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La embriaguez del pensamiento


¡Justo el hombre que necesitábamos!


Jacques Sagot


Mezquino, pequeño y “alma de cántaro” es aquel que no señala y celebra los aciertos de su adversario, por el mero hecho de que ha asumido con respecto a él una actitud guerrerista, intransigente y ciega. Yo he sido severamente crítico con el gobierno que al día de hoy guía nuestros destinos. Empero, nadie en el equipo del presidente Chávez es mi “adversario”. Andar generando enemigos de manera sistemática me parece una manifestación de “narcisismo inverso”, una afección de todo punto de vista risible y absurda. “¡Quiero que me odie todo el universo!” es apenas la manifestación melliza y simétrica de “¡Quiero que me adore todo el universo!”. Como decía Wilde, “el problema no es que hablen mal de uno, sino que no hablen del todo”.


Cela étant dit, quiero tocar las campanas a rebato, en lo concerniente a una reciente decisión del Ministerio de Cultura. Me refiero al nombramiento de Federico Molina como director del Centro Nacional de la Música. Lo conozco desde… ¡Uuuuuh…! Una vida entera. A tal punto que lo considero un hermano mucho más que un amigo. Es un pianista distinguidísimo, responsable de un disco de música de compositores cartagineses del siglo XIX, con una oceánica experiencia en recitales de música de cámara y en lo que en las universidades anglosajonas se conoce como “collaborative piano performance”.


Federico es hijo de dos figuras eminentes de la historia patria: Lía Campos, una de las mezzosopranos señeras que han brillado en la turbulenta y convulsa comarca de la ópera; y Julio Molina Siberio, un hombre extraordinario. Hay dos cosas que la figura y la obra de este gran patriota piden a gritos: una buena biografía (de eso me puedo encargar yo), y un Benemeritazgo debidamente refrendado por nuestro poder legislativo. Publicó docenas de libros. Era un hombre cultísimo, íntegro, de una honradez acrisolada, de un verbo encendido y trepidante, tectónico orador, uno de esos seres caracterizados por su altísimo nivel de calorías emocionales. Volcánico, apasionado, magmático, un ser con un elevado índice de sismicidad. ¿Un solo adjetivo para calificar a don Julio? Ya mismo se los doy: “piroclástico”. Era militante de todo lo que amaba, de todas aquellas nociones que defendió y proclamó: estaba en tonalidad de Mi bemol mayor (la de la sinfonía Heroica y el Concierto Emperador de Beethoven), en ritmo de cuatro por cuatro marcatissimo, y en el registro sonoro de un perpetuo fortissimo. Lo quise más de lo que soy capaz de expresar. Don Julio era, en suma, todo un personaje. Un ciudadano múltiple que por igual se prodigó como escritor, ministro, político, educador y asesor gubernamental de algunos de nuestros más esclarecidos presidentes.


Pues de esa cepa, de esa portentosa secuoya de cien metros de alto por nueve de diámetro, procede nuestro querido Federico. Es un hombre discreto, prudente, elegante, sobrio, equilibrado, justo, honrado, responsable, sagaz… Imposible pensar en una persona más indicada para ocupar el alto puesto que hoy en día desempeña. Ya había fungido como director de la Compañía Lírica, para la cual creó la sala Zelmira Segreda, en Moravia, junto a las instalaciones de la Orquesta Sinfónica Nacional. Federico es, como su padre y su madre, un amante de la ópera: conoce ese repertorio en toda su extensión y profundidad. Enamorado de la música de Francis Poulenc, y sublimemente obcecado en montar La voz humana (un monólogo teatral de cincuenta minutos de duración) y los Diálogos de Carmelitas, ambas obras de su venerado maestro. Es audaz en sus propuestas: el hombre idóneo para sacarnos del círculo de las cinco operitas que los costarricenses hemos tenido que ver recicladas hasta sucumbir al rigor mortis por aburrimiento: La Traviata, La Bohème, Tosca, Madama Butterfly, Carmen, Fausto… y pare de contar. Desafortunadamente, la cultura operática del costarricense está aún rezagada en el paleolítico inferior (el vastísimo repertorio de la ópera alemana, rusa, checa, húngara, inglesa y latinoamericana es prácticamente virgen y casto, en Costa Rica). Igual tenemos déficits muy sensibles en los campos de la música sacra, la música de cámara y el Lied, que tantas maravillas extrajo de sus cultores: Schubert, Schumann, Wolf, Mahler, Strauss y muchos otros notables. No menos oscura y deficiente es nuestra familiaridad con la chanson française: Berlioz, Fauré, Debussy, Ravel, Duparc, Poulenc y compañía. Justamente, Federico viene de presentar, junto al tenor Marco Antonio López y la soprano Anayanci Quirós, un recital de canciones francesas en la sala Zelmira Segreda. Mi “mala salud de hierro” me impidió estar ahí. Albergo el más hondo deseo de que repitan esta maravillosa aventura, y quizás colaborar con ellos, siquiera en la lectura de los poemas elegidos.


