La embriaguez del pensamiento
- Bernal Arce
- hace 4 días
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Actualizado: hace 3 días
Greguerías sobre los críticos literarios
Jacques Sagot

Ningún crítico de arte atravesó jamás el Rubicón.
Los críticos son los eternos porteros del arte. Nunca pasaron del vestíbulo. Su destino fue quedarse para siempre ad portas.
Al quedarse a solas lloran, los pobres miserables. Lloran como nadie ha jamás llorado.
¿Quién en su sano juicio elegiría ser crítico si pudiese escribir La Odisea?
Crítico - Cítrico: he ahí un buen anagrama.
El crítico es un ignorante que ignora su ignorancia, lo cual es propio de los ignorantes.
También los críticos son necesarios para el equilibrio social del mundo: menester ha de animales carroñeros que se coman la mierda y las tripas de aquellos que quedaron tendidos en la estepa del olvido.
El crítico solo hiere a aquel que se deja herir.
Un crítico puede arruinarle al artista su desayuno, pero si su malestar persiste para el almuerzo, son sus linfocitos espirituales los que debe urgentemente cuantificar.
A la crítica la engendró la impotencia, la amamantó la envidia, y la matará la amargura.
Celebrar una obra con vocación de inmortalidad es fútil. Vapulear una obra destinada a naufragar por mor de su propia mediocridad es innecesario. En el primer caso la crítica es inane. En el segundo es una nulidad “al cuadrado”.
Según mi experiencia personal los críticos yerran más frecuentemente cuando aplauden que cuando censuran.
Ser un buen crítico de arte es lo más difícil del mundo. Es por eso que no existen.
El crítico habla siempre desde el olvido, que sabe inexorable.
Hay servidores públicos, honestos y laboriosos, a quienes les pagan poca cosa por recoger la basura. A los críticos se les paga más por volver a desparramarla.
Un día se detienen a contemplar el yermo panorama retrospectivo de sus vidas, y entonces hunden la cabeza entre las manos y lloran en silencio. Por un momento les es concedido ser artistas.
El crítico es un parásito cebado en la carne del artista. No tiene autonomía ontológica. Vive de la destrucción sistemática y encarnizada de su anfitrión. Tan pronto este muere, morirá él también.
Dos veces me fue ofrecida por La Nación la labor remunerada de crítico musical y literario. Pase, pero si se atreven a insultarme por tercera vez tomaré acciones legales.
Relegado al sótano de la cadena trófica, el crítico se devora a sí mismo, y ofrece su sangriento acto de autocanibalismo como espectáculo al mundo entero.
En Costa Rica tenemos cinco críticos literarios. Es importante conocer sus nombres: Pichurilo de los Pichungos, Rimbombe Culirrosa, Sir Pompilius McNifficent, Rabanne de Rabannel, y el egregio don José María Nadie. Quedan debidamente consignados. Cosa curiosa: todos son graduados cum laude de la misma alma mater: Loserville State University, cuya población estudiantil era justamente de… cinco habitantes. Ahora han sido solemnemente ungidos miembros de la Real Academia de… Pues no sé: algunos son notarios, otros farmacéuticos, proctólogos, veterinarios… Sin duda alguna, un gremio altamente heteróclito: es lo menos que podemos decir. Y lo más frecuente: se enquistan en medios periodísticos, tal la triquina en el cerebro humano. Un buen día, son directores de la sección cultural de un diario cualquiera. Lo que Costa Rica sigue sin entender es que para ejercer el periodismo cultural es menester una persona de gran cultura que sepa un poquito de periodismo, no un individuo que sepa mucho de periodismo y tenga un poquito de cultura. Érase una vez un burrito que se llamaba Platero… Mientras se limitó a regalarnos su “tierno rebuzno lastimero”, fue bello. El día en que se metió a crítico literario acabó con toda la magia que Juan Ramón había logrado crear en torno a él. El jumento emergió en la esplendorosa plenitud de su burridad.
