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La embriaguez del pensamiento

La terrasse des audiences du clair de lune

Jacques Sagot


Hay encores que el momento dicta.  La circunstancia los impone.  En una noche y un ámbito como aquellos, la única pieza concebible era el preludio “La terrasse des audiences du clair de lune”, de Debussy.  Porque, en efecto, el auditorio se abría sobre una terraza, y porque esa día la luna había decidido secundar mi música.  Ella era la verdadera protagonista del evento.  Atrás habían quedado el afiligranado Mozart, el cejijunto Beethoven, el sangrante Chopin, el mefítico Liszt y el extenuante Bartók.  No tenía caso infligirle al auditorio más cataratas de decibeles.  No más piezas de bravura.  Urgía un susurro, una caricia auditiva.  Y de nuevo, aquella luna pedía a gritos que la cantase.  Era descomunal, nimbada de amaranto, y se había despojado de sus nubes.  Dación pura.  Se entregaba a mí de manera irrestricta.  La veía filtrarse por las ventanas ovales del auditorio e ir a anidar sobre los altorrelieves de Louis Féron, que ornaban las paredes del recinto.  Les confería a los volúmenes una profundidad, una textura, una tonalidad que mutaban sin cesar.  Los surcos de sombra entre las figuras de los próceres de la patria se hacían más hondos, y las prominencias se decantaban con mayor claridad.  La luna lo animaba todo, le prestaba a las paredes una vida insospechada.  Por poco hubiera dicho que se trataba de un cinematógrafo.  Con las gradaciones lumínicas, cada rostro, cada bulto, cada gesto cobraba dinamismo: nada, en aquel lugar, parecía estático.  Por un momento recordé la escena de las estatuas que se animan, en La Belle et la Bête, de Jean Cocteau.


Comencé con Debussy.  La línea descendente que desgrana la mano derecha: un rayo de luna, sí.  Los hay que sostienen que Debussy tituló sus preludios después de haberlos compuesto, y que ningún agente extra-musical lo movió a conferirle a su música un carácter explícitamente descriptivo.  Descriptivo quizás no, pero evocador, sin duda.  Y además, ¿qué importa, que los títulos hayan sido ideados a posteriori?  El título es parte de la música, y más que eso, sugiere ya una interpretación posible, propone una dirección, es, por poco, una indicación expresiva, atmosférica y de carácter.  Además, en la historia de la música, nadie encontró títulos tan bellos: “Et la lune descend sur le temple qui fut”, “Des cloches à travers les feuilles”, “Les fées sont d´exquises danseuses”, “La cathédrale engloutie”…  Nombres que son ya, de suyo, pequeños poemas.  “La terrasse des audiences du clair de lune” es uno de los preludios más cercanos a mi corazón.  ¿Los otros?  Quizás “Canope”, “Bruyères” y “Ondine”.  ¡Vamos, añadamos también “La fille aux cheveux de lin”, y dejémoslo ahí, que no quiero seguir derrapando en la enumeración de todo cuanto en Debussy me es entrañable!  Lo que nunca he logrado entender es por qué “Claude de France” no tituló su pieza “La terrasse des audiences au clair de lune”.  Mi malestar es tal, que ocasionalmente he alterado el nombre de la pieza en el programa de mano.  Llamémoslo una “licencia interpretativa”.

  

No es música fácil (¡no existe la música fácil: tal noción es una antinomia, una contradicción en los términos!)  Todo en ella es atmósfera, color: el auditorio debe contener la respiración, el tiempo quedar suspenso, el mundo deshacerse en un halo plenilunar envolvente e hipnótico.  Como diría Yolanda Oreamuno, la luz entra en las butacas, se arrellana en ellas, desplaza a las sombras, toma posesión de todo.  Una luz que es, al mismo tiempo, música.  Más que nunca, es menester un piano colaboracionista, un piano cómplice –y un piano con el que se tenga plena intimidad– para honrar esta obra, toda poesía y toda sugestión.


No es infrecuente, que mi mente se pierda en algún vagaroso ensueño, en plena interpretación.  No es el tipo de excursión que pueda siempre permitirme: en determinadas piezas y en pasajes específicos, ceder a tal impulso sería una fórmula infalible para el desastre.  Pero hay momentos en los que me abandono a extravagantes visiones.  Si la música así lo quiere, no seré ciertamente yo quien la vaya a contrariar.  Estaba todavía en la primera página del preludio, cuando advertí que un rayo de luna resbalaba sobre el piano y venía a morir en la primera línea de las butacas.  La luna había llegado a mi fragua de música “con su polisón de nardos” (Lorca).  El auditorio estaba en el segundo piso del edificio.  Bello recinto.  Íntimo, bien aislado del resto del mundo, alto su techo artesonado, capacidad para no más de cien personas, y sobre todo aquellas ventanas amplias y elípticas, que la luna había mil veces entreabierto con sus dedos opalescentes.  Fue el lugar donde ofrecí el primer recital de mi vida.  El piano Steinway era un viejo amigo: dúctil, amable instrumento, con su sonoridad de campana broncínea tañendo hasta el confín de los tiempos.  Mi espacio.  En él, y sentado frente a mi piano, detento un poder que se hubieran deseado Alejandro de Macedonia o Julio César para el más glorioso de sus días.  Lo sé.  Lo he vivido, lo he sentido, y hablo desde el fondo de la vida.

