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La embriaguez del pensamiento

Actualizado: 12 feb

Costa Rica en coma profundo


Jacques Sagot



Durante casi tres años viví en uno de los desiertos más desérticos del planeta.  ¿Una tautología?  Sí, pero las tautologías devinieron “legales” desde que el gran poeta francés Stéphane Mallarmé escribió “El poeta maldice, impotente, su genio, en medio de un desierto estéril de dolores”: ¿qué desierto no es estéril?  Así que el buen Stéphane nos ha dado licencia a todos nosotros, ínfimos escribidores, para incurrir en tautologías, pleonasmos y toda suerte de redundancias.


Les decía que durante casi tres años viví en Phoenix, Arizona, una ciudad brotada como por ensalmo en el corazón del desierto de Sonora, uno de los más severos e inclementes del mundo.  La ciudad recibe la misma cantidad de luz solar que el desierto del Sahara.  Con 3 872 horas de luz anuales, es la megalópolis más flagelada por el sol sobre la faz del planeta.  No hay ciudad sobre la que el sol se ensañe con tanta furia.  Un total de 112 días del año alcanzan temperaturas de 100 grados Fahrenheit, esto es, 30 grados Celsius.  Entre mayo y setiembre esta caldera alcanza los 110 grados Fahrenheit (43 grados Celsius).  El 26 de junio de 1990 el cielo reventó y llovió fuego, generando temperaturas de 122 grados Fahrenheit (50 grados Celsius).  Recuerdo ese día, recuerdo esa tarde, recuerdo esa noche.  Las autoridades emitieron una prohibición de salir de la casa, y de tomar baños en piscinas (comprensiblemente, las había por doquier).  Pero yo salí, y caminé un kilómetro para llegar a la Escuela de Música de la Universidad Estatal de Arizona.  Y lo hice todos los días en que el sol, cómitre implacable, prodigó latigazos sobre la tierra resquebrajada, humeante, donde una neblina de polvo velaba la visión más allá de unos 200 metros.


Y, sin embargo, en ese rincón olvidado por Dios, los hombres erigieron la ciudad de Phoenix en 1867.  En medio de los cardos, las piedras picudas como lomos de estegosaurios, la soledad y la ducha de fuego permanente, crearon una ciudad que hoy en día tiene más de cuatro y medio millones de habitantes, la quinta más populosa metrópolis del país, y la más poblada de las capitales estatales de los Estados Unidos.  El valle en el que está enclavada es únicamente irrigado por dos ríos, el Salt y el Gila, y ninguno es particularmente caudaloso.


Pues bien, en medio de esta infinita sequía, en la coyuntura hidrográfica y topográfica más ardua, cruenta y vasta del mundo, los estadounidenses fabricaron una ciudad en la que toda casa tiene su jardín cubierto por hierba fresca y verde, con plantas ornamentales de diversos tipos, muchas de ellas cactos, pero también otras que no son propias del desierto, y sin embargo han prosperado gracias a sistemas de riego planeados con infalible criterio.  Es una ciudad llena de verdor, de hermosura, de parques debidamente irrigados por una prolija red de canales que toman el agua del Salt River y la distribuyen por toda el área urbana, no solo Phoenix, sino también sus ciudades satélites: Mesa, Tempe, Scottsdale.


Los pobladores hicieron brotar de la sequía infinita, del vacío, de la nada, de la absoluta esterilidad, un pequeño paraíso.  Hicieron un uso óptimo, estratégico, sagaz de la única fuente de agua (el Salt River) y fabricaron una ciudad ahí donde todo era oquedad, la tierra agrietada, las montañas doblegadas bajo le ígneo beso del sol, los peñascos, los cardos avaros, las piedras, la arena, el polvo abrasador que se acumula sobre los techos, las cornisas, los monumentos, las fuentes.  ¡Pero hicieron un milagro de planificación urbana, de eficacia en los servicios públicos, de funcionalidad, con agua abundante, diluvial en todo hogar, ahí donde la precipitación anual apenas alcanza los 259 milímetros, y llueve no más de cinco días al año (y por lluvia designo un caliente, salobre “pelo de gato”)!


Eso se llama colonizar una tierra, fertilizarla, transformar el paisaje, y extraer de ella todos los recursos hídricos que es capaz de proveer.  La orografía, topografía e hidrografía del desierto de Sonora no permitía creer que nadie pudiese ser capaz de erigir ahí una ciudad, que además es una de las más densamente pobladas de los Estados Unidos.  A sus habitantes les dieron un pedrusco, y lo transformaron en oro.  Buenos alquimistas, a fe mía.   Muy por el contrario, a los costarricenses nos dieron oro, y nos las arreglamos para transformarlo en un pedrusco.  Somos los reyes anti-Midas de la historia de la civilización.  


Imposible imaginar un perfil hidrográfico más bendecido que el que ostenta Costa Rica.  Ríos, lagunas, yurros, ojos de agua, cataratas, estuarios, quebradas, canales naturales, humedales, deltas, meandros, pozas, mantos acuíferos por doquier, y una precipitación pluvial de 3 624 milímetros en las costas, 6 664 milímetros en las altitudes medias, y 2 112 milímetros en las zonas más altas, donde las masas de aire, un poco más secas, colisionan con las cimas.  No hay un invierno en el que no se desborden los ríos, se inunden los barrios, se caigan los puentes, se taqueen las cloacas, se aneguen los campos, se pierdan las cosechas, se desfonden los techos, se produzcan deslizamientos, los carros y los sofás salgan flotando y las calles se conviertan en enormes ríos estancados y traicioneros.  Nuestro clima es macondiano, ahí donde el de Phoenix sería luviniano (relativo al imaginario y fantasmático pueblo de Luvina, de Juan Rulfo).  