Federico, como su padre, es el tipo de persona que inspira naturalmente el respeto y aun el sobrecogimiento en quienes a él se acercan. Suscita respeto por el mero hecho de su imponente maderamen humano, y siendo así las cosas, no tiene necesidad alguna de acudir al autoritarismo (atención: una cosa es la autoridad, y otra muy diferente el autoritarismo. La segunda es necesaria en la justa medida en que la primera esté ausente).


El Ministerio de Cultura ha tomado la más luminosa decisión del mundo, al poner a Federico al frente de una institución tan compleja, poliédrica, conflictiva y alambicada como el Centro Nacional de la Música. El país pedía a gritos a un hombre como Federico: de su personalidad puede decirse exactamente lo mismo que Schumann dijo sobre los Preludios de Chopin: “Son cañones ocultos bajo guirnaldas”. Toda la bonhomía y la gentileza del mundo… sustentada, empero, por una voluntad y un carácter que impone la reverencia que nos produciría un enorme cañón broncíneo.


Sé que tiene grandes ideas, proyectos muy ambiciosos –todo ello dentro de la mesura y la temperancia que nuestros presupuestos para la cultura nos permiten–. Él era el hombre “que había de venir” (me permito parafrasear a Juan el Bautista aludiendo a Jesucristo). Aristocrático al tiempo que sencillo, elemental, con las raíces del espíritu hondamente arraigadas en la tierra. Es telúrico y espiritual, el summun del refinamiento, con también un principio de realidad perfectamente acendrado: no es un mero soñador, un hablador de paja o un sofista de cafetín: esos especímenes abundan en nuestras latitudes, y ya nadie los toma en serio. En Federico la copa, el ramaje, el follaje y las floraciones del árbol están en pleno contacto con las raíces que van fracturando la tierra y sorbiendo ávidamente sus jugos nutricios. Es un hombre y un artista integral. Una obra maestra que le debemos a don Julio y a doña Lía. Su magnum opus.


A todo esto, hemos de añadir que Federico es el faro ético de una bellísima familia: su esposa Mónica y su hija Amanda son otros tantos chefs d´oeuvre de nuestro pianista y líder cultural. Son mujeres extraordinarias: un par de orquídeas doradas de la especie conocida en Colombia como cateleya, esa que Proust incorporó a su novela Por el camino de Swann (era la palabra clave que, en la mitología privada del protagonista con Odette de Crécy, significaba hacer el amor: “faire catleya”). Sé de lo que hablo: he compartido momentos de alegría, de risas, de venturanza infinita con ellas.

Yo felicito de todo corazón a la señora ministra, Nayuribe Guadamuz, por su elección, y de inmediato, como un buen y leal soldadito, quedo a la espera de las instrucciones que me giren a fin de acercar más y más este pequeño país al litoral de la belleza, la cultura y la inteligencia. Siento ya al vigía gritar “¡Tierra a la vista!” Ahí estaré yo, el más humilde de los grumetes, para ayudar en todo lo que pueda. Amén.


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