La embriaguez del pensamiento.
- Bernal Arce

- 2 ago
- 4 min de lectura
Lo inevitable: Costa Rica ya no sabe hablar.
Jacques Sagot
Hace mucho tiempo ya que no escribo para ilustrar o educar a mi país. Mis veleidades pedagógicas se apagaron cuando constaté que el país estaba lobotomizado, descerebrado. Escribo porque la escritura es para mí una estrategia de vida: he ahí la única razón. Renuncié a jugar de cruzado de la cultura, de la belleza, del conocimiento, de la razón. Costa Rica ya es ineducable: ¡apenas acusa los más leves signos vitales! La descerebró el plebeyismo, el pachuquismo, el encanallamiento, la chusquería, la frivolidad, en suma, su Alteza Serenísima la Imbecilidad.
Dos factores coadyuvaron para matar a mi país. Nos atacaron por dos frentes, y nos aniquilaron con facilidad y casi sin ofrecer resistencia. Por un lado, el sistema educativo fracasó, pese a las promesas de mil ministros de educación que, todos, llegaron enarbolando la bandera de alguna nueva revolución pedagógica y propedéutica. Así pues, pésima educación en el sector público, ese que costea el Estado. Por otra parte, la media nos ahogó en un océano de excremento. Ahí culpo directamente a Teletica Canal 7, a Repretel, a La Nación y los otros dos o tres pasquines que circulan por los caminos de nuestro país. Ellos nos trepanaron y nos extrajeron el cerebro. Los más perjudicados fueron los niños y los jóvenes. Telebasura, radiobazofia, y periodismo rosa, gonzo, frívolo, vulgar, hecho para cafres, nacos, guarangos, zarrapastrosos, palurdos, el vulgus pecum. Y conste que no identifico estas categorías con las clases más menesterosas del país –por las que siento profundo respeto–, sino, antes bien, con un tipo de “nuevo rico” que ha proliferado con rapidez epidémica. Ricos en la vulgaridad y la incultura. Se creen los dueños del mundo… pobres miserables.
Así que por un lado un sistema educativo completamente disfuncional, y por el otro lado un tsunami de escoria mediática de treinta metros de alto desplazándose a una velocidad de trescientos kilómetros por hora. No teníamos una barricada lo suficientemente sólida para resistir el embate de los medios antes mencionados. Apenas un dique de castores… la confluencia de ambas circunstancias acabó con el país. Es con absoluta convicción que firmaría un acta de defunción si alguien me la solicitase. Costa Rica está muerta, sí, y nadie vuelve de la muerte. Los medios –la prensa, la televisión, la radio, las redes sociales– pensaron únicamente en cómo hacer dinero. Periodismo de mercachifles. Periodismo mercenario. Olvidaron (si es que alguna vez lo supieron) que el periodismo tiene, aparte de su función informativa, una misión educativa. Lejos de ello, se sumaron al tsunami excrementicio que nos barrió y ahogó como un niño pequeño que cayese dentro de un tanque séptico. Un buen, sólido sistema educativo, habría constituido una eficaz contracultura, un parapeto contra el embate de materia fecal que la media nos administró masivamente. Una media formativa, preocupada por la educación y la cultura, hubiera paliado los efectos nefastos de un sistema educativo inoperante. Pero con ambos frentes en contra nuestra, la derrota era absolutamente inevitable.
Los costarricenses ya no saben hablar. No hay nada de qué sorprenderse: era el corolario inevitable de no saber leer, escribir ni pensar. Hay tres adjetivos que invariablemente usan mal.
El primero: “genial”: “¡Ay, vieras que el viaje estuvo genial!” “¡Fijate que en la visita al médico nos fue genial!” “¡Te perdiste de una fiesta genial!” Por favor, señoras y señores: genial es alguien que tiene genio o, como lo llaman hoy en día, alguna forma de sobredotación intelectual. Geniales eran Da Vinci, Beethoven y Dante: no hay forma alguna de que una cena pueda haber estado “genial”. ¿“Suculenta”? ¿“Exquisita”? ¿“Opípara”? Concedido. ¡Pero no “genial”!
El segundo: “patético”: “¡Ayer me multaron por haber dejado el carro mal parqueado, imagínate qué patético!” “¡Este filet mignon está patético!” “¡No te perdiste de nada: la fiesta de ayer estuvo patética!” De nuevo, señores y señoras: el epíteto “patético” es muy grávido semánticamente y no debe ser charraleado: Beethoven llamó a su sonata en Do menor Op. 13 “Patética”, Chaicóvski denominó a su sexta y última sinfonía –compuesta dos semanas antes de morir– “Patética”, Scriabin subtituló su Estudio para Piano en Re sostenido menor “Patético”: escuchen toda esta música y verán lo que la noción de patetismo (del griego pathos: sensibilidad) realmente significa. Estamos hablando de un dolor que no deja respirar, que corta el resuello, que nos estruja la garganta.t
El tercero: “fatal”: “Esa comida de ayer me cayó fatal”. “Hoy me he sentido fatal”. “Vieras que amanecí fatal de mis hemorroides”. No, no, no… “Fatal” es, una vez más, un adjetivo muy cargado semánticamente. Procede del latín fatum: destino. Algo fatal solo podría ser intensamente dramático, funesto, tremebundo: un ataque de hemorroides no califica dentro de este espectro semántico. Recuerden, por el amor de Dios, el devastador poema de Darío “Lo Fatal”: “pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, ni pesadumbre mayor que la vida consciente”.
Amigos, amigas, no subutilicemos las palabras, no las banalicemos, no las desvirtuemos, no las “charraleemos”: cuando nos toque enfrentar algo realmente genial, patético o fatal, no tendremos adjetivos para describirlo. Cervantes manipulaba un léxico estimado en 26 000 palabras. Un estudiante costarricense promedio, recién graduado de secundaria, tiene un acervo de tan solo 500 vocablos. Las cifras son elocuentes. Recuerden lo que decía Confucio: “La corrupción de los pueblos comienza con la corrupción de su idioma




Comentarios