La embriaguez del pensamiento
- Bernal Arce

- hace 1 día
- 5 min de lectura
La radio, siempre la radio
Jacques Sagot
Y ahora, amigos, algunas ambiguas, indefinibles imágenes de mi infancia, entre dulces y nostálgicas.
Postrado en la cama de mi habitación, en San Francisco de Dos Ríos, Costa Rica, enfermo al punto de tener serias dificultades para desplazarme al contiguo baño, persisto en escuchar Radio Classique, cuya señal me llega prístina desde la dulce Francia, y me trae belleza y confortación. La oigo a través de mi computadora y de mi teléfono celular. Compré dos pequeños parlantes que me permiten escucharla más nítidamente. La Radio Universidad de Costa Rica ha mucho se convirtió en un burdel político y en una institución endogámica al servicio de ciertos círculos de poder, así que no le concedo un nanosegundo de mi tiempo. Triste, triste… fue la estación que más música me permitió conocer desde mi temprana infancia hasta la juventud. Oír Radio Classique me depara también el gozo del francés, que tiende a oxidarse rápidamente en el Cafetal, pese a lo mucho que leo en este idioma, y al hecho de que lo he hablado desde que era un niño de seis años de edad.
La radio ha sido una compañera insustituible en mi vida. Mucho, mucho más que la televisión y ahora el internet. Nada puede sustituir en mi corazón la magia de la radio, de todos esos locutores y locutoras (¡con sus bellas, bellas voces!) que termino por experimentar como amigos y amigas de toda una vida. La radio es una bendición para los solitarios. La película Radio Days, de Woody Allen (1987) suele sumirme en la más agridulce melancolía. La he visto cien veces y seguiré viéndola: ese tipo de películas se abordan como una bella canción: se oye siempre que suena, y mil audiciones no agotan su hermosura. Radio Universidad de Costa Rica comenzaba sus transmisiones a las 7:00 am, y cerraba –para mi indecible angustia–a las 10:00. Abría y clausuraba con música: ni más ni menos que el noble Gaudeamus igitur, en la versión que Brahms propone en su Obertura Festival Académico. Hoy en día aturden al país entero con sus zafarranchos políticos, y con la música del grupúsculo de oportunistas y ambiciosos que se han apoderado de ella para su propia promoción.
La radio fue mi más leal amiga durante los durísimos años de la hemofilia, allá cuando tenía que ser internado constantemente en los hospitales y guardar extensos períodos de reposo en mi casa. Era la radio la que venía a mi rescate, la radio, sí, con sus avalanchas de música inimaginablemente bella. Lo que voy a decir sonará a jactancia. No lo es. Es la verdad, y la refiero únicamente para que vean ustedes cuán hondas fueron las conmociones que la música produjo en mí. Puedo decir con exactitud el día, la hora y el lugar en el que estaba cuando escuché por vez primera cada pieza que ha marcado mi vida. Ya he contado algunas de estas experiencias en otros cuadernos y no lo voy a hacer aquí: sería sucumbir al puro alardeo, ¿o me equivoco? Un solo ejemplo entre mil posibles: descubrí la Sinfonía Italiana de Mendelssohn el 26 de junio de 1971, en el programa de complacencia de solicitudes de la Radio Universidad de Costa Rica que era transmitido entre las 4:15 y las 5:30 pm, después del famoso programa científico de “El Capitán Cosmar”. Sí: ese fue el día en que la escuché por primera vez. Añadiré que la versión era de Leonard Bernstein al frente de la Orquesta Filarmónica de Nueva York, y que la tarantela final me hizo bailar solo en mi cuarto… hasta que me maltraté un tobillo. Fin del gozo, fin de la embriaguez, pero esa ha sido mi vida, y me siento inmensurablemente agradecido por los tres movimientos que pude gozar antes del accidente. Mendelssohn ocupa un lugar muy grande en mi alma de músico. He tocado sus Variaciones Serias y una selección de sus Canciones sin Palabras con disfrute profundo (hay que ser muy selectivo con los Lieder ohne Worte, porque son de nivel desigual). También toqué su primer Trío en Re menor para Piano, Violín y Chelo, Op. 49: una obra maestra indisputable. Sí, sí, amigos: siento un inmenso afecto por Mendelssohn: lo que él me da como músico no lo encuentro en ningún otro compositor. Y todo comenzó con aquella fortuita audición de la Sinfonía Italiana, que descubrí a los ocho años de edad y que terminó en el hospital.
