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¿Queremos justicia, o millones de voltios de emoción? Jacques Sagot


Bajo la regencia de Infantino, la FIFA contempla variantes dramáticas en el reglamento del fútbol.  Así lo reconoce Marco van Basten en una entrevista que publica en enero de 2017 la revista Sport Bild.  El goleador holandés, nombrado en septiembre “director general para el desarrollo técnico de la FIFA”, desgrana en la publicación alemana las ideas que están en estudio para “mejorar” el deporte.


Sustituir la prórroga por un “concurso de habilidades”.  No se iría a la tanda de penaltis, sino a una especie de cotejo de destrezas, un duelo cara a cara entre portero y atacante, donde este arrancaría a 25 metros de la portería, y contaría con 8 segundos para definir sin que el guardameta pueda salir del área.  Cada equipo dispondría de cinco intentos.  Esta chanfaina ya fue puesta en práctica en la liga estadounidense, durante los años setenta y ochenta.  No era más interesante ni emocionante que la tanda de penales.  Por cierto, la exactitud cronométrica de los “8 segundos” era objeto de constante polémica.


Suprimir el fuera de juego.  “El fútbol debe parecerse cada vez más al balonmano” –declara Van Basten–.  “Personalmente, tengo curiosidad por ver cómo funcionaría el fútbol sin el fuera de juego” –confiesa el exfutbolista holandés, que pone como ejemplo el hockey sobre hierba, y cree que los equipos se adaptarían con el tiempo–.  “El juego sería más atractivo, los atacantes tendrían más ocasiones y habría más goles.  Eso es lo que los aficionados quieren ver” –defiende Van Basten–.  Se equivoca el exartillero de palmo a palmo, pero eso es cosa que discutiremos en otra ocasión.  Es justamente la relativa infrecuencia del gol lo que hace de este siempre, sea bonito o feo, un momento de enorme estallido emotivo.  Van Basten quiere crear un fútbol “multiorgásmico”… con lo cual cada nuevo orgasmo tenderá a banalizarse.


Las exclusiones del balonmano...  Una característica del balonmano que atrae a Van Basten son las exclusiones, que tomarían en el fútbol el lugar de las tarjetas amarillas.  Habla de sanciones de cinco o diez minutos.  “Esto asusta.  Si ya es difícil jugar 10 contra 11, no hablemos con 8 o 9” –dice–.  Como ya he mencionado en anteriores artículos, las exclusiones fueron consideradas cuando se implementó el uso de las tarjetas.  La tarjeta verde hubiera señalado la exclusión temporal del jugador.  Fue una idea que nunca se materializó.


La eliminación por faltas del baloncesto...  Van Basten tiene la idea de que, “como en el baloncesto, un jugador solo pueda hacer cinco faltas, y luego deba abandonar el campo”.


La eliminación por faltas del rugby…  Acabar con las protestas.  El holandés quiere ponerle fin a los tumultos que se forman para protestar contra las decisiones del árbitro, y propone el modelo del rugby.  “Solo el capitán debería hablar con el árbitro” –observa–.


Jugar a tiempo detenido los últimos 10 minutos.  Como solución a las pérdidas de tiempo, la FIFA baraja la opción de que los últimos 10 minutos de partido sean de juego efectivo.


Reducir el número de partidos oficiales.  Al tiempo que la FIFA plantea la ampliación del Mundial de Clubes, Van Basten defiende la reducción de compromisos oficiales.  “No es un problema de dinero, ya hay mucho en el mundo del fútbol.  Tenemos que centrarnos en la calidad del juego, y deberíamos reducir el número de partidos oficiales de 80 a un máximo de 50” –dice el exjugador–.  La temporada pasada, la selección de Portugal disputó 18 encuentros entre partidos oficiales y amistosos en fechas del calendario internacional de la FIFA.  Un club español puede llegar a disputar hasta 67 partidos oficiales en una temporada.


Cambios en el juego.  En este punto, Van Basten se muestra tímido y piensa en los inconvenientes para el colegiado: “Lo estamos valorando.  Es, sin embargo, una posibilidad para las competiciones de categorías inferiores.  Pero debemos pensar también en el árbitro.  Tiene que saber en todo momento quién está en el campo”.


Ampliar los cambios.  Van Basten es partidario de ampliar el número de sustituciones por encuentro, pero tiene reticencias ante las posibles pérdidas de tiempo.  “Hablamos de uno o dos cambios adicionales en la prórroga.  Yo lo veo bien”.


