La columna de Jacques Sagot | ¡Con estas cosas no se juega!

Comparen los códigos gestuales, las expresiones, la retórica, el tono mesiánico, exaltado, apocalíptico de los fanáticos religiosos y de los fanáticos deportivos: ¡las similitudes son alarmantes!  Misma intransigencia, belicosidad, psico-rigidez, vociferaciones, y pretensión del monopolio sobre la Verdad (¡la pobre, siempre secuestrada!)  Mismos trances de exaltación colectiva, contagioso fervor, estados de conciencia alterada, reacción en cadena: el equivalente humano de la fisión del núcleo de un átomo de uranio-235: el bombardeo de neutrones libres que fracturan, a su vez, otros núcleos, y generan una incontrolable hecatombe exotérmica.  Es una violencia de crecimiento exponencial y geométrico.  Bien conocidas son las masacres colectivas que ciertas sectas “religiosas” han ocasionado.  Quizás valdría la pena refrescar la memoria de las gentes en lo que atañe a los cataclismos de origen futbolero.


   Fácil se nos vienen a la mente las imágenes de la catástrofe de Heysel (Bruselas, 29 de mayo de 1985).  Recibió amplia cobertura mediática, vendió periódicos, y es aún relativamente reciente.  Se jugaba la final de la Copa de Campeones de Europa.  Los hooligans del Liverpool aplastaron y asfixiaron a los aficionados de la Juventus.  Treinta y nueve personas perdieron la vida y seiscientas quedaron heridas.  El partido debió haber sido suspendido y prorrogado.  Pero claro está, el mercachifle y cleptócrata de Joseph Blatter decidió unilateralmente que el encuentro tuviese lugar.  Mucho era el dinero que los canales de televisión del mundo entero habían pagado para transmitir en vivo el evento.  Y fue así como, en una macabra escenografía digna del Infierno de Hieronymus Bosch, ambos cuadros tuvieron que saltar al terreno de juego mientras al borde de la cancha yacían, cubiertos por blancas mantas, los cadáveres de las víctimas.  ¿Cómo pudieron los jugadores siquiera mantener la concentración?  Es cosa que no alcanzo a explicarme.  Finalmente se impuso la Juventus por 1-0.  La imagen de aquel terreno sembrado de cuerpos rígidos envueltos en sus provisionales sudarios fue obscena, ofensiva, tétrica, el gesto de peor gusto que la historia del fútbol ha jamás ejecutado.


Y lo más terrible de todo: la tragedia de Heysel aconteció apenas dos semanas después de la catástrofe de Valley Parade, en Bradford, Inglaterra.  Se dirimía el ascenso a la segunda división de los equipos de Lincoln City y Bradford City.  Los hinchas de uno de los dos cuadros desencadenaron un incendio en las graderías (llenas de basura y viejos andamios de madera) que, en cuestión de cuatro minutos, hizo colapsar la totalidad de la estructura.  Los aficionados no pudieron escapar porque, a fin de evitar que se colasen los hinchas sin pagar sus boletos, las puertas habían sido cerradas con pesadas aldabas.  Murieron, víctimas de la hipoxia y las quemaduras, cincuenta y seis personas, y más de trescientas quedaron gravemente heridas.


Tanto el Estadio de Heysel como el de Bradford City fueron demolidos, y no perviven en la memoria de los aficionados más que como fuliginosos fantasmas, estremecedores mementos mori, recordatorios de la vesania y la agresividad humana.  De la potencia destructiva inherente a todo fanatismo: el deportivo como el político o el religioso.


