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La embriaguez del pensamiento

¡Alerta: texto difícil… pero interesante!


Jacques Sagot





Descartes es el Edipo filosófico.  El hijo parricida que asesina a su progenitor Aristóteles (tenido por “summun” de la sabiduría durante veinte siglos).  Es el padre de la filosofía moderna.  Su gestión consistió en una enorme campaña de higienización del pensamiento filosófico: eliminar todos los abrojos, zarzales y terrenos baldíos y enmarañados sobre los que sus predecesores tuvieron que erigir sus construcciones conceptuales.


 “Pienso, luego existo”.  Dispararle a Descartes se ha convertido en un verdadero pasatiempo, para mil edipillos que compiten por matar a su nuevo papá filósofo.  Su gran misión histórica: descartar a Descartes.


Primera objeción: coherente con su método de la duda hiperbólica, y habiendo debido llevarla hasta sus últimas consecuencias, Descartes debió haber desconfiado de los automatismos del lenguaje, de la sintaxis, de la estructura sujeto – predicado (ya establecida por Aristóteles) que le impusieron su constatación (las palabras “pensaron” por él).  En realidad, lo que en él pensaba eran las estructuras lingüísticas.  En otras palabras, la lógica de los significantes predeterminan al sujeto “Descartes”.  Es la “refutación” de los estructuralistas, los lingüistas y algunos psicoanalistas.


Segunda: en rigor, Descartes debió haber dicho “algo piensa”: “algo” habría sido el subconsciente, sobre el que lo ignoró todo, y cuyo subterráneo fluir no consideró en su apotegma.  Es la “refutación” de los psicoanalistas, que Lacan formula, derogatoriamente, como “pienso, luego no existo”.


Tercera: Descartes debió haber dicho “La historia me piensa”: nuestro sabio no hizo verdadera “tabula rasa” del pensamiento que lo precedió.  Tal gestión era imposible.  No creó las palabras ni las estructuras del pensamiento: nació inmerso en una logosfera, en el líquido amniótico de un lenguaje que él no generó, al que debió haber dado crédito, y que también debió haber suscitado su metódica suspicacia.  Es la “refutación” de los historiadores, críticos de la cultura y sociólogos.


Cuarta: Descartes, como racionalista antonomástico, pretendió imponerle a la vida –fluencia temporal inasible e inherentemente irracional– su férula hecha de ideas, de conceptos, de estructuras y racionalizaciones.  Forzó a la realidad a entrar, costase lo que costase, en su corsé conceptual, su cuadrícula racionalista –pecado de violencia epistémica– en lugar de prestar atención a los irreductibles valores vitales.  Es la “refutación” de los filósofos vitalistas.


Quinta: la teoría de la evolución de las especies transformó en monismo el dualismo cartesiano.  La diferencia entre “res extensa” y “res cogitans” ha quedado descalificada.  Existe un vínculo de continuidad evolutiva entre el “homo neanderthalensis” y el ilustrado enciclopedista del siglo de las luces.  Entre el autor del “Discurso del método” y un australopiteco existe una diferencia de grado, no de esencia o de naturaleza.  No hay dualismo materia – espíritu: este representa un grado evolutivo superior a aquella.   Es la “refutación” de los darwinistas.


Sexta: según el esquema de las configuraciones binarias de occidente, la mujer ha sido asociada a la naturaleza –Gea, selva, océano, flora y fauna–, mientras que el hombre –conquistador, colonizador, desflorador– lo fue a la civilización.  Cuando Descartes propone: “es a través de la razón que nos haremos maestros y posesores de la naturaleza” sugiere el sojuzgamiento de la mujer por el hombre.  Su actitud ante la naturaleza –dominación y violación– es siniestramente sistémica con la índole del vínculo que ha determinado la relación patriarcal hombre –mujer.  Es la “refutación” feminista.


Sétima: no existe una “glándula pineal” ubicada en la base del cráneo, donde se alojase el alma humana.  Es la “refutación” fisiologista.


Octava: Descartes erra al privar de naturaleza psíquica a plantas y animales, y al pretender que hablar de una “psique” vegetal o animal no sería más que una proyección antropopática de nuestra afectividad e inteligencia.  La concepción de los animales como autómatas desprovistos de alma ha levantado escudos guerreros por doquier.  Es la “refutación” de los ecologistas y los defensores de los derechos animales.


