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La embriaguez del pensamiento

Ocho en una “buena” noche

Jacques Sagot


Atiende a fidelísimos parroquianos, mercaderes del sexo, ludópatas, sonámbulos que buscan momentáneo asilo psíquico de los casinos y burdeles que constituyen su “ecosistema” social, artistas desmelenados, gringos mochileros, atorrantes que toman posesión del taxi con sus caras de puñalada, una variopinta fauna de lémures, criaturas noctívagas y nictálopes, vampiros, gólems, licántropos…  Y me atiende a mí –que estudio piano al caer las sombras, y me premio con el cariñito de una trasnochada golosina–.  Atiende también a intelectuales de nobilísima prosapia, políticos que erran en el limbo de su extinta gloria, añejos hidalgos de capa caída, músicos trashumantes, poetas malditos del trópico húmedo, insólitos profetas que recitan las epístolas paulinas…  Mi amigo taxista tiene algo de Noé: en su vehículo ha entrado toda criatura vagamente emparentada con la especie humana.


Trabaja durante las noches.  Esas hoscas, sórdidas noches josefinas, las horas de los piques, las horas en que los policías se evaporan como incensarios, las horas sin ley, sin alguacil, sin ángeles guardianes, sin “ojos de halcón” –¡punterísima tecnología capaz de determinar si el balón traspasó la línea de cal, pero inapta para capturar la imagen del asesino, el narcotraficante y el violador!–  Cuando la injusticia social genere en nosotros las cataratas discursivas que desata el último gol del “clásico” (¿estaba, el garrido artillero, adelantado por un milímetro a su defensa?) podremos, quizás, comenzar a hablar de sensatez.  Algo anda muy, muy mal, en un país donde el “catenaccio” folclórico del “machillo” Ramírez subleva a la población, y el asesinato de un ambientalista no suscita más que algún aislado pataleo.  Algo hiede, en una nación donde la gente se rasga las vestiduras por la contratación de cualquier pateador de bola glorificado, las melopeas de un graznador con micrófono que “de vez en mes” encuentra una rima ocurrente… pero donde los criminales trotan por las calles por la razón inmemorial: la fiscalía cometió errores procedimentales en la presentación de sus pruebas.  ¡Cielo santo: urge crear, en Costa Rica, una “escuelita de la Niña Pochita” para fiscales: ninguno conoce el ABC de su oficio!


Atravieso esa pesadilla urbana que es San José con mi amigo taxista dos o tres veces cada semana, a eso de las diez de la noche.  Y vemos lo que es imposible no ver, porque constituye ya un elemento constitutivo del poblachón: putas y putos por doquier.  San José es un burdel.  Esa es la verdad, y no pienso cosmetizarla con figuras retóricas –litotes, eufemismos o perífrasis– destinadas a atenuar el sentido de las palabras.  Tampoco tengo el menor interés en ser “políticamente correcto”, noción que desprecio, y de cuya práctica me eximo.  Creo que la prostitución cumple con una función innegable en la economía libidinal de una sociedad –siempre y cuando sea ejercida dentro de los marcos éticos que le han sido pautados–.  No estoy aquí para quemar a nadie: execro a los que andan siempre con la tea lista para hacer arder sus piras expiatorias.  Pero creo que, desde el punto de vista de la planificación urbana –eso que nunca ha existido en San José– la prostitución debe tener sus áreas asignadas.  


Y ese es el mundo de mi amigo taxista.  Lo conoce íntimamente, desde dentro.  Y es cómplice de su engranaje, de ese dispositivo creado para moler seres humanos.  Lo sabe.  Lo acepta.  Gana su vida de esa manera: viendo a otros perderla.  ¿Un cínico?  ¡Vamos, todo el que ve en torno suyo una realidad abyecta y no mueve un dedo por modificarla es un cínico, aun cuando no usufructúe de ella!  El quietismo es, en estos casos, tan reprensible como la participación activa en la degradación del ser humano.


Todas las tardes, a las cinco, recoge a una muchacha que vive en un ínfimo pueblito, a pocos kilómetros de Barva de Heredia.  Unos veintidós años de edad, quizás menos.  Bella, muy bella.  Vive sola.  Nada sabe mi amigo taxista sobre sus padres o su familia.  A las seis de la tarde la deja en el hotel – prostíbulo – casa de citas donde trabaja, en el centro de San José.  Por su belleza arquitectónica debería haber sido declarado patrimonio nacional…  Lo único auténticamente patrimonial en Costa Rica es la envidia y la serruchadera de piso: eso lo sabemos todos.  Es el más poderoso e indiscutido de nuestros rasgos identitarios: por poco, un bien cultural.  Todo costarricense nace con su serruchito ya celosamente empuñado entre sus bracitos.  


San José ha de tener, a lo sumo, una docena de edificios verdaderamente bellos, dotados de alguna dignidad arquitectónica, y un puñado de casas anacrónicamente victorianas por los bajos de Barrio Amón.  Varios de estos lugares se han transformado en establecimientos de lenocinio ad hoc, o en hotelillos para mochileros y turistas del sexo.  He ahí nuestro concepto de patrimonio. 

 

Fuere como fuere, es en este hotel donde la muchacha trabaja.  De seis de la noche a cinco de la mañana: ¡arduas jornadas!  Mi amigo taxista le provee el transporte, y le hace, por supuesto, un precio especial.  


