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Identificar al enemigo


Jacques Sagot


Es ingrata, la lid del deportista.  Una batalla mucho más ardua y compleja de lo que suponemos.  Un partido de fútbol no enfrenta a dos equipos de once hombres: son en realidad veintidós contra veintidós.  El jugador debe vencer a su rival físico, externo, tangible, ese que intentará por todos los medios -lícitos o ilícitos- deshacer lo que él proponga.  Pero como si esto fuese poca cosa, el guerrero debe también vencerse a sí mismo, vencer a ese parásito psíquico que lo habita: el impulso de autosabotaje, de autoboicot, “la sombra” de que hablaba Jung.  


Todo jugador debe comenzar por el vencimiento de sí mismo, de su mitad conspiradora, de su demonio interno, ese que le musita al oído: “vas a fallar el penal, y te van a linchar en tu país”, o “el puntero izquierdo te va a bailar una y otra vez, y vas a quedar reducido a la impotencia y el ridículo”, o “en el último minuto te van a meter un gol: lo presiento, lo huelo, lo sospecho, lo sé”.  Cuando estos súcubos del infierno se enseñorean de la psique del jugador, cuando lo enfeudan y colonizan, la partida puede darse por perdida.


Así pues, son once rivales en el terreno de juego… y un saboteador en el alma del jugador: doce enemigos en total.  El poder del contrincante interno es tremendo: nosotros mismos lo creamos, nos conoce mejor que los rivales físicos, y detenta “las llaves del reino”.  Es por mucho el más insidioso y difícil de domeñar.  Un verdadero caballo de Troya que nos conquista, invade y doblega desde adentro.


El mundo está lleno de futbolistas de primerísimo orden, que carecen del músculo espiritual para doblegar a su “sombra”, a su “fantasma”, y caen derrotados una y otra vez.  Son virtuosos del balón: nadie hay mejor que ellos.  Pero, ¡ay!, sufren de esa debilidad, esa falencia en su constitución psíquica.  Para ellos, enfrentar al rival físico es mil veces más fácil que controlar y silenciar al rival interno: son maestros de la autoderrota, de la autozancadilla, de la autoconspiración.  No llegarán lejos.  Son los esclavos de un demonio que se divierte martirizándolos y socavándolos moralmente.  Jugadores que –para invertir le expresión tradicional– son especialistas en el “arte” de arrancar una derrota de las fauces de la victoria.  Se rompen en los momentos decisivos.  La maestría sobre nosotros mismos: sin  ella seremos simiente de derrota.  Cierto del fútbol como de la vida.


Esta sombra, este demonio puede colonizar a todo un equipo, actuar de manera colectiva y contagiosa –nada tan contagioso como el miedo, la inseguridad, la vocación de autotormento– a todo un equipo, y hacerlo de manera transgeneracional, durante muchas décadas e incluso siglos.


  Es el “síndrome Cartago”: un cuadro que gana un campeonato cada ochenta y dos años.  Hay equipos que se “cartaguizan”: los seres humanos estamos programados para adquirir destreza y eficacia en todo cuanto practiquemos durante mucho tiempo.  Eso incluye la derrota.  Quien ensaya la derrota sistemática y disciplinadamente, terminará por convertirse en un maestro consumado en ella.  Cartago es un virtuoso del fracaso y el descalabro.  ¡Los han practicado durante ciento diecinueve años, desde la fundación del club, allá en 1904!  Es triste ver cómo un equipo tan distinguido como la Liga Deportiva Alajuelense ha comenzado a cartaguizarse: en la última década ganan con solvencia la fase clasificatoria… para luego derretirse en las finales.


Este síndrome no es privativo del fútbol.  El mundo del deporte está lleno de fantásticos jugadores que nunca alcanzaron la cima y la consagración universal porque no lograron domeñar su sombra.  En el mundo del ajedrez, Bronstein, Larsen, Keres y Korchnoi ciertamente tuvieron de sobra el nivel técnico para haber sido campeones mundiales.  De hecho, su juego podía ser más brillante, más innovador, más audaz que el de muchos monarcas canónicos en la historia de este deporte.  Pero en última instancia sucumbieron al fantasma de la autoderrota, se vencieron a sí mismos, perdieron la batalla contra ese “yo” que los habitaba, los parasitaba, los debilitaba insidiosamente.  Todo campeón mundial tuvo por rasgo común una enorme fortaleza psíquica.  Sin este componente, de poco sirve la excelencia en la teoría de las aperturas, la creatividad en el medio juego, los coups de génie en los finales de partida, toda la sapiencia táctica y estratégica del mundo.  Participaron en múltiples campeonatos, llegaron a las finales… e inexorablemente cayeron vencidos en los momentos decisivos.  Perdieron la batalla contra sí mismos.  


Apenas puedo imaginar fragilidad más trágica, más devastadora para un gran deportista: saber que tiene la materia prima para conquistar el cetro mundial, pero descubrirse víctima del “síndrome de Aníbal”.  Aníbal, sí, el rey y guerrero cartaginés, vencedor de mil batallas, que partió a la conquista de Roma con un ejército fabuloso que incluía cientos de elefantes, hizo pasar a las bestias por los más arriscados caminos a través de los Pirineos, los Alpes y los Apeninos, arrasó todo cuanto encontró en su paso… y en el momento “de la verdad”, “once the money is in the table”, se quedó paralizado a las puertas de Roma.  No pudo cumplir el sueño de su vida.  Se autoaniquiló.  “Aníbal ad portas” se convirtió en una expresión popular para aludir a este tipo de parálisis, de incapacidad para ejecutar la última movida del juego. 


Lo he dicho mil veces y seguiré repitiéndolo mientras no vea reacción alguna en nuestros equipos de fútbol.  Necesitamos desesperadamente psicólogos deportivos.  La psicología del deporte es una ciencia que debe ser tomada muy en serio, y que ha hecho espectaculares progresos en décadas recientes.  Es por falta de conciencia, por ignorancia, por imbecilidad que los cuerpos técnicos y los directivos de nuestros equipos persisten en prescindir de sus servicios.  Y no basta con un psicólogo por cuadro: es menester varios psicólogos que actúen de manera colegiada, concertada, y brinde asistencia a los jugadores tanto en su esfera privada como en la colectiva.  


Y no, no, no: por enésima vez, no contraten “motivadores”.  Esos son baratos impresionadores de cafetín, sofistas, animalitos labiosos, personajillos abundantes en nuestras latitudes, que “hablan muy bonito” y se ganan el cariño de los jugadores por medio de actitudes paternalistas y manipulativas.  De nuevo: no contraten “motivadores”, cretinos de verbo fácil y diarréico que se limitan a decirles a los deportistas: “muy bien: ahora imagínense en la cima del monte Everest sosteniendo la copa mundial de la FIFA”.  Eso lo puede hacer cualquier ganapán con un poquillo de carisma y poder de seducción.  Psicólogos deportivos debidamente certificados y munidos de considerable experiencia.  Sin ellos nuestro fútbol no saldrá nunca del cuarto mundo.  Dixit.   


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