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“Buenas noches, dulce príncipe. Que coros de ángeles arullen tu sueño”

Jacques Sagot


No quería escribir sobre Pelé.  No quiero hacerlo.  Consigno estas palabras por la simple razón de que muchos lectores que conocen mi amor por el bello fútbol y la Selección de Brasil no me perdonarían semejante omisión.  No, no quiero escribir sobre Pelé.  La verdad es que me pesa demasiado el corazón.  Tengo el alma amortajada en Re menor (la tonalidad del Réquiem –Gran Misa de Difuntos– de Mozart).  Así no se puede escribir.  Así no se puede hacer nada.  Nada más que llorar, y ni siquiera de eso estoy siendo capaz.  No, no quiero hablar sobre Pelé.  No sería capaz de comenzar a enumerar las excelencias, las virtudes, las prodigiosas facultades de este fenómeno de sobredotación atlética y futbolística.  Mucho se ha escrito al respecto.  Yo mismo he estudiado su fútbol en diversos artículos.


    A lo sumo, con el pecho estrujado y quedándome a ratos sin resuello, puedo quizás hablar sobre lo que Pelé significó y significará siempre para mí.  Yo aprendí a amar el fútbol a través de Pelé.  Él fue mi iniciador en este potencialmente hermoso deporte.  Él fue mi maestro.  Él fue mi amigo.  Él fue mi hermano.  Él fue el responsable de algunas de las más puras alegrías que la vida me ha deparado.  Él fue mi héroe de infancia y juventud.  Él fue, en cierto modo, mi padre.  Uno de los padres que he tenido –digamos más bien–, pues en los campos de la música, la literatura y la filosofía también he sido bendecido con grandes figuras tutelares.


    Crecí amando el fútbol de Pelé.  Aprendí las reglas del juego viéndolo anotar y servir goles en el campeonato México 1970, el primero que fue transmitido en vivo al mundo entero, mediante los satélites Telstar (que era también el nombre del balón oficial de la competencia).  Tenía yo siete años de edad, y una infinita curiosidad por el mundo, una sed de aprenderlo todo, de comprenderlo todo, de amarlo todo.  Hoy tengo sesenta, y a decir verdad no he cambiado en lo absoluto.  Sigo siendo un niño de siete años… para bien y para mal.  

Pelé fue mi compañero durante largos internamientos hospitalarios y prolongadas temporadas confinado a la cama.  Veía los cientos de documentales que le fueron consagrados, los partidos del Santos que llegaban al país, las historias de los campeonatos mundiales, y luego sus actuaciones con el Cosmos de Nueva York, al lado de Beckenbauer, Carlos Alberto, César Cueto, Giorgio Chinaglia, Johan Neeskens, Roberto Cabañas, Julio César Romero, Rildo Da Costa, Francisco Marinho y ocasionalmente Johan Cruyff y Roberto Rivelino.  Todas eran estrellas declinantes, veteranos, sobrevivientes épicos de mil batallas.  Ya habían pasado el ápex de sus carreras, y sin embargo, ¡cuán bello era ver jugar a toda aquella constelación de inmensos talentos!  Pelé fue responsable por la introducción del fútbol como deporte de masas en los Estados Unidos.


    Pelé representa, él solito, la más grande revolución de la historia del fútbol.  Más grande que el fútbol “total” de la Naranja Mecánica de 1974, más grande que el surgimiento de los laterales ofensivos –figura puesta en boga por Nilton Santos en el campeonato Suiza 1954–.  Más grande que el tiki-taka español del cuatrienio 2008-2012 (pálido remedo del fútbol de pase corto y constante circulación del balón creado por Rinus Michels en 1874, y además desprovisto de la letal capacidad de definición que este poseía).  Pelé obligó a los técnicos a inventar la marca “estampilla”, la marca personal e individual, la marca “a presión”, que en casos como el suyo vino a sustituir a la marca zonal.  Pelé inventó el perfil verdadero y definitivo del número 10.  Pelé es al fútbol lo que Casals es al violonchelo, Zabaleta al arpa, Landowska al clavecín, Segovia a la guitarra, y Shankar a la cítara.  Fue uno de los que propulsaron el fútbol al nivel de deporte de masas, de objeto de planetaria atención, de fenómeno multitudinario universal.  Es uno de los santos patronos de este deporte, uno de sus creadores –en el sentido moderno en que lo entendemos–.  


Su personalidad, su genio, su luz trascienden infinitamente el estrecho mundo del fútbol.  Fue votado el mejor atleta del siglo XX.  Era una inmensa figura mediática, un gurú, ministro de deportes de Brasil, embajador del fútbol en el mundo entero.  Hay idiotas que sostienen que Pelé nunca jugó en el extranjero, y eso disminuye su valía.  En primer lugar, Pelé –como Garrincha y Didí– fueron codiciados por todos los grandes equipos de la Tierra.  El Real Madrid les ofreció sumas inimaginables a fin de adquirir sus fichas, nacionalizarlos, y luego hacerlo jugar para la Selección de España (lo mismo que, sin éxito, hicieron con Di Stefano, Puskas y muchos más).  Sucede, simplemente, que el gobierno brasileño declaró a Pelé tesoro nacional, patrimonio de la república, un símbolo patrio y, como tal, rigurosamente intransferible.  Todo ello por ley constitucional de Brasil.  Esa es la única razón por la que no jugó con equipos que ofrecían todo el dinero del mundo –y un poco más– para tenerlo en sus filas.  Si al final de su carrera le permitieron dejar el Santos e ir a jugar para el Cosmos, ello se debe únicamente a que ya no tenía nada que demostrarle al mundo, y Brasil sabía que estaba para siempre inextricablemente ligado a su país.  


