La Columna de Jacques Sagot | “Las barras belicosas: lo que el borracho es al vino”

Actualizado: 3 ago




Jacques Sagot


    El imaginario bélico en los estadios degenera -regresa- en pura barbarie, cuando los cantos en las tribunas se contaminan de racismo, xenofobia, homofobia, misoginia o sexismo.  Los hooligans ingleses responsables de la Tragedia de Heysel (el 29 de mayo de 1985 la barra del Liverpool aplastó a la de la Juventus en la final de la Liga de Campeones, con un saldo de 39 muertos y 600 heridos).  Las “barras bravas” argentinas (el término nace en Buenos Aires, a principios de los sesenta), las “torcidas organizadas” brasileñas, los tifosi italianos -que, de conformidad con el imaginario bélico, usan los escudos de armas y signos heráldicos que se remontan al Renacimiento y la Edad Media-, “Los de abajo” y “La garra blanca” chilenos, las “ultras” de varios equipos europeos, son todas, producto típico de las sociedades industriales, con barrios marginados, contrastes sociales marcados, y acceso directo al alcohol y las drogas.  


El fenómeno de las barras obedece a un principio fácil de determinar: la desesperada necesidad de filiación que padece, en nuestros días, el ser humano.  Pertenecer a “algo”, sentirse legitimado por un grupo social: un antídoto apenas ilusorio contra nuestra soledad esencial, contra el sentimiento de “separatidad existencial” (Fromm).  Todo esto está sustentado por un postulado muy simple: nada mejor, para crear “cohesión” y “consenso” en una sociedad dividida, que “inventarse” un enemigo común.  En un Río de Janeiro atenazado por la miseria de las favelas, todos los torcedores del Flamengo constituirán bloque contra los del Fluminense.  Una ilusión de solidaridad, de unión.  


Partimos de dos principios.  Primero: “el amigo de mi amigo es mi enemigo” -insostenible, por cuanto nos sentiremos traicionados-.  La tensión impedirá toda cohesión posible.  Segundo: “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”.  Este apotegma -inversión del anterior- restablece el equilibrio, y torna posible la convivencia.  Es sobre el segundo axioma que se consolidan las barras. La psicología de masas ha estudiado bien este punto.  Nada mejor para unir a un pueblo, que la amenaza de un enemigo común.  Es el viejo truco de que los sátrapas nicaragüenses se han siempre servido: tan pronto su pueblo está por defenestrarlos, se improvisan algún conflicto fronterizo con Costa Rica, y hasta ahí llegó la rebelión: el enemigo común les hará reencontrar un falso, espurio y fugaz sentimiento de nacionalismo, de unidad y de solidaridad alrededor de su dictador de turno.  Los propios seres humanos, considerados a nivel planetario, si estuviésemos ante la inminencia de una invasión alienígena, ¿no olvidaríamos todas nuestras diferencias religiosas, políticas, sociales, ideológicas y filosóficas, para repeler al invasor haciendo frente común?  Esa es la historia del mundo.  Todo se estructura en torno a la ecuación “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”.  Cierto desde el paleolítico superior. 


En sus más perversas manifestaciones, las barras constituyen la faz en sombra del deporte, su licántropo, su Mr. Hyde.  El Ajax de Ámsterdam -estamos hablando de mediados de los setenta, no ciertamente de las años de la preguerra- era objeto de invectivas racistas inimaginables.  Sus adversarios, sabedores de que en el equipo militaban varios jugadores judíos (Cruyff siendo el más conspicuo de ellos), y de que el cuadro estaba asociado a la comunidad judía neerlandesa, gritaban “¡Hamas, Hamas, los judíos al gasssssss!”, en lo que pretendía ser una rima inconcebiblemente grotesca y cruenta.  Cuando no invocaban a Hamas, se limitaban a emitir un silbido colectivo que imitaba el aterrador sonido de las cámaras de gas de los Lager de Auschwitz, Treblinka, Dachau, Theresientadt.  El estadio se llenaba de aquel siniestro fonema: “ssssss”, cual el bisbiseo de una serpiente…  El Ziklon B, un gas de cianuro absolutamente letal, que el “médico” Josef Mengele implementó en las cámaras de Auschwitz Birkenau a fin de acelerar el proceso de exterminio de los prisioneros.  Es cosa que escapa a mi comprensión.  De hecho, me niego a intentar comprenderla, toda vez que ello supondría un esfuerzo de justificación -declarar que algo es justo-, y no veo cómo sería tal cosa posible.  


