta manera: renunciar al “estar” para “preservar”.  Pero, ¿preservar qué, si para comenzar nunca vivieron el aquí y el ahora, si nunca estuvieron allí, ignoraron el presente en nombre de la proyección, de la confección de un futuro álbum de postalitas?  La foto difiere, prorroga el gozo hasta el momento de la reconstrucción, efectuada desde la pérdida, desde la ausencia.  Es absurdo.  ¿Cómo “recordar” a través de la foto algo que nunca se vivió?  ¿Cómo experimentar la nostalgia de un lugar en el que, para comenzar, nunca se estuvo, porque la obsesión de la preservación vació el presente de toda su vivacidad?


Iniciar el “gozo” desde la ausencia… me irrita esta insensatez.  El presente –lo único que realmente tenemos– siempre diferido.  Las únicas fotos que cuentan son las que quedan en el espíritu, en la mente, en la sensibilidad.  Son las que no se congelan, las que permanecen vivas y dinámicas, revisitables a placer.  La foto nos condena a la inmovilidad, congela la vivencia, la traiciona, la desustancia.  Andar tomando fotos es cosa que nos arroja a un estado de fuga permanente: siempre exiliándonos en el futuro.  En actitud de constante salida. “Always checking out from the hic et nunc”.  La angurria de la foto, el hurto de la imagen.  “Para después tener un recuerdo” –dicen siempre–.  ¿De qué, si estaban tan afanados tomando sus malditas fotos que no hubo presente que “recordar”?  Des-recordar, es lo que harán.  Una compulsión más de la sociedad de consumo: si pudiesen comprar la catedral, o llevársela al hombro para sus casas, a buen seguro lo harían.  Aberrante.  Una adicción.  La locura.


San Agustín define el presente como una “distensión” entre el pasado y el futuro.   Para él, ni el ayer ni el mañana existen: son dimensiones temporales sobre las que nada se puede predicar.  Nos queda el presente, que se aprieta, ahí, como una víctima destrenzada por dos depredadores: el pasado (nostalgia, añoranza, culpa, rabia) o el futuro (incertidumbre, angustia, ansiedad).  Solo el presente.  Frágil, líquido, precioso, huidizo.  ¡Esa es nuestra verdadera patria, la única que tendremos!  ¿Por qué entonces, desterrarnos de ella?  Esas hordas que irrumpen en los museos, atropellando a la gente para tomar fotos de los cuadros… ¿no se dan cuenta de que están viviendo “en diferido”, haciendo de la vida una experiencia siempre postergada, destinada a ser reconstruida desde la falencia, desde el no – estar – ya – ahí?  Lo único que cuenta es la presencia, ese segmento de vida absolutamente irrepetible en el que experimentaron su deslumbramiento ante la obra de arte, el momento de la magia.  ¿Quién, en lugar de hacer el amor, se dedicaría a sacar fotos de su pareja para después masturbarse viéndolas?  ¡Al presente le debemos fidelidad!


De nuevo, no se puede pre-ser-var sin el “ser”.  Ese “ser” es un estar lúcido, consciente y atento al instante, al “tiempo en flor” (Machado) en que se vive.  Es procurar el máximo de vivacidad que la vida puede librarnos.  No hay absolutamente nada que pre-ser-var cuando no fuimos, no estuvimos, no comparecimos a la cita con el presente, con el “aquihora”.


Convoco en mi auxilio al gran filósofo estoico Séneca, quien en su “Vida venturosa” reflexiona: “El más grande desperdicio de la vida es la postergación: nos lleva a rechazar los días que se nos ofrecen en el presente, nos roba el “hoy” prometiéndonos el “mañana”.  El más grande obstáculo del buen vivir es la espera, que aguarda el futuro y desdeña el presente”.


La foto es siempre un “memento mori”.  Nos muestra lo que fue, y que nunca volverá a ser.  Cada vez que hacemos algo –lavarnos los dientes, para poner un ejemplo no se podría más banal– lo hacemos por primera y por última vez en la vida (ya que jamás seremos capaces de reeditar el ritual de la misma, exacta manera).  El filósofo francés Vladimir Jankélévitch acuñó un término bellísimo para expresar esta noción: “primultime”, es decir, “primúltimo”.  Cada cosa que hacemos en la vida será una primera y una última vez.  Nada es repetible, nada es reproducible, nada es reeditable, nada es reiterable.  Todo es novel, inédito, fresco, virgen.  Aun cuando escuchásemos por segunda vez una pieza musical en nuestro I-pod, esa segunda escucha será diferente de la primera, por cuanto nosotros –los oyentes co-creadores de significado– no seremos los mismos un minuto después de la audición inicial: nos habremos hecho más viejos, se habrán modificado infinitesimalmente nuestra presión arterial, nuestra temperatura corporal, nuestra capacidad de atención.  Hemos de concluir, como Heráclito, que “nadie se baña dos veces en las aguas del mismo río”.  Es cosa que puede sumirnos en la melancolía, pero también movernos a disfrutar más plenamente de nuestra patria temporal: el presente.

  

Ahí sigue Notre-Dame… ignorada, no vivida, como una modelo de pasarela a la que todo el mundo fotografía, pero a la que nadie se detiene a amar.  ¡Ah, la criatura humana!  Riamos, para no llorar.  Creo en las “fotos” de la memoria: son las más vívidas y poderosas.  Son imágenes, sí, pero han sido introyectadas, nos habitan, nos poseen.  Forman parte de nuestro museo íntimo del gozo y la belleza.


Evoco la película “La vida secreta de Walter Mitty”, de 2013.  Historia centrada en torno a los fotógrafos de la prestigiosa revista estadounidense “Life”.  Hacia el final del film, dos fotógrafos acechan entre los riscos y las escarpadas remotidades del Himalaya la providencial aparición del tigre blanco de las nieves –la criatura más huidiza e inasible de la Tierra– a fin de captarlo en su cámara: ¡sería la foto del año!  El majestuoso animal aparece por fin, dimanando realeza, envuelto en la bruma de sus inaccesibles cimas.  El lente está listo para la foto.  Y entonces uno de ellos, como si hubiese sido objeto de una revelación, de una súbita epifanía, dice: “En lo personal, no tengo el menor interés de ocuparme ahora de la cámara.  Lo único que quiero es estar en el momento, vivir el momento”.  Fue una observación que me impresionó hondamente.  ¡Bendito, mágico verbo: “estar”!  Así de simple y de hermoso.  Este hombre supo honrar su “hic et nunc”, su aquí y su ahora.  


No dejemos, amigos y amigas, que el pasado y el futuro desmiembren nuestro frágil pero precioso presente, como el cadáver de una gacela entre las fauces de dos fieras.  Vivir es vivir en el presente.  Ese es nuestro horizonte ontológico, nuestra patria y ciudadanía.  Todo lo demás es exilio, espejismo, mera ilusión.


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