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Deporte: magia, poesía y heroísmo

El deporte salvó mi vida


Jacques Sagot




Hoy hablaré de mí.  Gesto impúdico, inelegante, pero necesario en todo testimonio.  Como decía Unamuno: “perdonen que hable tanto de mí, pero sucede que soy el hombre que tengo más cerca de mí”.  El deporte salvó mi vida.  No es una hipérbole, una fórmula efectista para “amarrar al lector”.  Es la verdad.

 

Pianista y escritor, he pasado por el mundo en tonalidad de Mi bemol mayor, y vestido depalabras.  Música y literatura han sido mis grandes aliadas.  Pero después de ellas, el deporte me preservó de la postración y la discapacidad a la que, debido a una infancia enfermiza, parecía condenado.  “Discapacidad”,no “minusvalidez” (minus-valía: nadie vale menos por padecer una limitación física).

 

De niño, cuando mi “mala salud de hierro” me llevó a coquetear varias veces con la muerte, el deporte me preservó de la silla de ruedas.  En primer lugar, la natación.  Papá nos llevaba todos los sábados por la tarde a las piscinas termales del valle de Orosi.  Ritual, religiosamente.  Una verdadera ceremonia familiar.  Sin aquellas largas sesiones de chapaleo, de exultación física, de celebración de mi cuerpo fragilizado por mil afecciones, no estaría hoy contando el cuento.  La intención nunca fue batir los récords de Weissmuller, Spitzo Phelps.  Era una estrategia de vida.  Una manera de no morir: tan simple como eso.

 

Las de Orosi eran unas piscinas populares, para la gente que ni en el más desmelenado de sus sueños hubiera podido comprarse una acción en el Indoor Club o en el Country Club.  Mi familia era de modesta extracción, clase trabajadora, pequeña burguesía (esa que justo en este momento histórico está desapareciendo del espectro social costarricense, hecho catastrófico para nuestra democracia).

 

El deporte me enseñó la disciplina.  El valor del esfuerzo.  El valor de la tenacidad.  El valor de la persistencia más allá del agotamiento de nuestras fuerzas (ahí donde descubrimos ignotos yacimientos de energía  moral).  Me enseñó a sumir una actitud épica ante la vida.  Me enseñó a respetar y amar mi cuerpo, que mis múltiples enfermedades habían vejado, creando una autopercepción negativa de mi ser integral.  Me enseñó la beatitud de un reposo bien ganado, de esa divina extenuación que sigue a la gran pujanza física.  Me enseñó, en suma, que yo no era pura intelección, puro espíritu, pura música y literatura, sino que también tenía un cuerpo que era el asilo de todas esas aptitudes.  Mens sana in corpore sano.

 

​Todos los sábados al mediodía pasábamos a recoger a mi papá a la salida del trabajo, y nos íbamos directamente para el balneario.  Con religiosa puntualidad.  Pasábamos ahí toda la tarde, y cenábamos con hambre ogresca después del ejercicio físico.  Es crucial que las familias observen rituales, ceremonias, protocolos y tradiciones domésticas.  Todas ellas contribuyen a solidificar la estructura familiar, a crear una mitología privada, íntima.  No me refiero a la mera y desgastante habitualidad y la rutina, sino a la cultura del rito y la ceremonia.  Esa es fecunda y productiva, parte de la columna vertebral de cualquier familia.  Yo ya tenía dos grandes agentes estructurantes de mi vida: la música y la literatura, que siempre cultivé con disciplina.  La natación me aportó una disciplina más vinculada a mi cuerpo, a mi organismo, a esa fortaleza asediada por mil enemigos que me atacaban bajo la forma de enfermedades graves e insidiosas.  Yo era un castillo asediado desde los cuatro puntos cardinales, y también por alto.

 

Luego jugué fútbol con bolas de hule o de tenis.  Era malísimo. Me enredaba en la pelota, me marcaba a mí mismo, no era capaz de anotarun gol así bastase con soplar el esférico frente al marco, mis penales quedaban flotando en el cinturón de asteroides que gravita alrededor deNeptuno…  Aún más incompetente queSerginho, Renaldo, Amunike, Raposo, Ali Dia, Colusso y otros que prefiero no nombrar (¿que no conocen a ninguno de ellos, me dicen? ¡Adivinen por qué será!).  Yo era candidato aintegrar la Selección FIFA de los peores jugadores de la Vía Láctea.  Pero eso no importaba. La cuestión era sentirme vivo, corroborar la operatividad de mi cuerpo, respirar, saltar, gritar, correr…. En el cinematógrafo de mi imaginación, yo era Pelé al cabecear, Garrincha al driblar, y Rivellino al disparar a marco.  Como bien dice Jacques Brel: “Es importante que los cuerpos exulten”.  

