La Columna de Jacques Sagot | “Una bella, bella historia”

Jacques Sagot



Nadie espera que un futbolista (a menos de que sea el portero alemán Harald Schumacher) trepane, eviscere y devore a su víctima en el terreno de juego, como lo haría el león con la cebra descuartizada. Pero tampoco se esperará de él compasión. Quien perdona, pierde. En un torneo donde está en juego la corona mundial, cada contendiente será implacable con su rival. Si en mitad de una final dramática, uno de los dos equipos comenzase a pensar en términos de identificación cordial con su adversario, si empezase a derretirse en un rapto de compasión budista, caritas cristiana o commiseratio spinozista, podría -y aun ello es dudoso- hacerse acreedor a la Medalla Albert Schweitzer, pero una cosa es segura: ¡jamás ganará el campeonato mundial! Peor aún: la “filantropía” de su gesto sería eminentemente cuestionable: el jugador no solo se representa a sí mismo: representa a un país, una colectividad que no se contentará con otra cosa que el triunfo (ojalá tan abultado como sea posible) de su equipo. Si el jugador quiere dedicarse a acciones de beneficencia, que las haga en tanto que individuo, no como parte de un ejército cuya única consigna es ganar. De lo contrario, su enternecedora actitud de clemencia constituiría una traición para aquellos -millones de personas- que esperan de él absoluta frialdad al ejecutar al rival caído. La lid deportiva presupone, así pues, una suspensión del acto de identificación cordial con el otro. No hay lugar para la misericordia. Una suspensión -repito- codificada, ritualizada, y contenida en ese espacio acotado que es el terreno de juego, pero suspensión al fin. Tendrá que actuar como… ¡No como un depredador de la jungla: el león no es cruel, puesto que tampoco es capaz de concebir la clemencia y, por consiguiente, ignorarla! ¡Actuará justamente como un ser humano -el animal dénaturé de Vercors- que, dotado de la capacidad de identificación con el prójimo, debe entrenarse para desprogramarla de su sistema por espacio de 90 minutos, ejerciendo violencia sobre sí mismo, activando esa ética del gladiador que es la negación misma de la ética deontológica kantiana! ¡Por principio, solo puede renunciar a este sentir una criatura que sea capaz de experimentarlo! Así que la ética guerrera del deportista, lejos de representar una regresión al estado de natura, una concesión a nuestros animales atavismos, de retransformarnos en el “homo homini lupus” de Hobbes, reafirma nuestra especificidad humana, como criatura que puede integrarse libremente al juego de la identificación - desidentificación, según la coyuntura: efectiva o lúdico - simbólica. La compasión -¡atención: no confundirla con el respeto!- es improcedente en el ámbito deportivo -en cualquier actividad regida por el principio de la competencia-. Humilla más a su rival un equipo que, pudiendo meterle 10 goles, le “evita” clementemente el escarnio anotándole tan solo 3, y dedicándose luego a bailarlo, sin rematar a marco. Mil veces más perverso, más denigrante.

Hay una excepción que quiero, sin embargo, mencionar. Pertenece al mundo del boxeo, no del fútbol. En octubre de 1980, Muhammad Alí reemergió a la luz pública después de dos años de retiro para procurar un cuarto título mundial de los pesos completos -proeza sin precedentes- contra un Larry Holmes siete años más joven, y en la cima de sus poderes. Incentivado por los ocho millones de dólares que significaría el combate, Alí convino en subir al cuadrilátero… Una pelea que jamás debió de haber sido. Alí ya mostraba síntomas de un Parkinson incipiente (su alocución era confusa y divagante, se extenuaba después de trotar dos kilómetros, no era capaz de tocarse la punta de la nariz con el dedo índice). Todos quienes amamos a Alí, vimos la pelea con amargura profunda. El legendario comentarista Howard Cossel, después de los dos primeros asaltos, observó, lúgubremente: “esto no anda nada bien”. Un genio declinante del boxeo contra un muy buen púgil en el pináculo de sus facultades. Alí, que nunca había sido noqueado, no reasumió el combate después del décimo round, con lo cual Holmes ganó sin dificultad. Pero lo más conmovedor del combate es la manera en que Holmes -antiguo sparring, amigo entrañable y, en muchos aspectos, discípulo de Alí- pidió en diversas ocasiones la suspensión de la contienda y, pudiendo infligirle a Alí una paliza devastadora, le ahorró la humillación, absteniéndose de maltratarlo más de la cuenta. Dada la inmensa jerarquía de Alí, el gesto de Holmes es comprensible. Pero si hubiera sido un miserable, a buen seguro se hubiera ensañado contra el triple campeón mundial. Lo cuidó, lo preservó de una masacre que hubiese sido demasiado fácil, y en un gesto de hidalguía ejemplar, dejó que él abandonase la pelea, sin derribarlo cuando pudo haberlo hecho. He ahí una instancia en que la reverencia por una figura mítica lleva a un contrincante -en un mejor momento de su carrera- a actuar con compasión. Un bello gesto ético, que no puedo abstenerme de narrar. Como decía Corneille -frase que toma de Séneca-: “Triunfar sin peligro es vencer sin gloria”. Holmes no quiso “triunfar sin peligro” y, por lo tanto, “sin gloria”. Prefirió respetar a su rival y héroe de toda su vida, y ofrecerle una salida honrosa del cuadrilátero. Como si esto fuera poca cosa, se acercó a Alí y en su esquina le dijo: “Tú serás el eterno campeón. Todo lo que sé de boxeo lo aprendí de ti. Esta pelea no tiene ninguna importancia. Eres y serás siempre mi héroe”.


Pero como decía, esta es una excepción. Por lo demás, el deporte es ruthless, despiadado, y conviene recordar que, no por civilizada, deja una guerra de ser guerra. En lo esencial, la ética del deporte es una ética nietzscheana: es normal, saludable, deseable que el más fuerte prevalezca: la vida buscará siempre expandirse -Lebensraum-, expresarse con un máximo de plenitud: el fuerte aplastará al débil y -dentro del código de honor que el deporte supone- no hay lugar para la compasión: la “moral del señor” se impondrá sobre la “moral del vasallo”. ¿La compasión? ¿El llamado a la caridad, la apología de los “pobres de espíritu”, los enfermos, los leprosos, los mendigos, los seres valetudinarios preconizada por el cristianismo? No sería otra cosa que una especie de “manifiesto” con que los débiles pretenden formar frente común para protegerse del justo imperio de los fuertes. Mutatis mutandis, y con los ajustes del caso, la ética del deportista -atemperada por conceptos como la caballerosidad, el fair play, la nobleza, el respeto a la integridad física y psíquica del rival- obedece, en lo sustantivo, a una concepción nietzscheana del mundo. Es la ética del guerrero, no la del buen samaritano o el monje mendicante, descalzo, enfundado en su tosco sayal, que recorre los caminos de la tierra para socorrer a los desposeídos: no tiene caso engañarse al respecto, maquillar, cosmetizar los hechos. Es Der Wille zu Kraft (“la voluntad de poder”, y la conquista y expansión del Lebensraum (“espacio vital”), ambos, conceptos nietzscheanos.




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