Pero déjenme decirles que estas fueron apenas reyertas de Kindergarten comparadas con la ya por desgracia olvidada degollina del Estadio Nacional de Lima, acaecida el 24 de mayo de 1964, al final de un partido entre Perú y Argentina: trescientos veinte muertos y ochocientos heridos, todo ello intra muros, dentro del espacio acotado del estadio.  El árbitro anuló un gol de Perú en el minuto 41 del segundo tiempo.  Con esta anotación, el cuadro anfitrión hubiera calificado para los juegos olímpicos de Tokio.  La barra local invadió la cancha, y luego todo se convirtió en un incoercible pandemónium.  La gente ya no recuerda ni habla de este brutal Armagedón.  El fútbol, como todos sabemos, no tiene historia ni memoria, es amnésico, y solo vive del hic et nunc (el aquí y el ahora).  Por eso persiste en repetir sus errores.  Y al dictum popular de que “errar es de humanos”, hemos de ripostar con el también popular refrán: “reincidir en el error es satánico”.


Más cercano a nosotros, tanto en el tiempo como en el espacio, tenemos el horror del estadio Mateo Flores, Guatemala, donde el 16 de octubre de 1996 ochenta y cuatro personas murieron aplastadas, víctimas de una avalancha humana, producto de la sobreventa de entradas.  Doscientos heridos lograron sobrevivir a la hecatombe.  “No hubo forma, por increíble que parezca, de que alguien abriera la malla con algún instrumento, de que la botaran: nadie encontró la llave del candado para abrir la puerta de emergencia” -recuerda el entonces narrador Kristian Mora-. Guatemala enfrentaba a Costa Rica en el proceso clasificatorio rumbo al mundial Francia 98.  “Lo más duro era ver lo que estaba pasando y no poder hacer nada” -añadió el exfutbolista Rolando Fonseca, quien iba a ser titular aquel fatídico miércoles-.  Pero siquiera en esta oportunidad se hizo lo procedente, lo humano, lo decente: declarar tres días de duelo y reprogramar el partido para más adelante.  Fue una decisión conjunta de los presidentes Álvaro Arzú y José María Figueres, presentes en el estadio la noche de la tragedia.  Recuerdo, como si lo estuviese viendo, al técnico brasileño de la Tricolor, Valdeir “Badú” Vieira, llorando de impotencia ante al apilamiento de los cuerpos sobre la pista del estadio. 

  

El torcedor de la barra brava es al fútbol lo que el borracho es al vino: degrada y envilece algo inherentemente noble y hermoso (el vino y el deporte).  Un espécimen que le ha causado al mundo marejadas de dolor.  Su erradicación de los estadios es, al día de hoy, y por encima de cualquier galardón, la meta inmediata más importante de nuestro fútbol.  Aplaudo la decisión de los clubes que han prohibido a estas hordas criminales la entrada a sus estadios.  Soy enfático: nuestras autoridades deben revisar las letras de sus himnos guerreros: algunas de ellas tienen contenidos muy peligrosos.  Supremacistas, racistas, belicistas: por poco se dirían producto de la Italia fascista o de la Alemania nazi (¡y así son transmitidos en programas de radio y televisión!)

  

Es imperativo que nadie le alquile medios de transporte a estas hordas de psicópatas y vándalos.  Pese a su apariencia anárquica, están rigurosamente jerarquizados, tienen estructuras internas con niveles de mando bien definidos.  Constituyen engranajes delincuenciales perfectamente organizados.  Sus miembros juran lealtad a sus jefes y actúan según la “ética” de las pandillas gangsteriles, de manera cohesiva, con lenguaje corporal bien codificado, lemas guerreros, y ritos específicos.  Por su modus operandi, en mucho se asemejan a las maras de Guatemala, El Salvador y Honduras.  El grafiti que estos rufianes dejan inscritos en las paredes de la ciudad ya utilizan símbolos y lemas mareros fácilmente descodificables.  


Amigos, amigas: que la decisión de detener el carcinoma no se limite a unas cuantas fechas: hay que extirpar el tumor del organismo social ya mismo, antes de que genere metástasis.  Más fácil prevenir una patología social que revertir un proceso degenerativo ya generalizado.  Por una vez, hemos de actuar ante facto, no post facto, asumir una actitud profiláctica y preventiva.  Con estas cosas no se juega.      


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