La columna de Jacques Sagot | Ajedrez y voluntad de poder

Actualizado: 10 oct

Jacques Sagot


Peón cuatro de rey.  Los relojes han sido puestos en marcha, y comienza a correr la sangre sobre el tablero.  Los sesenta y cuatro escaques de la misteriosa cuadrícula serán el campo de batalla donde los dos contrincantes se trenzarán durante horas en la contienda sin tregua y sin misericordia de sus simétricas armadas.  Duelo de voluntades, esgrima del intelecto, sublimación espléndida de la sed guerrera del hombre, transformada en lúdica lid, en juego de apariencia engañosamente inofensiva. 


La atroz violencia sicológica del ajedrez.  Esa insidiosa crueldad con que el jugador ejerce su supremacía táctica, esa refinada perversidad con que procede a ejecutar a su rival en el final de juego, son elementos que en vano buscaremos en ningún otro deporte.  A su lado el rugby y la lucha libre, con toda su explosiva visceralidad, adquieren un aire poco menos que caritativo.  Porque la derrota del intelecto es infinitamente más humillante que la derrota del cuerpo, y acarrea para quien la padece una especie de muerte sicológica que ningún otro deporte inflige a sus perdedores.  “Para un jugador de mi nivel, perder una partida equivale a morir” -es la estremecedora confesión que nos hace Anatoly Karpov, campeón mundial entre los años 1975-1985-.


Los jugadores están frente a frente.  Los ceños fruncidos, los labios contraídos, crispados los músculos, como fieras prestas al salto.  ¡Cuánta ferocidad, bajo esa máscara de afable urbanidad que el sombrío cavilador esgrime para estrechar la mano de su rival!  Cada jugador guarda bajo doble llave sus pensamientos, y adopta una actitud inescrutable de esfinge, mientras intenta leer sobre el rostro de su adversario las íntimas reacciones que sus jugadas van provocando.  Miradas que horadan la piel y taladran los huesos, ojos que se abren paso hasta el sanctasanctórum del rival para descifrar su estrategia y conjurar sus designios.  El puño viril de la razón intenta entretanto domeñar el nerviosismo, la ansiedad, el odio y la sed de venganza contra el rival. Tratar de mantenerse a toda costa en esa esfera indolora y desapasionada de la forma pura, de la fría abstracción: he ahí una de las claves sicológicas del combate.  Parafraseando el dicho infantil, el ajedrez es un juego donde “el que se enoja pierde”.  La supresión sistemática de la emoción es, no menos que en el caso del soldado o el gladiador, parte fundamental de la disciplina del ajedrecista.


Por un lado, los jugadores “posicionales”, como Capablanca, Petrosian y Karpov, cuyo juego, conservador e inocuo en apariencia, va envolviendo a sus rivales con la gradual, inexorable lentitud de una boa constrictora, y donde la asfixia de la víctima sobreviene como consecuencia de la acumulación de pequeñas ventajas parciales.  Por el otro, los jugadores “combinatorios” como Tahl, Fischer y Kasparov, cuyos sacrificios e intercambios fulgurantes de piezas abren el juego hacia perspectivas insospechadas, hacen trizas los libretos de sus rivales, y desafían las estipulaciones de la gris teoría.  Es el altísimo nivel de riesgo de sus jugadas lo que confiere al estilo de estos desmelenados espadachines esa atracción propia de los saltos mortales sin red de protección: la gloria vibra al unísono con la posibilidad del más estrepitoso desastre.  Fascinante, cómo aún en el ajedrez podemos discernir la pugna entre el temperamento clásico y el pathos romántico.  ¿Y qué decir de los eternos rivales, de los binomios inmortales: Alekhine y Capablanca, Botvinik y Smyslov, Spassky y Petrosian, Fischer y Spassky, Karpov y Kasparov, Carlsen y Anand, adversarios que, después de compartir cientos de horas frente al tablero, terminan por necesitarse el uno al otro, por amarse con ese amor que no es sino el reverso del odio más enconado y brutal?  “En el ajedrez no existen las rivalidades amistosas, tal cosa es inconcebible, una impracticable antinomia” -nos dice Anand-. 


Se dirá quizás que el ajedrez no es más que un juego.  Claro está. Todo lo que hace el ser humano -animal lúdico por excelencia- es en mayor o menor medida juego, así sea el amor, la guerra, el arte o los negocios. Conviene, sin embargo tener presente que no hay juego que pueda ser considerado mera y puramente tal.  Aun en el más inofensivo de los pasatiempos aflora de pronto alguno de los impulsos primarios de la naturaleza humana.  Es entonces cuando el juego se convierte en alegoría de conflictos profundos, de instintos atávicos e irreprimibles.  Es el magma que ruge en el subsuelo de la cultura, socavando sin cesar sus cimientos, y pugnando por abrirse paso a través de la menor fisura.


Como todo deporte, el ajedrez sublima el instinto de territorialidad y hegemonía física de los hombres.  Es, en última instancia, una manifestación más de lo que Nietzsche llamara “la voluntad de poder”, uno de los impulsos primordiales de la psique humana -y para el filósofo, la base misma de toda su metafísica-.  Resta averiguar si tal impulso no es, a su vez, síntoma apenas de un síndrome aún más profundo: la sed de amor. Los hombres creen codiciar el poder, cuando en realidad solo quieren ser amados.  Fama, riqueza y supremacía son trasuntos no más de su nostalgia de amor.  La necesidad que experimentan de ser admirados y aun temidos no es sino una manifestación, por demás torpe y patética, de este anhelo fundamental.  El poder, sí, pero el poder que confiere el amor: he ahí lo que en realidad ambicionan.  No el “amor” que confiere el poder (ese sería mero interés por parte de los querientes), sino el poder que confiere el amor.  Pero no nos vayamos ahora por estos andurriales, porque esto, mis pacientes lectores, será el tema de otro artículo.