Impulsar el fútbol con ocho jugadores.  Una idea que ya está a prueba en España en categorías inferiores.  De nuevo: hacer más fáciles las cosas, simplificar el fútbol (como el ajedrecista que simplifica una posición enmarañada mediante intercambios por doquier).  Yo me limito a citar a Corneille: “Triunfar sin obstáculos es triunfar sin gloria”.


Algunas de estas propuestas tienen su mérito, otras me parecen concesivas y absurdas.  La eliminación del fuera de juego, en particular, me hace el efecto de un gigantesco desacierto.  Creo que, contrariamente a lo que Van Basten postula, tal medida no va a va traducirse, de manera necesaria, en una mayor cantidad de goles.  La dimensión ofensiva del fútbol quedará reducida a dos especímenes: el que tira pelotazos desde el medio campo, y los cazabalones, jugando en las barbas del portero.  Los defensas tendrían que estar clavados atrás, y ya no podrían subir al ataque, y el área penal se congestionaría de piernas a un punto inimaginable.  Por otra parte, todas las destrezas asociadas al dribbling quedarían desvalorizadas.  Una locura, una soberana, perfecta locura.  Espero no vivir para ver semejante dislate técnico. 


Por otra parte, expondré una inquietud que no será probablemente bien recibida por muchos, pero que, creo, tiene una ratio merecedora de consideración.  El formato de un campeonato será tanto más satisfactorio cuanto más eficazmente responda al principio de justicia.  ¿Qué es el principio de justicia, en el deporte?  El hondo, íntimo, insobornable sentimiento de que, más allá de nuestras dilecciones o antipatías, ganó el mejor.  La actual estructura opera como dos campeonatos distintos: la fase de grupos primero, luego la fase de eliminación directa.  Un torneo bivalvo, especie de díptico, con dos “actos” desvinculados.  Es demasiado frecuente que en la fase de muerte súbita, el mejor equipo del torneo caiga en lo que simplemente fue una mala tarde.  Y eso no satisface mi sed, mi voluntad –por poco lo llamaría instinto– de justicia deportiva.  No ganará el mejor, sino el que sufra menos accidentes.  


Suscribo a los sistemas que minimicen lo aleatorio, lo adventicio, lo contingente –la aberración inexplicable e irrepetible– y maximicen la lógica de la calidad.  Y padecer accidentes es cosa que nada tiene que ver con la calidad ni la justicia.   Los hay que podrían aducir que la justicia se manifiesta también en la capacidad de los equipos para sobreponerse a adventicios traspiés.  Sin duda, pero eso es justamente lo que el sistema de la “muerte súbita” no permite.  Y es así como un cuadro quizás deslumbrador, egregio, modelo de belleza y eficacia, el equipo perfecto, caiga eliminado porque en un partido contra un rival mediocre un disparo inocuo fue desviado por la defensa y se incrustó en su arco.  Pasa todo el tiempo, y es cosa que nos deja siempre un mal sabor en el paladar del alma.  Creo que sin duda, el sistema de liga es el que más se aproxima a este ideal de justicia deportiva.  Habrá accidentes, claro que sí, pero es improbable que saquen de la justa a un equipo que emergió como cuadro hegemónico y ejemplar a través del torneo.  ¿Que tal sistema sería menos emocionante?  Es posible, sí.  Juegan todos contra todos, y podría ser que tuviésemos campeón diez fechas antes del final del torneo.  Pero es aquí donde conviene preguntarse, ¿qué queremos en primer lugar: emoción o justicia?  ¿Qué valor pesa más, en nuestra visión del mundo?  Es un dilema estrictamente axiológico, no deportivo.  También sucede que un campeonato de liga sería más largo y oneroso, pero créanme: a la FIFA no le hace falta plata, no es precisamente la viejita de la esquina que limosnea el día entero para tener en la noche un platito de sopa.


Evidentemente, tampoco el sistema de liga –ningún sistema– garantizará la justicia absoluta, pero es obvio que se aproximará más a ella.  Y la justicia, como la paz, la sabiduría, el amor, la verdad, es una de esas cosas a las que solo podemos, por definición, aproximarnos, nunca residir en ellas.  Son utopías: nos permiten caminar juntos en la buena dirección.  Evidentemente la utopía, como la línea de horizonte, retrocederá con cada uno de nuestros pasos.  ¡Lo celebro!  Las utopías no fueron hechas para ser habitadas, sino para sacarnos del inmovilismo, el quietismo, el conformismo, y hacernos avanzar hacia un litoral donde la justicia sea el valor supremo. 

   


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