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La embriaguez del pensamiento


Oscar Arias es mi amigo


Jacques Sagot


No sé qué es la amistad. No puedo definirla en términos puramente teóricos. Pero la he vivido, y soy capaz de dejar un testimonio sobre lo que ella me ha deparado. No faltarán quienes digan, incluso, que la amistad no existe, sino tan solo los amigos. No se puede teorizar en torno al concepto abstracto, pero sí somos capaces de hablar sobre nuestros amigos, en tanto que entidades discretas y aisladas. Igual hay estudiosos que pretenden que la Poesía –así, con mayúscula e in abstracto– es indefinible: tan solo hay poemas, y cada uno de ellos propone una definición diferente de ella. Esto no deja de ser un problema: Aristóteles decía que “no hay ciencia de lo particular”. En efecto, si cada caso de cáncer fuese absolutamente irreductible, singular y distinto de todos los demás, tendríamos que renunciar a encontrarle una cura.


Lo que sí puedo hacer es hablar de un amigo, y enumerar los rasgos sintomáticos, fenomenológicos a través de las cuales se cimenta una amistad. Y al amigo que he elegido para este pequeño ejercicio conceptual es a Oscar Arias. ¿Por qué puedo afirmar, sin la menor dubitación, que Oscar es mi amigo? Se los diré.


Mi vida es más rica, más interesante, más hermosa gracias a Oscar. Es un hombre que ha ensanchado mi comprensión del mundo. No solo ha sido un gran amigo sino –una cosa acarrea la otra– un gran maestro. ¿Puedo concebir mi vida sin él? Sí, claro que sí. Y lo que se me hace evidente es esto: sería más pobre, más gris, menos poliédrica, y el porcentaje de sonrisas, apretones de manos, abrazos y palabras de afecto que me estaban dedicadas desde toda la eternidad, sufriría una baja del 50%, por decir lo menos.


Generoso, servicial, solidario, empático, presto siempre a tender su mano socorrista, Oscar es un inmenso ser humano. Conoce bien el ars vivendi de la dación de sí mismo. Me duele constatar que su profesión oficial –la política– lo haya obligado a tomar decisiones, porque quien decide siempre divide, escinde, polariza y genera anticuerpos. Es parte de la definición misma de todo gran político. Más importante era para él hacer lo que le parecía correcto para el país, que ganarse el título de “Tico lindo”, “Míster Congeniality”, “Señorito Simpatía”, o “Rey de los festejos populares de Zapote”. Todos anhelamos ser queridos. Cierto de una ameba como de un ser humano. Pero en la vida de un político son frecuentes las situaciones en las que este tiene que tomar medidas impopulares, o apenas refrendadas por un sector de la población. La misión de un político es gobernar, no decirle a todo el mundo lo que quiere oír, y pasarse la vida endulzándole los oídos a la gente. Oscar siempre supo que la toma de decisiones iba a significarle que muchos partidarios y correligionarios le dieran la espalda. Es cosa que cualquiera experimentaría con amargura. Pero sucede que hay ideas, conceptos, lemas, compromisos, convicciones que están por encima de toda otra consideración personal. Pusilánime y egocentrista hubiera sido de tomar la decisión que más popularidad le atraería. Por otra parte, eso significaba traicionar a su pueblo, y ya sabemos lo que Dante hace con los traidores en el “Infierno” de su Divina Comedia: los relega al noveno, último y más pavoroso círculo, donde se ejercen los peores suplicios: los traidores a la patria, a Dios, al compañero o compañera de vida, a sí mismos, a sus huéspedes, a sus correligionarios… Ahí están Judas Iscariote, Poncio Pilato, Bruto, Ganelón, Fray Alberigo, Antenor de Troya… es un vecindario lleno de notables, qué duda cabe. Nadie que llegue por esos lares puede quejarse de carecer de vecinos interesantes. Pero los tormentos ideados por Dante son tan horrorosos que ninguna alma querría ir a pasar la eternidad en ese barrio.


Mi vida es más bella gracias a Oscar Arias. Ha sido un amigo leal, solidario, cariñoso, agradecido, noble, constante, confiable, un amigo sin “intermitencias”. Tanto él como yo acabamos de cumplir años. ¿Cuántos? Pues digamos que él cumplió 5 865, y yo 5 843. Apenas cae la cortina sobre el primer acto de nuestra ópera: ¡nos faltan todavía tres actos! (y luego cuarenta repeticiones del espectáculo).


Quien honra, se honra. Para mí es una cuestión de honor, de dignidad, de elemental gratitud poder decirle al mundo: ¨Oscar Arias es mi amigo”. Me lleno de orgullo. Me lleno de luz. Me lleno de emoción. Me lleno de música y poesía al decirlo. Y lo proclamo urbi et orbi, hacia los cuatro puntos cardinales envío mis palomas mensajeras, portadoras de ese único, trascendental mensaje. Mi afecto por él es infinito. Apenas por debajo de los lazos familiares que todos conocemos y que por principio son sagrados y absolutos.


Con Oscar puedo reír, puedo llorar, puedo reír llorando, o llorar riendo. Puedo enojarme, puedo blasfemar, puedo bromear, puedo orar, puedo maldecir, puedo bendecir… puedo ser yo en mi más íntegra y auténtica versión. El espectro de nuestra amistad, el abanico temático que cubre es virtualmente inagotable. Podemos pasar de los temas más sublimes a los más… pues digamos simplemente “menos egregios”. Tenemos muchos rasgos en común, pero también enormes diferencias, ¡y esto es una enorme fortuna! Recuerden, amigos y amigas, lo que un dolido Montaigne escribió después de la muerte de su amigo La Boétie: “Me preguntan por qué lo quería tanto… Pues la razón es que cuando estaba en su compañía, él era él, y yo era yo”. La cita puede sonar anodina. No lo es en lo absoluto, antes bien, plantea la condición básica de toda amistad: el respeto por la diferencia, por la alteridad, por la divergencia. Coincidir en todo sería aburridísimo, y un veneno letal para cualquier amistad.


Con Oscar yo no necesito poses ni fingimientos: puedo limitarme a ser yo, y serlo plenamente, sin disfraces, sin antifaces, sin sótanos, áticos o pasajes secretos entre las paredes. Es un sentimiento –créanme– vivificante, delicioso, liberador. No existe un “atuendo Jacques Sagot” que visto únicamente cuando me reúno con Oscar. No necesito atuendos, me limito a ser como soy. Y así me quiere, me acepta, me respeta. Esta dinámica relacional es mucho más infrecuente de lo que la gente supone.


Me siento bendecido de llevar Oscar a bordo de ese bajel algo averiado y cochambroso que es mi vida. Cierto: él quizás merecía un buque de más hondo calado, con un capitán más diestro prestigioso, la mano firme sobre el timón. Pero lo que soy, lo que valgo, lo que represento, todo eso lo pongo a sus pies, prometo que la travesía será grata, y no: no colisionaremos con icebergs ni iremos a escorar cuatro kilómetros bajo la superficie del mar.

Gracias a la vida, gracias, gracias… no sé qué otra palabra invocar. Para mí es, junto con “perdón”, el más bello vocablo de la lengua española. Gracias por existir, por ser mi amigo, por bendecirme con tu sabiduría, tu experiencia, tu conocimiento profundo de la naturaleza humana, con tu luz, que es cada día más pura, más limpia y diáfana. Gracias, Oscar. Como diría Verlaine, “todo lo demás es literatura”.


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