A partir de 2002 la FIFA creó sus Jornadas contra el Racismo, y más recientemente, una División contra el Racismo.  El artículo 3 de sus estatutos reza: “Está prohibida la discriminación de cualquier país, individuo o grupo de personas por su origen étnico, sexo, lenguaje, religión, política o por cualquier otra razón, y es punible con suspensión o exclusión”.  Blatter procuró endurecer las sanciones estipuladas por el código disciplinario de la FIFA contra el racismo, pero es un hecho que tales prejuicios siguen manifestándose prácticamente en todas las ligas del mundo -de manera particularmente insidiosa, en Europa y América-.  Corruptio optimi pessima est: la corrupción de los mejores es la peor.  Es en los países más “civilizados” del mundo donde se cuenta con instrumentos más refinados, más perversamente sofisticados para ejercer la agresión, la tortura, el genocidio.  Cuanto más “educados” somos, más eficaz es nuestro ejercicio de la barbarie.  La Segunda Guerra Mundial no se originó en Uganda.  Fue promovida por el país a la sazón más educado del mundo, la patria de Bach, Beethoven, Brahms, Goethe, Hölderlin, Schopenhauer, Mann, Hesse… Es un hecho que debería movernos a la reflexión.


Las barras belicosas son el producto de los siguientes factores: 1- la miseria extrema; 2- la consecuente marginación social de los grupos más menesterosos; 3- el acceso fácil al alcohol, las drogas y las armas (¡y recordemos que arma puede ser casi cualquier cosa!); 4- las políticas educativas del país, que han fracasado en inculcar a los estudiantes el primerísimo de los valores: el respeto a la integridad psicofísica del otro; 5- venenos ideológicos como el racismo, la xenofobia o el sexismo; 6- ese tipo de vago malestar social generalizado, no correctamente formulado, de los ciudadanos con sus gobernantes: ello genera ira, y esa ira estalla en espacios acotados, como los estadios.  El ciudadano se siente estafado, cree que le han tomado el pelo, o se da por directamente agredido.  Después de décadas de acumular este tipo de sentimientos, las barras bravas brotarán como un fenómeno sintomático de malestares mucho más profundos que la sanción o no sanción de un penal.  Su efecto puede ser maremótico, y no es mucho lo que las fuerzas de seguridad pueden hacer, cuando una marejada de aficionados aplasta y asfixia a la otra contra una de las paredes del estadio.  La policía tiende a ser muy eficaz afuera, pero no tanto en las grescas intra muros.


¿Pueden los futbolistas “educar” a sus barras?  Sí, pero hace falta para ello el talento, el carisma y la fineza psicológica del brasileño Sócrates.  ¡Ah, qué personaje, este inmenso ser humano, mezcla de crack deportivo, hombre de ciencia, artista, bohemio, trovador, pensador y activista político!  Después de una derrota inopinada de su equipo, el Corinthians, la torcida amenazante se posicionó frente a la salida de los jugadores, y estos tuvieron que permanecer por más de dos horas en “estado de sitio”.  Por fin, evacuaron el estadio escoltados por la fuerza pública.  Pero sucedió que en los siguientes partidos, Sócrates se abocó a marcar goles como un poseso, muchos de ellos en cobros de tiros libres.  Y lo más desconcertante de todo: se negaba a festejarlos.  Permanecía impasible en el terreno de juego, limitándose a lo sumo a levantar el brazo con el puño cerrado (el signo de la “democracia corinthiana”).  La afición, que estallaba extática con sus anotaciones, no comprendía la actitud del jugador.  La circunspección, la severidad y autocontrol de Sócrates constituían un enigma para todo el mundo: ¡eran goles dramáticos, anotados en instancias decisivas, y además espectacularmente ejecutados!  ¿Cómo era posible que el astro no los celebrara con su torcida?  


Por fin, Sócrates rompió su silencio: “Hace un mes nos querían linchar porque perdimos un partido, ¡y ahora esperan que yo celebre con ustedes mis goles!…  Las cosas no son así.  La afición tiene que aprender a ser paciente y tolerante.  ¿Ustedes creen que yo me voy a conformar con un amor que depende exclusivamente de cuántos goles marque, y que esté condicionado por mi rendimiento en el terreno?  ¡Eso no sería amor, y no lo acepto!”  La torcida corinthiana entendió el mensaje.  En lo sucesivo fue más comprensiva con las intermitencias del equipo, y Sócrates volvió a festejar con la afición sus magníficos goles.  

 

El “Magrao” reivindicó su derecho al amor incondicional por parte de la torcida.  La modeló, la esculpió, le dio forma, la pulió hasta que se sintió satisfecho con ella.  Un genio de su calibre puede “soñar” y “crear” a su afición.  Tornearla como si de arcilla se tratase.  Educarla, en suma.  Sócrates habló, y fue escuchado.  Transformó la Hidra de las mil cabezas en una compañera equipotencial, solidaria y cooperativa.  Un inmensurable triunfo humano.  Todo un libro sobre la psicología de masas podría escribirse, con esta historia.  ¿Quién podría reeditar la gestión de Sócrates, hoy en día?  Resta hablar de ese exitosísímo proceso expansivo político que fue la “democracia corinthiana”, obra suya que tan poderoso impacto habría de tener en la sociedad brasileña, pero ese es tema para otro texto. 

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