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Deporte: magia, poesía y heroísmo.

Actualizado: 29 jun 2023


1966: Inglaterra se roba la copa mundial


Jacques Sagot


En primer lugar, la localía del evento es decidida cuando un inglés –Stanley Rous– era presidente de la FIFA, un gesto, por decir lo menos, inelegante. Brasil había ganado las dos últimas ediciones del torneo: por razones políticas y económicas era imperativo que la copa volviera a Europa. ¿Cómo era posible que los ingleses, “inventores” del fútbol, no hubiesen ganado ni un solo campeonato mundial, justa cuatrienal que se celebraba desde 1930? ¡No, no, no: eso había que remediarlo cuanto antes! Por supuesto, Rous fue nombrado “Knight Commander of the Most Excellent Order of the Brittish Empire” después del pillaje futbolístico que le permitió arrebatarle la copa al resto del mundo. Cosas de la reinita, que corría a recompensar con este tipo de grandilocuencias esta índole de aventuras neocolonialistas, hegemonistas, supremacistas a favor de la Pérfida Albión.


En la fase de grupos la consigna era muy fácil: licuar a Pelé y Garrincha a patadas. Brasil había jugado 40 partidos internacionales desde 1958, con 36 triunfos y cuatro empates. La Verdeamarela jamás fue derrotada mientras en ella alineó el binomio Pelé – Garrincha. En el encuentro Brasil – Bulgaria, Dimitar Penev golpeó inmisericordemente a ambos jugadores, ante la indiferencia arbitral. En el partido Brasil -Portugal el bajuno, rastrero, criminal defensa Morais, molió a patadas a Pelé. Lo tuvieron que sacar del terreno a volandas, incapaz de apoyarse en ninguna de sus dos piernas. Fue agresión tras agresión, sin tregua, sin misericordia, sin escrúpulos, sin asco. Afuera quedó Brasil.


En cuartos de final, se da una configuración harto dudosa: por un lado Inglaterra – Argentina, arbitrado por un alemán: Rudolf Kreitlein. Por el otro, Alemania – Uruguay, arbitrado por un inglés: Albert Finney. Sospechosa, amañada simetría. El alemán hizo ganar a Inglaterra, y el inglés hizo ganar a Alemania. En el juego Inglaterra – Argentina, el arbitrillo expulsa al gran mediocampista Antonio Ubaldo Rattín, columna vertebral del cuadro albiceleste, alegando que “no le gustó la forma en que lo miró”. El hecho se cuenta entre los grandes escándalos mundialistas. Inglaterra terminó imponiéndose con cabezazo agónico de Hurst: un pinche golcillo “de rutina”. Rattín duró diez minutos en abandonar el terreno de juego. Fue un lapso de tremenda confusión. El argentino no sabía por qué lo habían expulsado, los jugadores de ambos bandos erraban desconcertados e irritados por el terreno de juego, los hooligans ingleses, en el Estadio de Wembley, le gritaban a los argentinos “Animals, animals, animals!” Entre los agresores verbales, se contaban el futuro caballero del Imperio Británico Stanley Rous –quien debió haber asumido una posición equidistante de ambos equipos– y el técnico de Inglaterra Alf Ramsey, quien, sobra decir, también fue “canonizado” por Chabelilla, la reinilla, después de robarse la copa. Recuerden, amigos y amigas, que en 1966 no existían aún las tarjetas rojas ni amarillas. El primer mundial en que estas se emplearon fue México 1970. Rattín le dio la vuelta al terreno de juego parsimoniosamente, bajo una lluvia de latas de cerveza, tanto vacías como llenas, y un aguacero diluvial de insultos proferidos en la nobilísima lengua de Shakespeare. Pero la provocación de las provocaciones, el gesto que inmortalizaría a Rattín, fue que después de haber efectuado su paródica vuelta olímpica, fue a sentarse de espaldas a la reinecita, sobre las gradas cubiertas por la alfombra roja, frente a su palco, y que en el momento de inclinarse le enseñó las nalgas a la dueña del mundo. ¡Cielo santo! ¿Pueden ustedes imaginarse lo que eso significó? A Rattin tuvieron que sacarlo escoltado, porque la turbamulta inglesa lo quería linchar. A fin de cuentas, todo el mundo salió escoltado del estadio: en primerísimo lugar el marrullero árbitro Kreitlein. No es correcto afirmar que la rivalidad entre Argentina e Inglaterra procediera de este encuentro. Ese antagonismo viene de mucho tiempo atrás, y se remonta a las dos guerras libradas entre los súbditos del Virreinato de la Plata y los invasores ingleses, en la boca del River Plate, allá en 1806 y 1807. Inglaterra quería apoderarse del río, que le permitiría un acceso muy cómodo a las minas de cobre y plata de las montañas de los Andes. El Imperio Español prevaleció sobre el Imperio Británico en ambas confrontaciones.