 

Por otra parte, nunca jugué con una verdadera pelota de fútbol, con auténticos futbolistas y en una cancha “como Dios manda”.  Jamás hubiera tenido condición física para tales trotes.  No, no, nada de eso.  En el patio de luz de mi casa acondicioné una especie de terreno de juego, con un marco que no era otra cosa que un cajón de madera, resguardado por un muñeco de plástico a guisa de portero.  Nuestro formato era papi fútbol: solo cinco jugadores, y el balón era una bola de tenis.  Puede sorprenderles lo que aquí les cuento, pero dentro de esa configuración logramos generar magníficos partidos, llenos de emoción y de goles catárticos y orgásmicos en el último segundo del encuentro (jugábamos con reloj, uniforme, un himno compuesto por mí, y un reglamento muy bien estipulado).  Previsiblemente, y en el mejor estilo de los chiquillos jugando en la calle, yo fungía como mediocampista, pero también narraba sobre la marcha los acontecimientos, con voz impostada y estentórea.  ¡Ah, amigos, amigas, cuánto nos divertíamos!  En el equipo había otro pianista, un abogado, un electricista y un diseñador gráfico.  ¡Orquestábamos jugadas de lujo, composiciones colectivas de gran belleza, era un fútbol fastuoso y acompasado!  

 

El piano presupone (entre muchas otras cosas) una gimnasia de altísima precisión.  Y la literatura moviliza el “músculo” del pensamientocon tal eficacia, que basta con que deponga la pluma un par de días, para sentir una especie de distrofia en la capacidad para hilar las ideas y encontrar las palabras justas.  Hay una dimensión atlética y puramente calisténica, en el arte de tocar el piano.  Por supuesto que la música tiene una hondura e impacto sobre el alma humana y la historia que ningún deporte puede pretender igualar.  Pero el deporte detentasu magia, y yo he sabido catarla, saborearla, explorarla.

 

Gracias a papá (quien comprendió el valor que la música, la literatura y el deporte tenían en mi vida, y me educó según el modelo de la paideia de la Grecia clásica) no quedé engrilletado a una cama ortopédica por el restode mi vida.  Incapaz de cultivar el fútbolprofesionalmente (o siquiera seriamente), me he dedicado a estudiarlo, en sus dimensioneshistórica, sociológica, estética, psicológica, filosófica y lingüística.  De todo ello surgirán varios libros, y muy pronto.  También fui siempre un aplicado estudioso de la historia de las olimpiadas (las helénicas como las modernas), del boxeo, el patinaje artístico sobre hielo, la gimnasia artística, el baloncesto, el tenis, el hockey sobre hielo, el clavadismo, el ballet acuático, los deportes ecuestres, y el ping pong(que también jugué (y no mal) hasta descubrir que la forma en que tomaba la paleta me maltrataba la mano y perjudicaba mi desempeño como pianista).  

 

Por lo que al ajedrez atañe (¡misteriosasinergia de poesía, ciencia y deporte!), esa ha sido una de mis más atávicas, añejas pasiones.  Tuve el privilegio de jugar contra el subcampeón mundial David Bronstein en 1974, cuando apenas tenía doce años de edad, en el contexto de una exhibición de partidas simultáneas.  Me derrotó en 17 movidas, pero esa es una historia que merece un artículo aparte.  

 

La verdad sea dicha, yo fui educado como un príncipe.  Nací el 15 de setiembre de 1962 en Hatillo 1, cuando este barrio se reducía a cuatro cuadras llenas de casitas construidas en el contexto del programa de vivienda popular implementado por Mario Echandi y José Figueres Ferrer a fines de la década de los cincuenta.  Y puedo dar vívido testimonio de esto: no es preciso haber nacido entra la púrpura y el oro para recibir una educación exquisita.  Cuando se tienen padres tan lúcidos y visionarios como los míos, Hatillo no vale menosque los palacios de Versalles, Buckingham o la Alhambra.

 

El deporte se cuenta entre las cosas más nobles y bellas que se le han ocurrido al ser humano.  Un agente civilizador de primer orden.  Y sí: una estupenda manera de burlar y diferir la muerte.  

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