La Columna de Jacques Sagot | “El partido más doloroso de mi vida”

Actualizado: 22 ago



La “batalla de Sevilla”.  Campeonato Mundial España 1982, Estadio Sánchez Pizjuán, partido de semifinales Alemania - Francia, 8 de julio.  Monumento al fútbol, este choque se cuenta entre los más bellos partidos en la historia del torneo.  


“Ese fue mi más hermoso juego.  Lo que sucedió esa noche encapsula todos los sentimientos de la vida misma, ninguna película podría plasmar tantas contradicciones y emociones, fue muy fuerte, fue fabuloso” -son las reminiscencias de uno de sus héroes, Michel Platini-.  


Marcador 1-1 al final de los 90 minutos.  Tiempos de alargue.  Cuatro goles, dos por bando, para un marcador final de 3-3.  Francia llegó a estar encima por 3-1, pero para vencer a los alemanes es preciso matarlos en el terreno de juego.  Pese al superior nivel técnico del cuadro galo, la pujanza teutona logró arrancar el empate.  Platini, Trésor y Giresse marcaron para Francia; Littbarsky, un lesionado pero indoblegable Rummenigge -que entró de cambio para arengar a sus tropas- y Fischer lo hicieron para Alemania.   


Sí, bello, bello partido…  Únicamente ensuciado por la falta criminal, potencialmente homicida del portero alemán Harald Schumacher.  Bossis a Tigana, Tigana a Platini, este -magnífico lanzamiento- a Battiston, que llega a disputar la pelota aérea con la maza de demolición alemana.  Schumacher sale, y con toda la fuerza de su cuerpo -los jugadores corrían a gran velocidad en dirección contraria- impacta a Battiston con la cadera y el codo.  El francés queda inconsciente, y es retirado del terreno de juego.  Dictamen médico: conmoción cerebral, rotura de una vértebra, y dos dientes menos.  El “árbitro” holandés Charles Corver ni siquiera amonestó a Schumacher.  Es el tipo de agresión que, hoy en día, le hubiera costado penal, expulsión inmediata, y suspensión por varios meses, si es que no años.  


Antes de que Battiston saliera del terreno de juego en camilla, Platini le besó la mano y le dijo algo al oído.  Jamás quiso revelar su mensaje.  Su compañero, de toda suerte, no lo habría comprendido: era un cuerpo inerte y comatoso.  Y es así como un asesino serial disfrazado de futbolista, de consuno con un silbatero incalificable, logró llegar ad portas de ser campeón mundial (Alemania se impuso en los penales: Stielike por los germanos, Six y Bossis por Francia, fallaron sus cobros).  Pero la porquería no termina ahí.  Cuando Francia ganaba 3-1, el gol de Rummenigge (magnífica definición, en una posición muy incómoda) que acorta distancia a 3-2, tiene lugar después de dos faltas cometidas contra Giresse y Platini, en la génesis misma de la jugada. Ninguna fue señalada.  


El arbitraje de todo el certamen fue, a decir verdad, deplorable.  La zarzuela protagonizada por el ruso Miroslav Stupar, que anuló un gol de Giresse, en el partido Francia - Kuwait (4-1), después del insólito ingreso al terreno del jeque árabe Fahad Al-Ahmed Al-Jaber Al-Sabah, hermano del emir de Kuwait, presidente de la Asociación de Fútbol de su país, y estampa sacada de Las Mil y Una Noches; la complicidad de los árbitros Nicolae Rainea (rumano) y Abraham Klein (israelí) con esa licuadora de patadas que era el defensa italiano Claudio Gentile (no hacía honor a su apellido), eviscerando, trepanando, desmembrando y deglutiendo a Maradona y Zico en los partidos de la Azzurra contra Argentina y Brasil, respectivamente.  Y hubo más, mucho más.  Ya hablaremos de ello.  


De toda suerte, Alemania se convirtió, en Sevilla, en el primer equipo que llegaba a una final en definición por penales.  Otros vendrían después.   Como decía Gary Lineker, “el fútbol es un deporte inventado por los ingleses, en el que veintidós hombres corren detrás de una pelota, y siempre gana Alemania”.  


Battiston declara que todo lo que en su mente queda del partido es una “nube”, una serie de borrosas visiones, como contempladas desde el fondo de una piscina, silenciosas e irreales, suspendidas en un estado alterado de la conciencia: después del golpe, no recuerda absolutamente nada.  “Vi un bulto negro que cargaba contra mí, y eso fue todo”.  El “bulto negro” no era otra cosa que el psicópata de Schumacher.  


Platini ha visto el video del partido varias veces, y siempre lo detiene cuando Francia va arriba por 3-1.  Giresse declara que Francia perdió -en realidad, empató- por haberse mantenido fiel a su estilo, a su prurito del buen tratamiento del balón, a la pulcritud estética del juego.  Así las cosas, Francia no podía sino perder: en una confrontación entre poetas -o bailarines, quizás coreógrafos- y gladiadores, siempre prevalecerán los segundos.  


Esa noche, en Sevilla, no se enfrentaron únicamente dos equipos, sino dos concepciones radicalmente diferentes del fútbol.  Dos estéticas y dos éticas antinómicas (aunque lo de Alemania bien podría ser visto como una antiestética y una antiética).  Por un lado el “Preludio a la siesta de un fauno” de Debussy, por el otro la “Cabalgata de las valquirias” de Wagner…  El desenlace era inevitable.


No perdió Francia: perdió el fútbol.  Perdió la inmensa e inmaculada noción de justicia en el terreno de juego.  Perdieron la honestidad y el fair play.  Perdieron “los buenos”.  Ganaron los villanos, y lo hicieron de manera execrable, odiosa, indignante.  Favorecidos por un sopla-pitos aliado con la violencia, la marrulla y el juego perverso y bajuno.  Alemania logró el empate mordiendo, zancadillando, empujando, agrediendo, masacrando físicamente a un rival que era vastaamente superior en el plano técnico.  


Uno de esos partidos que duelen toda una vida.  Confieso que jamás he logrado obligarme a verlo una segunda vez.  Me vuelve a ganar el coraje y la indignación que experimenté cuando era un tonto y exaltado teenager de diecinueve años de edad.  Ese día entendí -fue una especie de desvirgamiento ético- que no siempre gana el mejor, que la excelencia no es siempre recompensada, que el juego sucio, barriobajero, puede ser inmensamente redituable, que Dios no juega al fútbol, y que sus ángeles evidentemente no corren al rescate de los héroes.  Por encima de todo, descubrí que como diría Borges, “hay derrotas infinitamente más honrosas que la victoria”.

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