Cuando el gran Juan Santiago Rodríguez (el hombre que más música clásica conoce en el país) era programador de la Radio Universidad, trabajé arduamente para la institución, elaborando programas de todos los formatos y sobre temas diversos. Espacios de tres minutos, espacios de media hora, espacios de una hora… Invertí cientos de días enteros colaborando con esta institución, y jamás devengué por ello un solo céntimo. Lo que es más: ningún director o directora de los que coincidieron con mi gestión tuvieron jamás la mínima deferencia de mandarme una taza de té y unas galletas para que pudiera seguir produciendo mis programas. Todo fue hecho pro bono, y ad honorem. Algo peor: tengo la certeza de que ni siquiera tuvieron la visión necesaria ni la gentileza de preservar mis programas: todos han sido extraviados. Lástima grande, porque en algunos de esos espacios entrevisté a artistas e intelectuales de prosapia, y los programas tenían un valor histórico y patrimonial. Eso es Costa Rica: adquiera, use y descarte. La radio tiene también mis seis discos compactos (a menos de que los hayan tirado a la basura) y jamás programan así no fuese otra cosa que la más breve y discreta pieza de las muchas que grabé. Esos discos fueron elogiados por la crítica en Estados Unidos y Europa… solo aquí son barridos bajo la alfombra y echados al olvido. Como todo en el cafetal, la radio cayó en manos de argollas férreas, aceradas, llenas de alambres de púas: ahí no entra nadie que no tenga membresía “oficial”, y las miles de horas que invertí en ella fueron arrojadas al inodoro, y se hundieron en el remolino que manos perversas activaron al jalar la cadena.
La televisión –el “televicio” lo llaman Les Luthiers– me cansa, me aturde, y el internet me tira a la cara toda la basura que circula en las redes sociales. Hay algo radicalmente diferente en la radio: nos interpela, nos llama por nuestros nombres, dialoga con nosotros, su mensaje tiene destinatario concreto. La ausencia de visualidad fertiliza la imaginación. A partir de sus voces, asignamos a los locutores rostros y expresiones que pueden o no coincidir con la realidad, pero que en todo caso constituyen una producción de imagos, de imágenes.
La radio fue mi mejor analgésico: mitigó crisis de dolor brutales, producto de las hemorragias habituales en la vida de cualquier hemofílico. La música me serenaba, me sedaba, me aliviaba. Existe un isomorfismo profundo entre la música y el dolor físico. Ambos siguen un ritmo, tienen sus paroxismos y treguas, pueden ser cíclicos, tienen “texturas” y “colores”, niveles dinámicos que van de pianissimo a fortissimo, apaciguamientos y exacerbaciones… la ciencia comienza apenas a entender todo lo que la música puede hacer contra el dolor físico. Es que la música es, a su manera, una especie de dolor espiritual, y como tal puede adaptarse como plastilina a los ciclos neurálgicos del cuerpo.
Todo esto lo viví en un ancestral aparato de radio de tubos alemán, con tan solo dos perillas: una roja y la otra verde, y el parlante cubierto por una rústica tela café que vibraba con el sonido. Era un mamotreto, sí, pero lleno de magia, de poesía, de secretos. Bendita la radio. Bendita mil veces. Me dio belleza, me dio compañía, me dio conocimiento, me dio alivio, fue una de las grandes aliadas de mi vida. Gracias a Guglielmo Marconi y Nikola Tesla, quienes simultáneamente dieron vida a este prodigio, a esta cornucopia de las maravillas, a este pozo de música, radioteatro y voces amigas, voces socorristas, voces entrañables que me preservaron de una infancia triste y solitaria.






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