Novena: alma – inteligencia – cerebro y cuerpo no constituyen una antítesis ontológica propia al hombre. La psique es abordable fisiológicamente, la fisiología es abordable psíquicamente: la dicotomía entre una y otra es ilusoria.  Los procesos fisiológicos son tan “inteligentes” como los procesos conscientes, y estos, tan “estúpidos” como los puramente orgánicos.  Solo cabe hablar de una unidad psicofísica indivisible y ontológicamente unitaria.  Esta es la “refutación” de Max Scheler.


Décima: antes que “pienso, luego existo”, Descartes hubiera debido decir “siento, luego existo”.  Es la “refutación” de los estetas sensualistas y decadentistas, de los “sentidores” en el linaje de André Gide, Oscar Wilde y Pierre Louÿs.


Decimoprimera: la dualidad alma – cuerpo de Descartes es mal vista por las filosofías orientales que postulan al ser humano como una unidad psicofísica.  El monismo es lo que está de moda: el dualismo no tiene muchos adeptos, al día de hoy.  Es la refutación “new age”.


Decimosegunda: en su método, Descartes propone el desensamblaje de los conceptos, la deconstrucción, como quien desarma un reloj suizo para ver cómo funciona, y opta por reducirlo a sus componentes discretos e irreductibles.  Cada problema tenía que ser desmenuzado hasta sus más elementales partículas.  Pero esta receta fracasa precisamente por cuanto, según los adalides del “pensamiento complejo”, cada uno de esos componentes debe ser puesto en contexto, debe ser “ecologizado”, y considerado únicamente en su relación con su entorno, e incluso en su relación con otros sistemas “abiertos”.  No bastaba con desmantelar: era preciso reconstruir, y considerar cada pieza del rompecabezas en su relación con el organismo en que está inserto.  Esta es la refutación de Edgar Morin y de los adeptos al pensamiento complejo.


Decimotercera: Descartes cae en el error de contemplar el sujeto y el objeto como entes separados.  El primero sería activo, el segundo completamente pasivo, yacería oferto a la exégesis del intelecto.  Pero hoy nos dicen que el sujeto y el objeto no pueden ser desvinculados: el objeto “contiene”, en cierto modo, al sujeto, y viceversa.  La epistemología de Descartes queda así deconstruida.  Esta es la refutación de los pensadores “holistas”.


Decimocuarta: la física cuántica ha demostrado que le percepción del sujeto modifica la naturaleza del objeto: es la paradoja de Schrödinger: el gato en su caja puede estar alternativamente vivo y muerto.  Desde el momento en que la percepción del investigador modifica al objeto investigado, toda la epistemología cartesiana debe ser reformulada.  Es la objeción de los pensadores de la física cuántica.


Decimoquinta: Descartes suscribe a las configuraciones binarias de siempre: alma – cuerpo, razón – intuición, naturaleza – civilización, interioridad – exterioridad, hombre – mujer, luz – tiniebla, inteligencia –instinto.  En estos modelos binarios uno de los términos se ve inevitablemente privilegiado, y el otro marginado: no están equidistantes del “centro”, son construcciones asimétricas.  Esta es la refutación de Derrida, y del pensamiento de la “deconstrucción”.


Decimosexta: Descartes comete el error de poner al Yo –el sujeto cogitante– en el centro del universo, e ignora el lugar del “otro” en su esquema filosófico.  Es un pensamiento egotista y nocivo, en gran medida responsable del egoísmo y la glorificación del Yo occidental.  Esta es la refutación de los filósofos “de la alteridad”.


Decimoséptima: le cedo la palabra a Unamuno, quien, en “Del sentimiento trágico de la vida”, critica así la duda hiperbólica cartesiana: “Y llega al cogito ergo sum”, que ya san Agustín preludiara; pero el ego implícito en este entimema “ego cogito, ergo ego sum”, es un “ego,” un yo irreal, o sea ideal, y su “sum”, su existencia, algo irreal también, “pienso luego soy”, no puedo querer decir sino “pienso, luego soy pensante”; ese ser del soy que se deriva de “pienso” no es más que un conocer; ese ser es conocimiento, mas no vida.  Y lo primitivo no es que pienso, sino que vivo, porque también viven los que no piensan.  Aunque ese vivir no sea un vivir verdadero.  ¡Qué de contradicciones, Dios mío, cuando queremos casar la vida y la razón!  La verdad es “sum, ergo cogito”: soy, luego pienso, aunque no todo lo que es piense.  La conciencia de pensar, ¿no será ante todo conciencia de ser?  ¿Será posible acaso un pensamiento puro, sin conciencia de sí, sin personalidad?  ¿Cabe acaso conocimiento puro, sin sentimiento, sin esta especie de materialidad que el sentimiento le presta?  ¿No se siente acaso el pensamiento y se siente uno a sí mismo a la vez que se conoce y se quiere?  ¿No puede decir Descartes “siento, luego soy”; o “quiero, luego soy”?  Y sentirse, ¿no es acaso sentirse imperecedero?  Quererse, ¿no es quererse eterno, es decir, no querer morirse?”  Esta es la refutación básicamente existencialista de Unamuno.


