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La embriaguez del pensamiento

Pastoral médica


Jacques Sagot


Es un lugar común hablar hoy en día de la necesidad de re-humanizar la medicina.  Tal proyecto presupone que esta hubiese sido, en algún quimérico recodo del pasado, una disciplina imbuida de los más nobles valores, una profesión que, con el advenimiento de la barbarie cientificista de nuestro siglo hubiese degenerado en práctica impersonal y burocratizada.  Nada podría ser más falso.  Foucault demuestra en Nacimiento de la Clínica cómo la medicina amasó su saber y se constituyó a sí misma en ciencia positiva a través de las prácticas más brutales e inhumanas que sea dable concebir. 


Los manicomios y hospitales eran instituciones donde, bajo la mirada panóptica y escrutadora de los “científicos” se iba construyendo un saber basado en la experimentación y el suplicio.  La medicina nunca fue humanizadora.  Siempre reposó sobre una estructura de poder: el médico encarna la autoridad y el paciente se convierte en mero objeto de manoseo y disección.  Quitémosle el “re” al concepto de rehumanización, y hablemos más bien de humanizar de ahora en adelante una disciplina que en la praxis –si no en la ética hipocrática– rara vez respetó ese equilibrio ético de la relación sujeto-sujeto que debe presidir todo intercambio humano.    


No es el propósito de este artículo impugnar las antiguas prácticas de una ciencia a la que debo mi vida y el hecho mismo de estar ahora escribiendo.  Señalo simplemente que la nostalgia de una medicina humanizadora no es más que una ilusión retrospectiva, la añoranza por una tierra que nunca existió.  Médicos los hubo, sin embargo, que en toda época constituyeron excepción, y es a ellos a quienes quiero hoy rendir homenaje.  Para ellos, la palabra más linda del mundo: gracias.  Así de simple, sin atavíos retóricos de ninguna índole. 

 

Una niñez enfermiza hizo de los médicos figuras omnipresentes en mi vida.  Cuatro de ellos emergen como galenos por antonomasia, la encarnación de lo que Frankl llama la “pastoral médica”: la medicina concebida como misión, como apostolado, como irrenunciable campaña contra el dolor.  Quiero que sus nombres resuenen alto y claro, que el mundo sepa que si fueron grandes ello es precisamente porque fueron mucho más que médicos, porque supieron fortalecer el espíritu tanto como el cuerpo. 


Comenzaré por Jorge Elizondo Cerdas: un hombre que curaba con solo una sonrisa, un apretón de manos, la irradiación de su presencia.  En medio de ese universo de agujas y transfusiones que fue mi infancia, él supo transformar el hospital en parque de diversiones.  Conocía el lenguaje de los niños, todo lo transformaba en juego, dominaba el arte de transmutar las lágrimas en arrullo y sonrisa.  Mil veces vi a aquel hombre enorme sentarse conmigo en el suelo a jugar con carritos mientras me explicaba, en términos perfectamente comprensibles, la naturaleza de mi afección.  El doctor Elizondo es el más grande aliado de la vida que jamás he tenido.  Todo cuanto de valor haya hecho como artista y como ser humano es tácito tributo a su múltiple gestión de médico, maestro y amigo.  Siempre que llegaba a mi casa me traía unas paletitas de colores con las que yo me divertía creando insólitas configuraciones en el piso.  Un día me ve llorando y me pregunta cuál es la causa de mi dolor.  “Todo el mundo dice que yo estoy muy flaco: seguramente eso significa que me voy a morir”.  El doctor Elizondo se sentó a mi lado, me miró penetrantemente, y me preguntó: “¿Has visto las películas de El Gordo y el Flaco?  ¡Pues adiviná cuál de los dos murió primero: El gordo: Oliver Hardy!  ¿Ves?  ¡Es mucho más grave estar gordo que un poco flaquito!”.  Ustedes, queridos lectores y lectoras, podrán decir lo que quieran, pero yo puedo asegurarles que para una mentalidad infantil como la mía (tendría a lo sumo cuatro años de edad), esa línea de argumentación fue acertadísima.


