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La embriaguez del pensamiento


Quedará el beso


Jacques Sagot



El beso nace en el estómago, ahí donde también despunta el susto, y donde forman nudo las más viscerales de nuestras emociones.  Luego trepa, y trepa, y trepa… hasta reventar en la blanda humedad de los labios.  Si el beso fuera un animal, ¿sería un mamífero, un ave, un pez, o acaso más bien un insecto?  Tengo para mí que un reptil, pero eso sí, un reptil tibio y por completo desprovisto de escamas, una traviesa salamandra listada de rojo y amarillo, húmeda, escurridiza, clandestina.  Porque el beso, como ella, es criatura nocturna, busca la oscuridad, anida en los más umbríos rincones, y se desliza a través de toda rendija e intersticio, por infranqueable que este pueda parecer.  O tal vez no sea una salamandra, sino más bien una de esas ranitas arborícolas, dorados prendedores de piel lucia y palpitante, que en el momento menos pensado vienen a aterrizar sobre nuestro hombro, con la instantaneidad de… de… ¡pues de un beso!


Sí, reptil o anfibio debe ser, porque el hombre que remonta las piernas, el vientre y los senos de la mujer amada, haciéndole palmo a palmo un reluciente traje de besos, zigzaguea sobre ella con sigilo y sinuosidad de serpiente.  Cada centímetro de esa divina piel debe ser besado, olido, saboreado.


Mi primer beso no lo di yo.  Me lo robaron.  La perpetradora del saqueo aún debe recordarlo.  O quizás no.  Quizás tan solo yo lo recuerdo.  Tengo en mi memoria una vasta galería de besos, una opulenta colección debidamente preservada y clasificada.  ¿Me creerían ustedes si les dijera que soy capaz de recordar todo beso que en mi vida prodigué o recibí?  Mis besos tienen incluso número de opus, tonalidad y ritmo, además, claro está de su fecha de emisión escrupulosamente registrada.  Los hay que están en Do mayor y compás de tres por cuatro; otros en Fa sostenido menor y compás de siete por cuatro.  Algunos comenzaron dolce e pianissimo, teneramente, pero evolucionaron, a lomos de un irrefrenable crescendo, al frenesí de un fortissimo, appasionato e con brio.  


De todas formas, lo más importante del asunto no es lo que yo recuerde, sino, antes bien, lo que ellas, estuario perpetuo de mis besos, quieran recordar.  Y es ahí, mis queridos lectores, donde comienzo a sumirme en la angustia.  ¿Qué huella dejaron mis besos en las mujeres que alguna vez amé?  ¿Fue honda y perenne como los cráteres de impacto que los cuerpos celestes han dejado sobre la epidermis del planeta, o leve como el imperceptible arabesco de una marca dactilar?  ¿Se acordarán ellas de mí como yo de ellas?  ¡Mi reino, mi reino por una respuesta!  Y para empezar, ¿estoy siquiera seguro de haber amado?  Esa es una pregunta descomunal.  Y voy a darle respuesta: sí, he amado.  Si mañana mismo tuviese que morir, podría decir, sin la menor vacilación, que supe lo que fue amar.  Eso no significa que mis amores me hayan conducido a la absoluta bienaventuranza y sea un hombre perfectamente colmado en este aspecto.  Lejos de ello… pero ese es ya otro problema.


Tal vez a mis besos se los llevó el viento, o los lavó la lluvia, o los erosionó el sol, o -lo que resulta aún más intolerable- los borraron los besos de los hombres que después de mí vinieron a labrar sus cuerpos.  A fecundarlos, sí, con sus surcos labrantíos y sus miles de simientes.  Ya lo dijo alguna vez el rey Salomón: “Tres cosas me son desconocidas, pero la cuarta no alcanzo siquiera a entrever: la huella del águila en el aire, la huella de la serpiente sobre la arena, la huella del navío en altamar… y la huella del varón sobre la mujer”.


La piel reverdece cuando la besan.  Las mejillas de niños y mujeres se encienden, y adquieren no sé qué de cálido y luminoso.  El beso sobre los rostros y las manos marchitas de los ancianos es como una tibia garúa de estío en el desierto: en cuestión de minutos libera los perfumes de la tierra y hace brotar las más resplandecientes floraciones.  El beso de los amantes es liturgia, colisión de océanos, formidable esgrima de la sangre.  El beso de la madre sobre la frente de su hijo dormido es bendición, y el de la lluvia a la tierra, alianza de lo divino y lo perecedero.  


El beso es tan consustancial con el amor, que ni siquiera aquel que fue dador de muerte, el de Judas Iscariote, está exento de sobrecogimiento y devoción.  Que lo diga, si no, nuestra inmensa Yolanda Oreamuno: “Judas no traicionó a Jesús.  Había sido un hombre rico que dejó todo por seguirlo, es fútil pensar que lo vendiera después por treinta denarios.  Lo que pidió de Jesús al entregarlo fue una prueba palpable de su divinidad, algo así como: “Sálvate de ellos y déjanos ver que eres Dios”.


Sí, mis queridos lectores: toda palabra será escuchada, toda plegaria respondida, toda devoción y todo fervor recompensados.  Pasarán los hombres, pasarán los linajes, pasarán los imperios, pero los besos y las caricias quedarán.  Como bien lo dice el poeta Paul Éluard: “Te lo digo por las nubes, te lo digo por el árbol y el mar, te lo digo por cada ola y por los pájaros entre las hojas, te lo digo por la ventana abierta para una frente descubierta, te lo digo por tus pensamientos y tus palabras: toda caricia, toda confianza se sobreviven”.


De piel en piel, de boca en boca, de siglo en siglo los besos seguirán irrigando al mundo, y un día volverán a aquel que los acoge y atesora, porque no hay río que no vuelva al mar.  Aun aquellos que, como los hombres que se niegan a morir, dibujan interminables estuarios, lazos, laberintos, y se devuelven por diferentes cauces… hasta que terminan por entregarse al océano.


Jamás di un beso del cual me arrepintiera.  Si a veces lloro es más bien por aquellos besos que debieron haber sido y no fueron, por los que nunca serán, por aquellos que mi avaricia o timidez hicieron abortar, y por los que llegan demasiado tarde, como el que estampé sobre le frente yerta de mi abuelita, una noche llena de cirios, sombras y sollozos.


Algo más: cuando se vean al espejo por las mañanas no dejen nunca de regalarle a ese adormilado intruso alojado en el fondo del cristal un beso fraterno: él, más que nadie en el mundo, lo necesita.  Ningún beso que reciba en el transcurso del día será capaz de reconfortarlo, si usted comienza por negarle el suyo propio.  

Y cuando los bebés, cual flores de probeta, sean clonados y manufacturados por docenas, y nuestro hábitat se un mall del tamaño del mundo, y el hombre no más que una cifra en la urdimbre luminosa de una descomunal pantalla cibernética, nos quedará siquiera el beso, para recordarnos que alguna vez fuimos humanos.


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