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La embriaguez del pensamiento



“¡Cobarde!”: la más agraviante de las injurias


Jacques Sagot



         Por supuesto: no pueden faltar en esta galería de “próceres” los grandes cobardes de la historia.  ¡Qué palabra atroz: “cobarde”, “coward”, “couard”, “vigliacco”!  En la Esparta de los grandes valores guerreros y heroicos, los cobardes eran escarnecidos.  Pienso en Aristodemo, quien no quiso pelear en la Batalla de las Termópilas, acaecida en el contexto de la Segunda Guerra Médica, el 7 de agosto de 480 antes de Cristo, al lado de casi trescientos mil soldados espartanos que intentaban detener el avance del rey persa Xerxes.  Mientras que su amigo Éutiro (afectado de una enfermedad de los oídos) se lanzaba al campo de batalla y perdía la vida en él, Aristodemo regresó a Esparta, donde fue humillado, vejado, cubierto de ignominia.  Se les prohibió a los espartanos hablarle o colaborar con él en ninguna empresa común.  Fue el ostracismo y la marginación.  Nada podía ser más reprensible en Esparta que la cobardía.  La muerte gloriosa de Éutiro agravó aún más su caso.  


          Recuerden la célebre fábula de la madre espartana que había perdido a dos de sus tres hijos en la guerra.  Un vecino la ve llorando bajo el umbral de su puerta, y corre a consolarla: “Pero señora, todavía tiene usted un hijo para el cual vivir, al cual atender y educar”.  Y la mujer le espetó, por toda respuesta: “No lloro por los dos que murieron defendiendo la patria.  Lloro por el cobarde que se dio a la fuga, y que en este momento anda libre por algún sendero de nuestra noble Esparta”.


       Pero no es de este cobarde mítico de quien quiero hablar, sino de uno mucho más próximo a nosotros.  Me refiero a J. Bruce Ismay, el presidente de la “White Star Line”, que puso a flote el “Titanic”, y lo lanzó a su primer viaje transcontinental el 10 de abril de 1912, desde Southampton hasta Nueva York.  Como sabemos, el buque colisionó con un iceberg a las 11:40 pm del 14 de abril, y se hundió en las gélidas aguas del Pacífico norte a las 2:20 am del 15 de abril, causando mil quinientas muertes: el desastre náutico más grande de la historia, hasta aquel día.  Ismay se pasó todo el viaje hostigando al capitán Edward Smith para que acelerara los motores, a fin de generar titulares en la prensa del mundo entero, por la presteza del “Titanic”, llamado a establecer un récord de velocidad en su travesía oceánica.  Cuando se produce la tragedia y el hundimiento es inminente, Ismay saltó en uno de los buques salvavidas, junto con otro cobarde, el pasajero de primera clase William Carter.  Ambos desoyeron el comando de poner en los botes a las mujeres y los niños primero.  De hecho, Carter dejó a su esposa, Mrs. Lucille Carter y sus hijos, a bordo del gigante que se hundía, y no hizo el menor esfuerzo por salvarlos.  Eso le costó el divorcio en 1914, cuando fue acusado de “cruel y barbárico tratamiento e indignidades contra su propia familia”.  Pero la pusilanimidad de J. Bruce Ismay es más reprensible, toda vez que él era el primer hombre en los comandos de la empresa “White Star”, responsable de la fabricación del “único buque in-hundible en la historia de la navegación”.  Así que el miserable prefirió salvar su pellejo que cederle el sitio a aquellas mujeres y niños víctimas de su deficiente barco y de su obsesión patológica con la rapidez del vehículo.  Algunos periódicos lo llamaron “The Coward of the Titanic”, y “J. Brute Ismay”.  Sugirieron también que la bandera de la compañía “White Star” fuese sustituida por la imagen de un hígado amarillo, imagen de la ictericia asociada a la sazón con los cobardes.  Fue objeto de caricaturas y otros gestos de ridiculización.  El escritor Ben Hecht, entonces periodista del “Chicago Tribune”, escribió un poema irónico que reza así: “mantenerse en pie ante el pálido rostro de la muerte en medio del mar es el trabajo de todo marino, pero huir junto a la chusma en plena emergencia es, exclusivamente, un privilegio de los nobilísimos propietarios de barcos”.