“Lo esencial para este tipo de muchachas es la seguridad” –me dice, y sigue hablándome de ella, sin una molécula de afecto, con absoluto détachement, sin hostilidad tampoco, y sin emitir juicio ético–.  “En una buena noche, se alza a ocho carajos.  Con un poco menos de suerte, seis o cinco, y nunca, nunca, nunca, menos de tres.  Tiene dos tarifas: para los extranjeros, trescientos dólares, para los nacionales, cien, pero me insiste en que la calidad del servicio es idéntica para unos y otros.  A mí es que me cuesta creer cómo logra esa muchacha arrastrarse de vuelta a la casa, después de haberse echado a ocho atorrantes.  ¿Se imagina usted el gasto energético que eso supone?  ¡Hay que ser un atleta del sexo!  Ocho, ocho, ocho… no lo puedo creer.  Pero sé que es cierto, porque ahí la veo entrar y salir con cada uno de ellos”.  


“¿Va a los moteles, a la Maison dorée, a El Edén, a los cuchitriles de San Francisco de Dos Ríos, o a hoteles respetables?”  


“No, no: ella tiene un cuarto que una vieja alcahueta le alquila.  La vieja es una miserable proxeneta: le arrenda habitaciones a varias muchachas, y les saca mucha plata.  Todo esto ocurre en una casa que queda allá por detrás de la Cancillería, usted sabe, la callecita angosta que va dando vuelta y…”  


“Sí, sí: sé cuál es.  Hay muy lindas residencias, ahí.  El tipo de casa que debería estar protegida por la ley de patrimonio, pero que…” 


 “A quien urge proteger es a la gente, no a los edificios.  Los edificios se gastan y se caen.  Una muchacha así, en cambio…”  


“Pues sí, tiene usted razón.  Pero en este caso tendrías que protegerla contra sí misma, cosa que probablemente ella no quiera”.  


Mi amigo taxista asintió: 


“Pues si hasta yo mismo se lo he dicho, pero no hay manera.  Ella parece contenta.  Es una profesional, dueña de sí misma, y hace lo que hace de manera efectiva, expeditiva, sin que ello le genere el menor problema… por lo menos en apariencia.  Así que, amigo, en una buena noche, se alza dos mil cuatrocientos dólares.   No creo que baje nunca de mil.  No tiene carro, y no sabe manejar.  No sé qué hace con su plata, y no sé si tiene un chulo que se la administre… aunque no lo creo.  Es muy independiente, muy solvente en todo lo que hace, y no me parece que tenga que rendirle cuentas a nadie de sus transacciones sexuales.  ¿Se imagina usted, amigo, un ingreso promedio de cuarenta mil dólares al mes, posiblemente más?  Eso no lo hago yo en diez años de trabajo.  Lo que la va a acabar no es el sexo, no es algún psicópata que una noche cualquiera la estrangule, no es el Sida (contra el que se protege muy responsablemente).  Lo que la va a acabar es la cocaína”.  


“¿Consume cocaína?”  


“Sí, se manda varias rayas cada noche, y solo en eso se le van varios cientos de miles de pesos al día.  Dice que eso la ayuda a sobrellevar el trabajo.  Como si fuera su combustible, lo que le permite llegar hasta las cinco de la mañana dándose panzazos contra todo tipo de crápulas…  Uno nunca sabe lo que el cliente puede pedir, el tipo de acrobacias que le soliciten, si practica el sexo grupal… debe de ser extenuante.  Lo que ella me dice es que sin la cocaína no podría.  Ya se reconoce adicta, pero lo considera una “necesidad laboral”.  No le veo la menor intención de buscar ayuda.  Por el momento, está bellísima.  Uno la ve, y se dice: ¡qué mujer más linda!  ¡Viera cuando paso a recogerla a las cinco de la tarde!  Fresquita, recién bañada, perfumada, vestida provocadoramente, relajada, habiendo dormido todo el día…   Pero ya a las cinco de la mañana, después del último revolcón, es como ver a otra persona.  Ausente, deshecha, el hablado ininteligible…  A menudo se me queda dormida en el asiento de atrás y me cuesta un mundo despertarla para que se baje.  La va a acabar, la va a acabar.  La cocaína es muy jodida, he conocido otros casos.  Nadie sale de eso solo.  No estudia, no tiene hijos que alimentar, vive sola…  No entiendo: todo lo que hace es volar sornaca, jalar coca, y dormir”.


Cuerpo devastado por ocho rufianes cada noche.  Una hortelana que ha asolado sus propios predios, envenenado sus frutos y enfangado su arroyo.  À chacun son destin… reza el proverbio francés.  Como todo proverbio, contiene un ínfimo coeficiente de verdad, y un océano de falsedad.  Los dicharachos del vulgo no son “cápsulas de sabiduría colectiva y anónima”: son manifestaciones de insipiencia popular.  La verdad de las cosas es que ese “destin” no es solo suyo.  Como sostiene Sartre, con su elección de vida, esta infeliz propone también, implícitamente, un modelo a todo el resto de la humanidad.  Y lo más importante: no existe eso que llamamos “chacun”.  Es una mera abstracción, un concepto huero como una nuez.  Existe un cuerpo social del que todos somos parte, un organismo en el que la disfunción de cada célula acarreará el colapso del todo.  La sociedad concebida como Gemeinschaft, es decir, organismo, en el sentido estrictamente biológico del término.  El destino de esa muchacha es también el mío, el de mi amigo taxista, el de todo ser humano sobre la faz del planeta.


Suscribo al sentir de Zósimo, el stárets de Aliosha en Los Hermanos Karamazov, de Dostoievski: cada uno de nosotros es, de una u otra manera, directa o indirectamente, de cerca o de lejos, responsable de toda la injusticia que se comete en el mundo.  No hay inocentes.  Existe, únicamente, un monstruo ético inescapable, aterrador al tiempo que sublime, cima descomunal bajo cuya sombra todos nos agitamos: Responsabilidad.            


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