Costa Rica es tan chiquitilla, que el menor nubarrón que se desprende del Golfo de México escora hacia el sudeste, y basta para cubrirnos por entero, ¡y ahí está el agua, que se condensa tan pronto el vapor colisiona con las montañas de nuestra Cordillera y nuestra Meseta Central!


Y sin embargo –¡ah, inexplicable ironía!–, en los 61 inviernos que he pasado en Costa Rica, no recuerdo un solo año en el que no hubiese cortes de agua, a veces anunciados, a veces no anunciados, a veces breves, a veces cuestión de ocho horas o más.  Esto era así en mi natal Hatillo, allá entre los años 1962 y 1966, y luego en San Francisco de Dos Ríos, desde 1966 hasta el día de hoy.  La suspensión del servicio alcanzaba a veces lo alarmante: abría uno los grifos, y todo lo que salía de ellos era una especie de gruñido o de eructo gutural, con borborigmos e insinuación de agua lejana en las tuberías.  Costa Rica representa los 51 000 kilómetros cuadrados más húmedos del planeta, y también los más disfuncionales e inoperantes en términos de la administración del recurso hídrico.  Con la cantidad de agua que recibimos del cielo y de las entrañas de la tierra, no deberíamos tener nunca cortes del servicio.  He dejado largos segmentos de mi vida en Phoenix, Houston, México D. F. y París, y ni un solo día –repito, ni un solo día– recuerdo haber tenido que padecer la suspensión del servicio de agua potable.  Los costarricenses estamos tan miserablemente acostumbrados a estas disfuncionalidades, que creemos que lo mismo pasa en el resto del mundo.  ¡Pero no es así!  Lo he dicho muchas veces y lo repito una vez más: la medicina contra el patrioterismo barato y la cursi mitología nacionalista es viajar, viajar, viajar (y no hablo de irse a pasar tres pinches días en Miami: así no se conoce nada), sino ser residente durante un tramo sustancial de nuestras vidas de latitudes distantes, ajenas a las nuestras.  Esa experiencia nos probará a qué punto es aberrante, inadmisible, cruel, inconstitucional, violatorio de los derechos humanos, mantener al país entero en vilo, esperando a que el maldito grifo nos escupa a la cara un poquillo de agua.


AYA debería rebautizarse como “¡Ay, Ay, Ay!”.  Es una institución que da vergüenza.  ¡Darle de beber gasolina a la mitad de la Meseta Central durante dos semanas!  ¡Es un gesto criminal, punible, cruel, canallesco!  El tiempo revelará la magnitud del daño físico ocasionado a las personas que bebieron esa porquería.  Tengo la certeza de que será fecundo en funéreas consecuencias.  ¡Pssst… y todavía están considerando si rebajan las tarifas del servicio por una suma correspondiente a once días!  ¿Y los días en que la gente bebió gasolina?  ¿Y las áreas urbanas en que el agua sigue saliendo contaminada por visibles cantidades de inmundicia, que se decanta en el fondo de los recipientes tan pronto son estos dejados en reposo?  ¡Deberían eximir a los ciudadanos afectados por esta porquería de servicio de la paga de todo un mes, y asumir responsabilidad por los efectos potencialmente letales de este masivo envenenamiento!  ¡Cínicos, irresponsables, caras de barro, agresores, intoxicadores de todo un país!  


Para lo único que son eficientes es para sobrefacturar a la ciudadanía: es un “error” que han cometido con alarmante recurrencia.  En las comunidades de Cipreses y Santa Rosa de Cartago los grifos no han hecho otra cosa que expeler fango durante meses.  ¡Y el “¡Ay, Ay, Ay!” persiste en cobrarles la mensualidad y aun más –¡colmo del caradurismo!– subir la tarifa que les había sido asignada.  ¡Qué tupé de bribones, de vividores, de malos costarricenses!


En Catar, la precipitación pluvial anual es de 77 milímetros… ¡es decir, nada!  Y sin embargo el servicio de agua potable no falla, no padece de intermitencias, no suspende funciones, no condena a todo el país a beber agua embotellada y por supuesto, no envenena a los usuarios con petróleo.


Dadas las condiciones naturales privilegiadas de que goza Costa Rica, el país debe ser considerado el más inepto, el más incompetente, el más torpe gestor y administrador de sus recursos hídricos.  Insisto: lo que el “¡Ay, ay, ay!” ha hecho es delincuencial, crudelísimo, incalificable.  Los culpables deben ser llevados ante la justicia, y… pues nada.  Ser exonerados de toda responsabilidad porque el fiscal cometió errores procedimentales en la presentación de sus pruebas, y además el caso prescribió.  Ustedes saben: la historieta de siempre.  ¡Ah, que viva la parranda, que viva la pepa, que viva la impunidad, que viva la caricatura de justicia que tiene a este paisecillo hundido en la miseria humana, moral y espiritual! 

 





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