Decimoctava: Descartes erra al conceptualizar a su animal cogitante como una criatura esencialmente racional.  Con mucha mayor razón podríamos tipificarla como un ser emotivo, pasional, sentimental, temperamental, fantasioso, onírico, proclive al pensamiento mágico, visceral, sanguíneo, caprichoso, imprevisible, mercurial, volátil e instintivo. Su antropología es deficiente y reductiva.  Esta es la refutación de los filósofos “cordiales”, esto es, de los filósofos “del corazón” (del latín “cor”: corazón).


Decimonovena: Descartes ofició el exitosísimo casorio entre la geometría y la aritmética (proeza que ya había logrado Pitágoras en su célebre teorema).  Mediante su sistema de planos y coordenadas consiguió que la geometría pudiese expresarse en términos aritméticos.  El mundo entero podía ser mesurado y comprendido “more geometrico”.  Todo parecía miel sobre hojuelas, hasta que en 1975 Mandelbrôt introdujo la noción del paradigma fractal, y con él, la geometría fractal.  De un plumazo, Descartes había obsolescido.  Esta es la refutación de los adalides del modelo fractal, del “fractus”. 


¡Así que compre su boleto, y dispárele a Descartes!  ¡Pobres cretinos, filosofastros de pretil!  Bien se ve que es más fácil abatir a un león que a una hormiga: a cien metros de distancia, su dimensión y presencia lo harán un blanco más cómodo que el insecto.


Lo que este pelotón de deconstructores (¡Descartes lo fue también, pero de qué manera!) no advierte, es que nadie se ocupará nunca de dispararles a ellos.  Admitámoslo: nadie se afanaría tanto tratando de negar una cosa a menos de que sea verdadera, o siquiera tenga un alto coeficiente de verdad.  ¿Se devanan los sesos los filósofos, psicoanalistas, lingüistas y sociólogos refutando la existencia de los gnomos, las hadas y los dragones?  ¡Algo debe tener el agua, puesto que tanto la bendicen!


Descartes es un poeta mal leído.  Como padre que es de la moderna filosofía, tuvo que padecer la triste ironía consistente en engendrar a sus propios verdugos.  Pero sigue siendo un filósofo inmenso, y algo más: a su peculiar manera, un extraordinario poeta.  No tanto de la poesía de la palabra –que esgrimía con garbo, precisión y eufonía–, sino más bien la poesía de las ideas.  La poesía de los conceptos, y de su impecablemente lógica concatenación.


Cuando leo a Descartes se me hace más que nunca tangible la existencia de una música de las ideas, de una armonía del pensar, de una concepción del mundo que, queriendo ser racionalista, termina por ser profundamente mágica.  Mágica, sí.  No es la primera palabra que se le vendría a uno a la mente, al mencionar a Descartes, ¿no es cierto?  Pero la verdad de las cosas es que Descartes es magia pura.  Ya hablaremos de ello con la dilación que el tema merece.  Descartes inventó el “individuo” (la etimología de la palabra nos remite a “indiviso”), inventó el sujeto filosofante, inventó el “yo”, y lo puso en el centro de su gestión filosófica…  Verdaderos pilares de toda filosofía posterior a él.  Todos somos hijos filosóficos de él.  Como una especie de Edipo del pensamiento, osó asesinar a su padre Aristóteles, hacer “tabula rasa” de toda idea recibida, y reinventar la filosofía a partir de sí mismo.  


Su mayor infortunio consistió en haber sido mal leído, mal traducido, mal interpretado, mal comprendido, mal estudiado… y mal, muy mal criticado.  Afortunadamente, su sombra colosal de secuoya del pensamiento seguirá por mucho tiempo brindando cobijo aun a aquellos que, para ganarse una ronda de aplausos en el cafetín universitario de moda, se llenan la boca escarneciéndolo.  Ya veremos quién se acuerda de ellos en cincuenta años.


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