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La embriaguez del pensamiento

SIR LANCELOT


Jacques Sagot



Sir Lancelot era peludo y atrabiliario.  Vivía en una jaula de quince por veinte pulgadas.  Cachetón.  Bigotudo.  Algo pomposo, como suelen serlo los de su especie.  Diminutas, ágiles sus patitas desnudas.  Húmedo y nervioso el hociquillo, reconociendo con el olfato sus predios, redescubriéndolos, verificándolos una y otra vez.  Inspeccionando como si fuese inédito continente aquel encerrijo donde las montañas de papel periódico se desplomaban a veces en silenciosas avalanchas.  Topografía que cambiaba minuto a minuto, como el perfil de nuestras sierras y litorales, si tan solo pudiésemos contemplarlos desde el punto de vista de la eternidad.

 

Tal era el universo de Sir Lancelot.  Mundo de rejas, de virutas de papel, de manos gigantescas que cada mañana abrían la cancela de su jaula para renovar su ración de semillitas de girasol y de agua.  De vez en cuando lo dejaba salir.  Se aterrorizaba entonces con su momentánea libertad.  Su cuerpo se convertía todo él en una pequeña víscera contraída y palpitante.  Ovillado, transformado en irreductible bola de pelos, creía protegerse del mundo.  Para que la realidad no lo amenazara bastábale con cerrar los ojos y pretender que el universo no existía.  La única manera que conocía de conjurar el peligro era negándose a verlo.

 

Sir Lancelot vivía de rejas y moría de libertad.  Los barrotes eran constitutivos de su percepción del mundo.  Realidad de barrotes, inimaginable de ninguna otra manera.  Era presidiario por vocación profunda e irrenunciable.  Fuera de su claustrofóbica celdita todo era vértigo, incertidumbre, pánico cerval.

 

Sir Lancelot se pasaba el día entero encaramado en la rueda estacionaria que constituía el único mueble de su austero habitáculo.  Giraba, regiraba y volvía a girar la implacable bovina, impelida por la motórica fuerza de sus patitas.  Los agrios chirridos del engranaje me sobresaltaban en mitad de la noche.  Sir Lancelot era un obseso, un viejo monotemático que no tenía otro anhelo en el mundo que el de poner en movimiento aquella especie de noria, de vertiginoso carrusel.  Los módulos de movimiento perpetuo no serían capaces de mayor regularidad que la rueda de Sir Lancelot.  Noche y día abocado a la tarea de hacer girar aquel infernal mecanismo.  Cautivo del círculo, fascinado sin duda por la tracción de sus patitas, capaces de generar tal energía cinética y tan horrísona estridencia.

 

A veces me quedaba viéndolo, entre perplejo y conmovido.  Sir Lancelot era automatismo ciego.  Hacía girar la rueda a fin de que girase más, con el propósito de hacerla girar todavía más, ello sin otro objetivo que hacerla girar aún más, y así poder seguir haciéndola girar más, para que... bueno, ustedes me entienden.  ¡Y qué convicción la de Sir Lancelot, qué absoluto compromiso con su única misión, qué disciplina en el ejercicio de su diaria calistenia!

 

Ruedas, poleas, engranajes... pienso en Charlot dejándose moler por la tarasca de la maquinaria, en la película Tiempos Modernos.  Y pienso también en el inescapable ciclo de inversión del sistema capitalista: invierto para ganar dinero, que a su vez reinvierto para ganar más dinero, que luego invierto nuevamente para ganar aún más dinero... et ainsi de suite.  Y la vida, entretanto, se queda sentada a la vera del camino, en espera de que alguien se resuelva por fin a vivirla.  Esa vida con su cúmulo de sueños cauterizados, de voces ahogadas, de imperativos postergados.

 

Todo urge, en esta sociedad que nos conmina a producir y a alimentar con nuestra propia sangre –sangre del alma, el tiempo– ese monstruo insaciable que se llama sistema, la máquina trituradora de soberanías, el grillete que llevamos prendido del pescuezo y sin el cual no sabemos ya vivir.  Todo urge, sí, menos la vida.  Esa siempre puede esperar.  Esa sabe hacer fila y languidecer en la antesala que le hemos asignado por residencia perpetua.

 

No, el trabajo no siempre dignifica.  Hay una forma de trabajo que esteriliza, que embrutece y nos mata de a poquito.  Trabajo que exige la renuncia a los más íntimos clamores de nuestro ser, la supresión violenta de nuestra auténtica naturaleza.  Trabajo que nos aliena, es decir, que nos torna ajenos a nosotros mismos.  Trabajo ajeno para una empresa ajena, dentro de un sistema ajeno, en un mundo ajeno.  Marx, Weber, Lacan, Baudrillard, Marcuse han todos señalado el fenómeno, y algunos de ellos lo han incluso erigido en línea de fuerza de sus respectivas filosofías. Cáncer viejo, viejísimo, diagnosticado desde todos los ángulos imaginables: sicoanálisis, sociología, historia, filosofía, crítica de la cultura...

 

Dieta de barrotes para Sir Lancelot.  Régimen de cadenas para nosotros, galeotes ilusos y satisfechos.  Y a todo lo ancho y lo largo del universo, ¿habrá, mis queridos lectores, algo más abyecto y desnaturalizado que un presidiario contento de su grillete?

 

Sir Lancelot, aislado, solipsista, encarcelado, obseso con su ruedita que no llevaba a ningún lugar…  Era la alegoría perfecta del capitalismo: hay que generar capital.  ¿Para qué?  Para invertir.  ¿Para qué?  Para generar más capital.  ¿Para qué?  Para volver a invertir.  ¿Para qué?  Para generar aun más capital.  ¿Para qué?  Para reinvertir.  ¿Para qué?  Para generar todavía más capital?  ¿Para qué?  Para invertir nuevamente.  And so on an so forth…  Por toda la eternidad.  El mito del absurdo y de la repetición estéril: Sísifo que carga a cuestas su piedra ladera arriba; las Danaides condenadas a verter baldes llenos de agua en un pozo sin fondo; Tántalo que una y mil veces intenta, desde el fondo del pantano en el que vive, alcanzar los frutos y manjares que penden sobre su cabeza, a pocos palmos de sus manos crispadas y anhelantes.

 

Yo tenía un hámster que se llamaba Sir Lancelot.  Hubiera más bien debido llamarse Humanidad.

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