El ajedrecista moviliza una inteligencia y sensibilidad esencialmente espaciales.  Por asombroso que parezca, es la misma inteligencia que esgrimen los futbolistas, los basquetbolistas, los bailarines, los coreógrafos y los navegantes de antaño.  El ajedrez tiene su lógica, pero no es, como muchos creen, una lógica matemática.  Los movimientos de todas las piezas son perfectamente arbitrarios: no hay en ellos nada que se parezca a la inexorabilidad matemática.  Un alfil no se desplaza diagonalmente de la misma manera en que 2 + 2 = 4.  Podría desplazarse de cualquier otra manera y el juego seguiría siendo practicable.  El ajedrecista detecta, pondera, combina relaciones espaciales.  Lo mismo hace el futbolista cuando arma una jugada ofensiva: mira sus “piezas”, percibe cuál de ellas está más libre o tiene mayor espacio de maniobra, y a partir de esa constatación construye su pared, su triangulación, o cualquiera que sea la opción ofensiva por la que se decante.  Es la dimensión intelectiva, no técnica o atlética del fútbol, la que aquí se revela.  Como decía Cruyff, el fútbol se juega, esencialmente, con el cerebro.  Pretender que se juega con las piernas es como sostener que el ajedrez se juega con las manos.


Los futbolistas tejen sobre la marcha del juego sus propias coreografías, y otro tanto hacen los ajedrecistas.  El espacio de un futbolista es de 120 x 90 metros cuadrados.  El de un ajedrecista es de 110 x 85 centímetros cuadrados.  Sobre ambos espacios acotados corre la sangre, el sudor, la sed de poder de los contrincantes.  En el ajedrez, las torres pueden ser comparadas a los defensas laterales del fútbol, que cuidan sus franjas y suben y bajan como pistones, raudos, pegados a la línea.  Por su variedad de movimientos y su tremendo poder ofensivo, la reina puede ser equiparada a un número 10 en el fútbol.  Los peones podrían hacer las veces de volantes de contención, de recuperadores de balones… parecen poco importantes, pero en realidad son la argamasa que sostiene toda una posición.  El rey es el portero, que por principio no puede ser vencido (sería el equivalente de un gol).  Y el caballo -fíjense ustedes cuán interesante- es la única pieza capaz de “driblar” rivales, de zigzaguear a lo Garrincha y burlar a sus defensas, puesto que en cada jugada se mueve en dos diferentes direcciones: transversal y lateralmente.  Como en el fútbol, el ajedrecista busca copar el “mediocampo”.  ¿Por qué?  Porque es en él donde sus piezas se potencian más: en el medio del tablero tienen más opciones de movimiento, no están asfixiadas por las “líneas de banda”.


Sí, amigos y amigas: la violencia psíquica del ajedrez es incuantificable.  Bobby Fischer, quien, en su avance de tsunami hacia el cetro mundial aplastó inmisericordemente a Taimanov (6-0), Larsen (6-0), Petrosian (6 ½ -2 ½) y Spassky (12 ½ - 8½) llegó a ser conocido como “el psicópata del ajedrez”.  Es un hecho perfectamente verificable: todo gran maestro que perdió ante él quedó profesionalmente esterilizado, jamás volvió a recobrar su autoconfianza y su nivel de juego.  Fischer los “asesinaba” psicológicamente.  Pudiendo “ejecutarlos” de manera expeditiva, se regodeaba a menudo infligiéndoles las muertes más lentas, imponiéndoles el jugo “del gato y el ratón”.  ¿Para qué?  ¡Pues para humillarlos, para hacer trizas sus egos, para forzarlos al retiro del ajedrez!


El ajedrez es un deporte por cuanto actividad competitiva, una ciencia por cuanto obedece a leyes prefijadas y de inexorable aplicación, un arte por cuanto convoca la imaginación y fantasía del jugador.  Y sí, señores y señoras: lo crean o no, el ajedrez puede ser profundamente poético.  Incontables son los grandes artistas -en particular los músicos- que lo han cultivado con fruición.


Solo una vez en mi vida tuve la oportunidad de jugar contra un gran maestro: el soviético David Bronstein, quien en 1951 empató contra el campeón del mundo Mikhail Botvinik por marcador final de 12-12 (en caso de empate, el soberano retenía el título).  Yo era un chiquillo entrometido de 11 años de edad.  Fue una exhibición de simultáneas, en la que Bronstein jugó contra un gran número de adversarios.  A mí me aplastó en 16 jugadas.  Pero lo que recuerdo de esta experiencia es la bonhomía y el espíritu pedagógico del gran maestro.  Después de terminada la exhibición, se sentó a mi lado y me mostró no menos de diez variantes que me hubieran permitido evitar el jaque mate.  Señaló cuáles habían sido mis errores, la endeblez de mi apertura comparada con la agresividad de la suya, y fue cariñoso, dulce, sonriendo constantemente, mientras me hablaba en un español casi perfecto.  A buen seguro le debe haber inspirado cierta ternura aquel chicuelo filiforme, tímido, renco, de aspecto frágil y, a todas luces, el nerdo que era y he seguido siendo durante toda mi vida.  David Bronstein murió el 5 de diciembre de 2006 a los 82 años de edad.  Fue, incuestionablemente, uno de los más grandes jugadores e innovadores teóricos del ajedrez de todos los tiempos.  A él dedico, con inmenso afecto y gratitud, esta reflexión y pequeña reminiscencia.


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