En el otro partido de cuartos de final, el silbatero inglés James Finney expulsó a dos uruguayos porque bien le plugo, propiciando una fácil victoria alemana por 4-0. Como si esto fuera poco, ignoró una mano descarada del defensa alemán Schnellinger, en la boca misma del gol, que hoy en día hubiera sido sancionada con penal y expulsión inmediata del infractor. Esta simetría de arbitraje (un alemán arbitrando Inglaterra – Argentina, y un inglés arbitrando Alemania – Uruguay) fue considerada tan nefasta que jamás volvió a repetirse.


Así que, a punta de patadas e incalificables agresiones, y expulsando rivales del terreno sin causa alguna, sajones y teutones se las arreglaron para deshacerse de los grandes cuadros sudamericanos: Argentina y Uruguay. Como ya dije, Brasil fue “dispensado” de seguir en la copa en la fase de grupos, merced a patadas voladoras, ganchos al hígado, zancadillas, tijeras cruzadas, candados chinos, piquetes de ojos, golpes de karate, jabs a la mandíbula, y toda la parafernalia de la lucha libre. Impunidad absoluta para los vándalos.


En la semifinal Alemania – URSS, otro infecto sopla pitos expulsó al soviético Igor Chislenko en el minuto 44 porque le dio la gana, allanándole a los tedescos su camino hacia la final con un triunfo por marcador de 2-1. Fue el penúltimo partido del mítico portero ruso Lev Yashin en campeonatos mundiales.

Por lo que a la final atañe, su resultado verdadero fue de empate a 2, pero el árbitro validó el gol fantasma de Hurst, que pega en el horizontal y rebota 6 centímetros antes de la línea de cal (el guardalínea soviético, rencoroso por la eliminación en semifinales de su país a manos de Alemania, da el gol por legítimo). Un gol espectral, un balón que jamás transpuso la línea fatídica de gol. Luego le regalaron a Inglaterra un cuarto gol, anotado cuando ya se había producido una invasión masiva del terreno de juego (es fácilmente perceptible en varias tomas, que los ingleses suelen evitar). En efecto, hay footage en el que se ve, con absoluta claridad, el extremo noreste del terreno invadido por una horda de hooligans (por lo menos una veintena de ellos). Ninguna jugada –y a fortiori un gol– puede ser dada por válida mientras un solo pie ajeno al juego se pose sobre el terreno. La injusticia volvió a asomar su espernible rostro de Gorgona para envenenar el más bello de los deportes. Un campeonato abyecto, podrido. Al nivel de las bochornosas “epopeyas” Italia 1934, Francia 1938 y Argentina 1978, de las que hablaremos en su momento.


Por lo que a Inglaterra atañe, su Premiere League es prestigiosa, pero su selección es un cuadro perfectamente mediocre, que jamás –aparte del saqueo de 1966– ha llegado a ser ni siquiera finalista de un campeonato mundial, y que no ha ganado ninguna Eurocopa (a pesar de haber sido anfitriona de dos), ni Liga de las Naciones, ni Copas Confederaciones, ni torneo alguno de mayor o menor prosapia. Ha sido goleada 7-1, 6-3 y 4-0 por Hungría, 4-0 por Alemania, 5-1 por Escocia, 3-0 por Brasil, y 4-2 por Argentina, entre otros baños de agua gélida de magnitud histórica. Muchos de esos juegos tuvieron lugar en Wembley, el reducto preferido de los ingleses. La FIFA debería emprender una gestión revisionista de los campeonatos mundiales, y despojar a ciertos “ganadores” ilegítimos y corruptos de sus mal habidos títulos. Si una medida retroactiva de esta naturaleza le fue aplicada al gran ciclista Lance Armstrong, no veo razón alguna para que no sea implementada en el terreno del fútbol.


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