  

Despegando apenas la mirada del teclado remonté el curso del rayo de luna.  ¿Es la luz una frecuencia ondulatoria electromagnética, o un raudo fluir de fotones?  ¿Un continuum, o una lluvia de corpúsculos?  ¿Una línea melódica legato, o una serie de puntos discretos, staccato y discontinuos?  Es a los músicos y no a los físicos –asumo– a quienes corresponde dirimir la interrogante.  Mi respuesta es que es ambas cosas.  Modula, la luz, como todo en el universo.  Por momentos es tersa y continua, y cuando se aburre de ser melodía se convierte en aguacero de dardos lumínicos, miríadas de semifusas tocadas leggiero y staccatisimo.  Fue lo que comprobé esa noche.  Seguí el cauce de la luz y pude ver –los músicos somos capaces, en las más benditas de nuestras horas, de una insólita acuidad de los sentidos, suerte de hiperestesia que nos permite advertir ciertas cosas normalmente no perceptibles– que el rayo atravesaba diagonalmente el piano, entraba en mis manos, y se extinguía a los pies de una de las personas de la audiencia.  ¿Se extinguía?  Fue lo que creí en primera instancia.  Pero, de nuevo, los músicos tenemos poderes insospechados.  Y fue así como pude distinguir, fundiéndose con la música que se propagaba a través de la estancia, los fotones que se deslizaban por su cauce luminoso, y logré incluso determinar su dirección.  ¡No venían de afuera, no eran emitidos por la luna!  Nacían en los pies de la persona que estaba sentada junto a mí en la primera fila.  Su rostro velado por la tiniebla, todo cuanto pude ver era que se trataba de una mujer.  Blanco su empeine, argéntea su piel, la lucia topografía de sus pantorrillas cubierta por escarchadas irisaciones.  ¿Era bella, acaso no más que una mujer ordinaria?  No lo sé.  Su piel proclamaba juventud, la gracia y la esbeltez unidas a la reciedumbre.  Sin duda, no una desfalleciente Margarita Gautier.  Posiblemente más bien una bailarina.  Conozco ese tipo de músculo, de contextura.  Piernas expresivas, piernas inteligentes, piernas de atleta al tiempo que artista.  De haber estado tocando “Danseuses de Delphes” o “Les fées sont d´exquises danseuses” mi hipótesis hubiese encontrado inmediata confirmación, pero con “La terrase des audiences du clair de lune”, no podía tener certeza de nada. 


En todo caso, lo que sí pude comprobar fue que era ella la que dimanaba la luz, era ella quien creaba a la luna, el astro esmaltando el abisal lienzo del firmamento era su proyección.  Ella, foco del que provenía toda la luz del universo.  ¡Ah, amigos, no conviene subestimar las capacidades hiperestésicas de un músico!  ¡Cuán nítidamente veía el río de fotones, su raudo manar inextinguible, suerte de flujo corpuscular al tiempo que ondulatorio!  ¿Qué secreto pueden guardar estas partículas elementales, cuánticas quimeras, para un hombre entrenado en el arte de auscultar el silencio?  ¡Mil veces más fantasmagórica la música, ente en el límite del no ser, ars sine materia, ondas que se propagan en el aire y nos penetran, nos ocupan, nos colonizan!  Sobradamente capaz, como era, de sentir este tipo de estremecimiento, la radiación electromagnética, sus fotones capaces de viajar en el vacío y su invariable masa física de cero, se me tornaban mucho más perceptibles, más pesados de materia.  Podía, con absoluta precisión, tal cual si mi mirada tuviese la propiedad de lentificar su movimiento, determinar su dirección.  Y deben de creerme, amigos, amigas, cuando les digo que era ella quien generaba la luna, que ella era la dueña de las estrellas, la pastora de todas las constelaciones, nebulosas y cometas que erraban por el universo, en ruta hacia su definitiva extinción.


¿La prueba?  Al final de mi preludio, justo en el pasaje de las quintas paralelas con que Debussy desmaterializa el mundo, la mujer se puso inopinadamente de pie, y abandonó el salón.  Jamás vi su rostro.  Pero con ella se fue la luna.  Se la llevó, sin el menor miramiento ni ofrecer explicación.  El salón quedó en las tinieblas.  Las figuras de los altorrelieves se apagaron.  Todo movimiento cesó.  Varios segundos después de que la música se evaporase, la gente comenzó a aplaudir.  Discretamente, como si advirtiese a qué punto era inapropiado el batir de manos para celebrar tal nivel de belleza.  


Yo recogí mi aplauso y me precipité, escaleras abajo, al primer piso.  Los guardas dijeron no haber visto salir a mujer alguna.  La noche era turbia y legamosa.  Había tocado para la luna.               






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