Sí, amigos y amigas: el doctor Elizondo curaba, literalmente, con el aura de su sonrisa, toda bonhomía, toda generosidad, toda optimismo, toda solidaridad.  Un estrechón de manos, un abrazo suyo, bastaban para devolvernos a todos la serenidad y la alegría de vivir, aún en medio de la enfermedad y de las periódicas crisis que tendían a agravarla.  Su voz era cálida y asertiva: un bello violonchelo Guarnerius de Cremona, siglo XVIII.  Él, junto a mi mamá, fundó la Asociación Costarricense de Hemofilia, allá en el año 1968 (estuve presente la noche en que se le dio cuerpo jurídico y efectivo a esta nobilísima organización).  ¿Qué más puedo decir?  Un hombre hecho de lumbre pura, un alma que era música, una palabra dadora de alivio, una presencia capaz de convocar desde los cuatro puntos cardinales los albos Pegasos de la esperanza, la fe, la sonrisa y la fortaleza.  Hasta él llegaban, las dóciles bestias, y luego era cuestión de cabalgarlas y echarse a surcar el firmamento.


Los doctores Carlos Montero, Álvaro Blanco, Danny Ugaldes Norbert Raven; y las doctoras María Paz León Bratti, Dayé Rodríguez y Jessica Céspedes, son las otras figuras a las que quiero referirme.  La medicina deviene, en sus manos, aquello que siempre debería ser: trabajo de equipo, faena de correligionarios que saltan con sus pacientes al campo de batalla, diálogo permanente.  No se dialoga con un virus o con un tumor: solo es posible dialogar con el paciente comprendido en la plenitud de su integridad ética y humana.  Un médico es un compañero de viaje, de travesía.  Aún cuando esta tuviese el más amargo de los desenlaces, el galeno debe permanecer ahí, a bordo del barco que ya zozobra.  No salir corriendo como las ratas ante la inminencia del naufragio.  Su función es, en tales casos, probarle al paciente que su dolencia no lo ha confinado a la más carcelaria y socialmente reprensible de las soledades.  Que no es un peñón aislado en medio del océano, y flagelado por las más inclementes tormentas.  Y nunca, nunca, nunca, por negro que el caso parezca, robarle al enfermo esa arma providencial y casi sobrehumana que llamamos “esperanza”: es un insospechado filón de energía psíquica, de recursos morales y espirituales.  


Reducir a un paciente a su enfermedad equivale a transformarlo en cosa, en caso, en expediente, en máquina averiada, en mecanismo disfuncional… en todo lo que ustedes quieran, menos en persona.  La relación médico-paciente es una relación simétrica entre dos sujetos, no entre un sujeto soberano y un objeto que yace inerme sobre la fría superficie del quirófano.  Un médico sin ética y sin calidad humana no difiere de un torturador profesional más que en los diplomas que cuelgan de la pared del consultorio.  El médico debe ir en busca del ser humano, acogerlo en tanto que criatura integral, dotada de una dimensión física y también espiritual, emotiva, onírica, intelectual.  Los médicos no tratan con enfermedades, sino con enfermos.  Siento por ellos la más profunda admiración: su saber es vastísimo, sus conocimientos oceánicos… pero siempre habrá espacio para dignificar y ennoblecer la relación con el paciente.  Es una relación de sujeto a sujeto, no de sujeto a objeto.            


Si un médico no es un aliado de la vida –la orgánica tanto como la espiritual– entonces no es más que un eviscerador, un trepanador, un destripador, un perverso espadachín del bisturí y el escalpelo.  Recuerden la célebre reflexión de Ortega y Gasset: “El tigre nunca correrá el peligro de des-tigrizarse, pero el ser humano está en constante riesgo de des-humanizarse”.  Es preciso evitarlo.  El futuro de nuestra especie queda resumido en esas simples palabras. 

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