    El capitán del “Titanic”, el experimentado viejo lobo de mar Edward Smith, murió con su buque, de conformidad con los antañones valores del honor y el heroísmo.  Fue más el gesto de un hombre del siglo XIX que del siglo XX.  Smith ya había capitaneado enormes transatlánticos.  Su error solo es explicable en términos de exceso de confianza, y ciega fe en la solidez de su navío, del que se decía “ni Dios podría hundirlo”.  El inmemorial pecado de la “hybris”, siempre castigado por los dioses.  La verdad es que el “Titanic” hubiera sobrevivido sin problemas un choque frontal contra el iceberg. Su estructura dividida en compartimetos impedía que una entrada de agua pudiese enviarlo al fondo del océano…  ¡Pero, ah, qué lecciones tan brutales puede darnos la vida: el buque impactó el iceberg de la única manera concebible en que los compartimentos estancos no lo podían preservar del hundimiento, esto es, longitudinalmente: una navaja de hielo sajó su superficie bajo la línea de flotación, abriendo una larga y mortal herida sobre su costado de estribor!   El agua inundó varias de sus divisiones estructurales: el peso lo condenó al naufragio en cuestión de dos horas y veinte minutos.    


         Por supuesto, Ismay pretendió que cuando él saltó en el último asiento disponible del bote salvavidas, ya no quedaban mujeres ni niños por ser evacuados… lo cual es una falsedad del tamaño del propio “Titanic”, y no tardó en ser desmentida.  Ismay renunció como presidente de la Marina Mercantil Internacional y como presidente de la “White Star Line”, donde fue sucedido por Harold Sanderson.  Después de la investigación a la que fueron sometidos –y exonerados de toda culpa– Ismay y los otros oficiales sobrevivientes del naufragio regresaron a Inglaterra y murieron en la oscuridad.  Ismay y su primoroso bigotito acicalado entraron en depresión, y se convirtieron por poco en misántropos.  La familia se fue a vivir en Irlanda.  Pasó el resto de su vida obsesionado con las formas en que el accidente del “Titanic” pudo haber sido evitado.  El hundimiento del formidable buque, la forma en que su popa se eleva y busca las estrellas justo después de fracturarse en dos partes, se constituyó en un fantasma que lo persiguió el resto de su existencia.  


   Fea cosa, la cobardía.  Fea, muy fea.  En las antiguas Atenas, Esparta y Roma, que tan alto valoraban la virtud del coraje, hubiera sido –en el mejor de los casos– enviado a morir en el exilio.  El acto de cobardía de Ismay también implica traición a sus pasajeros.  Abandono, deserción, desamparo.  La cobardía configura aquí toda una constelación de antivalores éticos que se vinculan unos con los otros.  Rara vez se presenta la cobardía en forma “químicamente pura”.  En este caso es tan solo la maestra de ceremonias de una larga serie de horrores, cada uno más reprensible que el anterior.  Ismay coronó su historial de pusilanimidad bebiendo guaro, y muriendo borracho en la banca de un parque, como el más miserable de los pordioseros.  “It could not have happened to a better guy”.


          Muy por el contrario, los músicos sobre el puente tocaron hasta que el agua les arrancó los instrumentos de las manos.  No abandonaron su posición.  Se fueron a pique haciendo música, siquiera para que las víctimas tuviesen un fin menos indigno, menos ruin.  Su última pieza fue “Más cerca, oh Dios, de ti”.  Me pongo de pie delante de ellos.  Sí, puedo dar fe de que los músicos somos inherentemente valientes y corajudos.  Eran ocho héroes.  El mar se tragó a siete.  El cadáver de uno de los violinistas fue encontrado adherido a un iceberg.  Fue todo lo que quedó de ellos.  Eso y su leyenda, llena de honor, de fortaleza ante la muerte, de inclaudicable apego al deber.  Son mis amigos, mis colegas, los hermanos de mi alma.  Generaciones enteras de músicos nos hemos sentido orgullosos de nuestra profesión gracias a ellos.  ¡Honor, respeto y admiración eternos para estos aguerridos soldados de la música!  


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