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La embriaguez del pensamiento


Cautivos en una pantalla


Jacques Sagot


En la dulce, bella Francia a alguien se le ocurre una nueva aberración tecnológica.  El “Audimat” es un cacharro que pertenece a la sociedad “Médiametrie”, y que etimológicamente combina las palabras “audiométrie” y “automatique” (¡qué ingenio lingüístico!)  El “Audimat" es el primer alicrejo desarrollado por “Médiametrie” para medir automáticamente la audiencia de la televisión o la radio.  Es un dispositivo adaptado a un receptor de televisión o de radio que registra una muestra representativa de oyentes o televidentes.  Permite medir en menos de un segundo la tasa de espectadores de programas o espacios publicitarios.  El “Médiamat” desplazó al “Audimat”, pero el término “Audimat” fue conservado por extensión para designar los resultados de las audiencias de las diferentes cadenas de televisión o de radio.  Se creó la expresión “la carrera al Audimat”.  El “punto de Audimat” corresponde al 1% de la población total de telespectadores o de oyentes. 

 

La “Médiamétrie” fue creada en junio de 1985 en el contexto de la multiplicación de cadenas de televisión y de radio.  “Médiamétrie” es una sociedad anónima líder en los estudios mediáticos, especializada en la mesura de la audiencia de las medias audiovisuales e interactivas: observa, mide y analiza los comportamientos del público y las tendencias del mercado de la comunicación.  Responde a la voluntad común de los actores del sector (medias, anunciadores, agencias de publicidad) de disponer de una medida científica, independiente y reconocida por el conjunto de la profesión.

  

Así que ya lo saben, amigos y amigas: estamos siendo observados, medidos, cuantificados y analizados.  Corto se quedó Orwell con su novela “1984”, corto se quedó Huxley con su novela “Un mundo feliz”, corto se quedó Verne con su novela “París en el siglo X”, corto se quedó Spencer con su ensayo “La decadencia de Occidente”, corto se quedó Foucault con su estudio del Panóptico penitenciario de Jeremy Bentham en “Surveiller et Punir”.  Cortos se han quedado todos nuestros viejos distopistas.  Una vez más, la realidad supera a la ficción.  En Francia ya se ha acuñado el despreciable barbarismo de “audimateuse” para referirse a una persona que suele obtener buenos números en el “Audimat”.  Estamos en manos de espías, de voyeurs, de ojos que vigilan nuestro comportamiento.  El sentimiento axial del hombre del siglo XX fue la paranoia (es algo que Kafka percibió mejor que nadie), y la tendencia sigue agudizándose.  Regla del juego: gana el que más ve y menos de se deja ver.


La media y las redes sociales se han convertido en nuestra residencia – cárcel – hábitat.  Quien no existe en ellas, no existe: punto.  La realidad “real” se ha convertido en una sombra platónica que pálida, desleída, remeda la realidad cibernética, digital, mediática.  Es una enorme inversión de orden ontológico.  La verdad profunda (la “episteme”) está en las pantallas.  La verdad apariencial, falsa, mero simulacro de la anterior, el reflejo, las sombras que desfilan en el fondo de la caverna platónica es la verdad palpable de nuestras vidas (la “doxa”).  El ciberespacio es el nombre moderno del “topos uranus” de Platón: esa dimensión en la que flotan eternos, perfectos, inmóviles, imperecederos, los arquetipos ideales de las cosas.  Nuestra realidad ha sido degradada, subvertida, falsificada: todo cuanto somos y tocamos es mendaz, ilusorio, una impostura de nuestros sentidos.  Por el contrario, las pantallas nos permiten ingresar en el “noúmeno” (Kant), y escapar de la superficial mentira del fenómeno.  Nos han cortado el césped por debajo de los pies.  Nos han desestabilizado.  Somos meros fantasmas.  Si queremos entrar en la verdadera vida, debemos ingresar en la dimensión digital de la existencia: la verdadera, la eterna, la absoluta.  


En el fondo, es una simple re-escritura de la doctrina de Platón, pero se trata de una inversión muy grave, muy perturbadora.  Como el protagonista del cuento “La noche boca arriba” de Cortázar, cobramos de pronto conciencia de que nuestra verdadera realidad no es la que teníamos por tal.  Nos han quitado los puntos de referencia para establecer qué es real, y qué es un mero simulacro, cuál es la verdad, y cuál la sombra que se pavonea en el fondo de la caverna platónica.  La realidad ha mudado de dimensión.  Nos ha dejado como espectros, hueras y vagarosas entidades que descubren, de pronto, no ser más que apariencias, espejismos, la sombra de una sombra.  Somos residentes de la irrealidad, mientras que los privilegiados habitantes de las pantallas asumen su autonomía ontológica como entes reales.  ¡Quién lo iba a decir!  Así que apresúrense a figurar en ese horizonte ontológico, en esa latitud del Ser que es la pantalla mediática o cibernética.  Quien no figure en ellas, puede darse por inexistente. 


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