La embriaguez del pensamiento
- Bernal Arce

- hace 1 día
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Por amor a la Verdad
Jacques Sagot
Alejandro Batalla es mi amigo. Me llena de orgullo decirlo. Algo más: es uno de los mejores amigos que la vida ha tenido la gentileza de regalarme. A los 63 años de edad, esta aseveración cobra una densidad, una importancia mayor que cuando es emitida durante la infancia o la adolescencia. Debo puntualizar, prima facie, que, por principio, no tengo rufianes, corruptos, imbéciles, traidores ni cobardes entre mis amigos. Con ello queda todo dicho.
Quiero muchísimo a Alejandro, y ello por la más simple razón del mundo, esa que no debería sorprender a nadie: es un hombre bueno, profundamente bueno. Un intelecto de primerísimo orden, un aristócrata del espíritu y del pensamiento. No solo es uno de los mejores juristas de nuestro país, sino que además es sociólogo, coleccionista de arte, avezado agricultor abocado al cultivo del cacao, hombre de gran sensibilidad musical, un esteta cuyo concepto de la belleza está tamizado, perfectamente depurado por la más sutil y rigurosa de las cribas.
Es un hombre generoso con su vida, con su tiempo, con su conocimiento, con sus consejos, con su sabiduría. ¡Es tanto lo que he aprendido de él! Enseña aún sin proponérselo, con el mero hecho de emitir un criterio al desgaire, sobre uno u otro tema. Y además, es un ser humano de una honorabilidad acrisolada. Capitán de un buque a bordo del cual navegan otros 54 abogados, Alejandro representa la autoridad sin autoritarismo, el liderazgo sin autocracia, el mando sin prepotencia.
Estamos en presencia de una inteligencia privilegiada: me ha honrado en calidad de invitado en mi programa Primer Plano, transmitido por la emisora Ticavisión, y ha abordado temas aristados, espinosos, con una fulgente capacidad de análisis y elementos de juicio impecablemente manipulados. Gracias a él, aprendí la diferencia esencial que hay entre “País”, “Estado”, y “Nación”, y por qué, de conformidad con esta distinción fundamental, el adefesio del referéndum propuesto por el actual inquilino de la Casa Presidencial es un perfecto disparate. Su lógica es irreprochable, su claridad de pensamiento prístina, su línea de argumentación sólida como un pilar basáltico.
Alguien me remitió recientemente un arti-culejo publicado en un periódico cuyo solo nombre garantiza lo espurio, falaz y amarillista de su contenido. En este engendro se le intentaba enlodar en un asunto que se caía de puro absurdo, ridículo y legalmente insostenible. En primera instancia me irritó leer tal bazofia, pero de nuevo: es lo propio de este medio excretar ese tipo de viscosa materia pútrida, de hacer dinero con titulares tremendistas, frívolos y faranduleros.
Conozco a Alejandro como conozco la partitura del Trӓumerei,de Schumann, que he tocado literalmente cientos de veces a lo largo de mi carrera pianística. Así las cosas, quiero decir, alto y claro, que pongo mis manos en el fuego por su inmaculada honorabilidad. Algo más: doy mi cabeza al verdugo (ni siquiera a la guillotina, que es más eficaz e indolora) por su honra y la absoluta limpieza de su ética. Me someto gustoso al “lecho de Procusto”, al “garrote vil”, a la “cuna de Judas”, a la “rueda para despedazar”, al “aplasta cabezas”, a la “doncella de hierro”, a la “jaula colgante” y a todos los engranajes de tortura jamás escupidos por la perversidad humana, garantizando la natural bondad, magnanimidad y probidad ética de mi amigo. Que me sometan a todos esos depravados artilugios del suplicio, si me equivoco o miento. Acepto gustoso el desafío. De nuevo: lo conozco desde el epicentro mismo del alma: sé de lo que estoy hablando.
Si no tuviese yo los arrestos para correr a desagraviar a un amigo de la calidad de Alejandro, no valdría yo un mísero maravedí, un pinche denario, media lenteja podrida. Por eso lo hago con asertividad, con énfasis, en Mi bemol mayor (la tonalidad de la Sinfonía Heroica y el Concierto Emperador de Beethoven), en compás de 4/4, fortissimo y allegro con fuoco. Hago lo único decente que un hombre debe hacer en tal circunstancia. No merezco por ello el premio “al mejor amigo del año”, no, no. Simplemente, cumplo con un deber elemental, básico, raigal. Un canalla sería si no lo hiciese. De nuevo: empeño mi alma por él, y más que nunca me envuelvo en la bandera de su nobleza, su grandeza de espíritu, y su incorruptible madera humana. Quienes piensen de otra manera están gravemente mal informados, o bien son seres mezquinos y depravados… con ese no hay que meterse: ellos terminan por reventar solos. ¡Adelante, amigo infinito: todos te amamos y apuntalamos! ¡Tú limítate a ser catedral: nosotros haremos las veces de arbotantes!




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