La columna de Jacques Sagot | Un lirio en el pantano.


Jacques Sagot.


Para comenzar la semana, una bella historia que les calentará el corazoncito.  Cuando, a los 19 años de edad, Darío fue encarcelado por enésima vez, no había aún jugado un solo partido de fútbol.  Allí, un funcionario de la prisión convenció al ladronzuelo para que utilizase su pasmosa capacidad de salto -que había depurado escalando paredes y escapando de la persecución de los policías- para superar por alto a los defensas en los campos de fútbol. “Jugué mi primer partido en la cárcel” -recordaba Darío-.  


Entonces, el carioca criado en la miseria juró que le imprimiría un giro radical a su vida… pero sólo tras haber cometido un último delito.  Asaltó a dos personas para obtener unas monedas y con ellas compró un balón de fútbol.  Se dedicó a entrenar como un poseso.  Su salto, su agilidad, su escurridizo, inatrapable zigzagueo de carterista le convirtió en un temible delantero.  Resultó ser una decisión providencial: Dadá “Maravilla”, estrella del Atlético Mineiro -y banca de la inigualable Selección Brasileña que ganó la Copa Jules Rimet en México 1970- se retiró como el segundo máximo anotador de goles de cabeza, tras el legendario húngaro Sándor Kocsis, y como el cuarto mayor goleador de la historia del fútbol brasileño.

  

Impresionante, como a punta de andar driblando policías, un chico de la calle puede convertirse en un legendario driblador de defensas.  Yo no hubiera querido tener que “marcarlo”, ni en la calle ni en el terreno de juego.  Pero lo hermoso de esta historia de vida es cómo un  ser humano puede transformar sus destrezas adquiridas en el mal, para convertirlas en virtudes al servicio del bien.  Es como un proceso alquímico: por un lado entra todo el lodo y la bazofia, y por el otro sale el codiciado oro futbolístico.  Los seres humanos tenemos esa facultad: la transmutación del mal en oro.  Más que suprimir el mal, podemos intentar transformarlo en un producto cultural más o menos valioso, algo de lo que el mundo entero pueda disfrutar.  Darío no solo triunfó deportivamente: su triunfo es también ético, moral, espiritual.  Darío se derrotó a sí mismo (su parte de Mr Hyde), derrotó todo cuanto en él era ruin y censurable, y  nos regaló cantaradas de belleza futbolística.  Ojalá todos los jóvenes delincuentes de este mundo hicieran lo mismo.  Hace falta mucho coraje y mucha determinación, para derrotarse uno a sí mismo (derrotar su faz en sombra, su rostro oculto, ese rincón donde habitan nuestros demonios, nuestros fantasmas).

 

Hoy en día “Dadá maravilla” -como le llaman en Brasil- es un hombre de 76 años de edad, que devana la madeja de su apacible vejez, y recuerda con agridulce melancolía sus años de gloria en el fútbol de su país, donde militó en el Atlético Mineiro, el Flamengo, el Internacional de Porto Alegre y el Paysandú, entre otros cuadros de inmensa prosapia.  Es un viejo adorable y simpatiquísimo, cuya mirada no ha perdido el fulgor de malicia de sus aventureras mocedades, esa juventud en la que con igual donaire aprendió a “bailarse” a los policías en las calles como a los defensas sobre los terrenos de juego.  En el campeonato mundial México 70 jugó en dos partidos, como banca del inmortal Tostao, pero no tuvo ocasión de anotar. 


Ahí la tienen.  Sí, es una bella historia.  Pero no puedo proponerla como paradigma, no puedo decir: “sí, conviene ser miserable y además dedicarse a la delincuencia, para hacerse encarcelar, y toparse en el presidio a una paternal figura que va a enrumbarnos por la senda del bien y del éxito deportivo”.  No, no puedo “recomendar” tal cosa.  El fútbol -el deporte en general- cuenta con un nutrido repertorio de heart warming stories de este jaez.  A lo sumo, demuestran que, muy ocasionalmente, una bella flor puede brotar en medio del más pestilente pantano.  Un pantano que, por lo demás, no es un buen hábitat para el ser humano, y del cual conviene por todos los medios alejarse.  Esa es la verdadera moraleja. 


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