La embriaguez del pensamiento
- Bernal Arce

- hace 12 horas
- 3 min de lectura
El idioma se nos muere
Jacques Sagot
Una breve reflexión en torno a esa bella lengua que estamos dejando morir, que se desdibuja, se contamina, se desfigura como un grotesco muñeco de cera en la proximidad del fuego.
Los diccionarios de costarriqueñismos de Carlos Gagini, y de Arturo Agüero nos quedan ahí, afortunadamente, como un invaluable acopio de la lengua española, enriquecida por todo lo que a ella aportó en siglos pasados Costa Rica. Nuestros campesinos tenían fino oído para degustar la eufonía de las palabras, y eran eminentemente creativos en su uso del lenguaje. Vean qué palabras -y con ellas sus conceptos- fueron propuestos por ellos, palabras que, ¡ay!, hemos dejado morir y figuran en estos diccionarios como momias representativas de lo que alguna vez fue nuestro idioma. “Abejiambre” (un montón de abejas alborotadas). “Tardear” (sentarse en el corredor externo de la casa de adobe, a ver la caída del sol, a conversar, a reposar, momento para la contemplación y la plática serena, rociada por el aromático café). “Acabangado” (estar triste, melancólico, sufrir de “cabanga”, una variedad especial de la añoranza, de la nostalgia, un sentimiento ligado a la pérdida). “Acemita” (un tipo de pan en forma de dona). “Aciguatar” (esta palabra todavía se escucha, muy de vez en cuando. Su sonoridad “dice” su contenido: entristecerse, perder el entusiasmo, desmoralizarse). “Bajura” (esta palabra también se escucha, asociada a la música. Llano, extensión de tierra baja, generalmente en el fondo de un valle). “Solíngrimo” (bella, ingeniosa implosión de las nociones “solo” e “íngrimo”. Estar “solíngrimo” alude a una soledad profundísima. “Sólido” (con el sentido de “estar solo”: “no se vaya por ese camino porque es muy sólido y le puede pasar algo”). “Barbasco” (bejucos cuyas hojas machacaban los indios para luego arrojarlas a los pozos, sedar a los peces, y poder capturarlos con la mano. Piénsese en la cantidad de historia y experimentación que supone dar con un concepto de esta naturaleza). “Bocamanga” (parte de la camisa, saco, abrigo, donde va cosida la manga). “Cachipupo” (en el sur del Valle Central, un tumor muy grande que se produce a nivel subcutáneo por la bacteria actinonicys bovis. Por extensión, cualquier otro tumor de características parecidas. “Caitazo” (un zapato muy grande, o un golpe dado con un zapato). Cachimbo (nombre de un arbusto). “Malacahuite” (arbusto alto, delgado, con espinas largas y puntiagudas, perpendiculares al tallo principal. Sus flores blancas y perfumadas, en infusión, son usadas para curar toses persistentes o malestares estomacales).
Sí, era un bello idioma el nuestro. Nos lo heredaron muy bello, por lo menos. Lo que nosotros hemos hecho con él es otra cosa: “Yo te pedeformateo, vos forguardeás el texto en guor, me mandás riplai, luego escaipeamos, le damos print al doquiument, nos chateamos, le das send forguar al escán y me imeiliás cuando hayás recibido todo. Yo estaré seguro zapeando un rato para relax, y revisando mi juatsap, pero podés tuitearme y feisbuquearme a cualquier hora”. La colonización lingüística, bajo la forma concreta del sociolecto cibernético, ha fagocitado ya nuestro español. Y en Mediokria, el país con menos conciencia lingüística del mundo, era inexorable que esto sucediera, sin que opusiésemos la menor resistencia al tsunami que se nos venía encima. Yo recorro con “cabanga” los diccionarios de don Carlos Gagini y de don Arturo Agüero, así, por mero y perezoso disfrute de hacerlo, merodeando por lo que alguna vez fue nuestra lengua, sorprendiendo vocablos inusitadamente bellos, basados en la prosopopeya con frecuencia, y siempre amasados con un criterio musical, eufónico y rítmico que me resulta fascinante. Pero ya todo eso forma parte, como diría Omar Khayyam, de “los siete mil años del ayer”.





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