¿Crítica literaria, en Costa Rica? ¡Mejor hablemos de unicornios, sirenas, gnomos y grifos!
Nadie, en el mundo, tiene menos enzimas espirituales para digerir la crítica que los propios críticos. No la toleran, no logran encajarla. ¿Qué hacen, entonces? Lo característico de toda jauría, de todo banco, de toda manada, de toda piara: forman frente común. Automatismo instintivo. El rebaño, siempre el rebaño…
He leído no pocas evaluaciones críticas escritas en Costa Rica. Tales secreciones tienen tanta relación con la crítica literaria como un eructo podría tenerlo con un soneto de Petrarca.
El que no puede crear, interpreta. El que no puede interpretar, enseña. El que no puede enseñar, administra. El que no puede administrar, engrapa papeles. El que no puede engrapar papeles, es guarda nocturno. El que no puede ser guarda nocturno, limpia inodoros. El que no puede limpiar inodoros, es jurado de certámenes artísticos. El que no puede ser jurado de certámenes artísticos, es organizador de festivales. El que no puede organizar festivales, es crítico de arte. El que no puede ser crítico de arte… No, ya no hay nada por debajo de eso. Fin de la cadena alimentaria.
Si alguien invita a un grupo de amigos a una cena, y prepara la comida para ellos con todo el esmero de que es capaz, ningún comensal lo insultará y vejará por el mero hecho de que quizás a la carne le faltó sazón, o la salsa estaba demasiado espesa. ¿Por qué, en cambio, la gente se cree en el derecho de masacrar a un artista que, animado por el mismo espíritu de dación y el gozo de compartir, propone su obra al mundo?
Por supuesto que nadie está en la obligación de aplaudir todo cuanto uno hace: eso lo comprendemos los artistas muy temprano en nuestras carreras. Al decir “esta obra no me gustó” -sean cuales sean las razones que aduzca para justificar su sentir- el crítico no hace sino ejercer su inalienable derecho a expresar una opinión personal tan válida como podría serlo la de cualquier otra persona. Solo un autor muy bisoño o un cretino inveterado se ofenderían por ello. Pero proferir enormidades como “así no se debe escribir”, “este estilo es estéticamente inaceptable”, o “todo escritor moderno que se respete debe abordar este tema en lugar de tal otro”, eso, señores, es una historia muy diferente. Una historia de arrogancia superlativa sustentada siempre por un subtexto informulado que podría traducirse, poco más o menos, en los siguientes términos: “yo, en poder de instrumentos analíticos de los que el resto del mundo carece, hablando desde la atalaya de mi preclaridad e hiperlucidez infinitas, ejerzo aquí mi agudísima capacidad de diagnóstico estético para certificar, solemnemente, que la obra a mi juicio sometida merece ser quemada en una pira pública, ojalá en medio de las danzas rituales y espásticas contorsiones de sus detractores”. Quienes ejercen tal tipo de crítica normativa, legislativa y petroniana, harían mejor en ir a masturbarse y liberar así las tensiones sexuales y los sórdidos resentimientos que sin duda los atenazan.
La gacetilla que se pretende valorativa, la biliosa cuartilla en la que un fracasado con veleidades de Nerón alza o baja el pulgar para salvar o condenar la vida de un escritor (¡Ave Caesar, morituri te salutant!), esa no ha tenido, nunca, significación alguna. Los críticos son impotentes artísticos para los que no hay Viagra que valga. Pero que no sucumban a la desesperanza: la neuroquímica avanza a ritmo vertiginoso: pronto será patentado algún fármaco para la “disfunción creativa” que posiblemente les permita redactar un párrafo de buena prosa. ¡Atención con las sobredosis, empero, que los efectos podrían ser contraproducentes!
¿Hacer crítica de arte? Es cosa que consideraría únicamente tras haber fracasado en las áreas del narcotráfico, el proxenetismo, los establecimientos de lenocinio, la trata de blancas y el trasiego de riñones, todas ellas, actividades bastante más honorables.
Toda crítica que no sea un acto de amor es peor que inútil: profundamente perversa.