Por lo demás, el Santos era un equipo de embajadores –embajadores itinerantes, sí–, que le dio la vuelta al mundo veinte veces, y jugó en absolutamente todo país que sea dable concebir, en el África profunda, en todas las islas de Oceanía, en los más remotos pueblos siberianos.  Jugó incluso en países que estaban en plena guerra, y declararon treguas civiles para poder verlo ofrecer sus exhibiciones de genialidad pura.  Con decirles que hasta nuestra marginal Costa Rica vino en varias oportunidades: 1959, 1961 y 1972.  El Santos cobraba 15 000 dólares con Pelé, y 10 000 sin Pelé.  Siempre se prodigó en los terrenos de juego, siempre ofreció espectáculo, jamás menospreció a su público: sabía que se debía a él, que la gente pagaba el tiquete por verlo gambetear, marcar goles de chilena, o servir majestuosamente anotaciones “hechas” a sus compañeros de equipo.


    La gente sabe muy poco sobre el Pelé previo al mundial 1970.  Ha visto sus goles en Suecia 1958, el de Chile 1962 (el mejor de su trayectoria mundialista: elude a cuatro mejicanos antes de anotar), el tiro libre que anota en Inglaterra 1966 (antes de que lo masacraran inmisericordemente para que los sucios, marrulleros y vándalos de la Pérfida Albión ganaran a todo precio la copa), y las proezas del mundial México 1970.  Quien solo ha visto a este Pelé, no conoce a Pelé.  Yo he exhumado partidos de 1956, cuando con quince años de edad era ya la sensación del Santos: amigos, amigas, pueden creerme: era una fuerza de la naturaleza.  No era un futbolista.   Era el Krakatoa, las cataratas del Zambeze, una colisión de alisios y septentriones en mitad del océano.  Tenía todo: dribbling, velocidad, potencia de remate con ambas piernas (magnífica zurda, aunque no era “canhoto”), inteligencia, liderazgo, potencia atlética, doble salto, formidable técnica de recepción del balón, control con el pecho y los muslos, gran destreza de cabeceo, anticipación, lectura del juego, cambios de ritmo desconcertantes, creatividad, imaginación, oportunismo, pases de cuarenta metros proyectados con satelital precisión, eficacia devastadora en el cobro de penales y tiros libres, capacidad para anotar goles “sin ángulo” (lo que llevó a Cruyff a decir que su fútbol desafiaba los postulados de la geometría euclidiana), facultad para improvisar, habilidad de maniobra en espacios reducidos… por mucho, por mucho, por mucho, el futbolista más completo que jamás viviera.  Como si esto fuera poco, también jugó seis veces como portero con el Santos, sin conceder un solo gol.


    Mi trabajo con Pelé ha sido, en gran medida, el de un arqueólogo.  Por eso puedo decirles: sé de lo que estoy hablando.  No me he limitado a ver las tres o cuatro jugadas que todo el mundo conoce (el globito sobre el defensa en la final contra Suecia en 1958; el disparo desde 50 metros que por poco baña a Ivo Viktor, el portero Checoslovaco; el cabezazo que Gordon Banks hizo rebotar contra el larguero, en la llamada “la parada del siglo”; la finta “fantasma” que le hace al portero uruguayo Mazurkiewicz, bailándoselo sin tocar el balón, en el partido contra Uruguay, todas estas últimas efemérides ocurridas durante su último mundial, México 1970).  Pero Pelé es infinitamente más que eso.  Infinitamente, sí –subrayo el adverbio–.  Es lo que he descubierto haciendo mi laborioso trabajo de arqueólogo del fútbol.  Desgraciadamente, Pelé llegó un poco tarde a la gran explosión mediática de este deporte.  La gente no conoce las proezas que realizó antes de 1970.  Y claro, como ignoran lo que ignora, corren a declarar que Maradona, o Cristiano Ronaldo, o Messi fueron mejores que él.  Eso se llama hablar sin saber, hablar sin haberse documentado, hablar sin perspectiva histórica, caer en la trampa consistente en creer que lo que tenemos más cerca es siempre más grande que lo que tenemos lejos.  Literalmente, no ver más allá de la nariz.  Ahora mismo veo la mía: se me antoja más grande que la puerta de mi cuarto.  Pero bien sé que esta es una ilusión óptica.  Pues lo mismo sucede con el fútbol, con cualquier actividad humana.


    Con Pelé muere el Virgilio, el lazarillo, el baquiano que guio mis pasos a lo largo del inmenso y fascinante dédalo del fútbol.  A través de él fui capaz de jugar fútbol (cosa que jamás pude hacer debido a limitaciones de salud).  Él jugó por mí, jugó para mí, jugó desde mí.  Mi relación con él es íntima, entrañable.  De nuevo: pierdo a un maestro, un amigo, un hermano, un héroe y un padre.  Mi duelo es inmenso.  

No quiero terminar esta breve reflexión de manera grandilocuente, vaticinando que el legado de Pelé es imperecedero, u otras verbilocuencias de ese jaez.  Por supuesto que Pelé es para siempre.  Pero ese no es mi punto.  Mi punto es muy simple, muy personal, muy íntimo, y resulta casi una infidencia que lo haga público.  Siempre lo amé, lo he amado, y lo amaré.  Su muerte –que vi venir con enorme angustia– no cambia nada.  El mío no es un pronunciamiento “oficial”, como los cientos de mensajes que los presidentes y líderes del mundo entero han enviado a su familia, a Brasil y a la comunidad futbolística mundial.  No, no, nada de eso.  Mis palabras son una pequeña elegía, un pedacito sangrante de mi corazón, y una canción de cuna musitada al oído.  “Buenas noches, dulce príncipe, que coros de ángeles arrullen tu sueño”.    

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