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La embriaguez del pensamiento

Actualizado: 14 ene

El deporte salvó mi vida


Jacques Sagot



Hoy hablaré de mí.  Gesto impúdico, inelegante, pero necesario en todo testimonio.  Como decía Unamuno: “perdonen que hable tanto de mí, pero sucede que soy el hombre que tengo más cerca de mí”.  El deporte salvó mi vida.  No es una hipérbole, una fórmula efectista para “amarrar al lector”.  Es la verdad.


Pianista y escritor, he pasado por el mundo en tonalidad de Mi bemol mayor, y vestido de palabras.  Música y literatura han sido mis grandes aliadas.  Pero después de ellas, el deporte me preservó de la postración y la discapacidad a la que, debido a una infancia enfermiza, parecía condenado. “Discapacidad”, no “minusvalidez” (minus-valía: ¡nadie vale menos por padecer una limitación física!).


De niño, cuando mi “mala salud de hierro” me llevó a coquetear varias veces con la muerte, el deporte me preservó de la silla de ruedas.  En primer lugar, la natación.  Mamá nos llevaba todos los sábados por la tarde a las piscinas termales del valle de Orosi.  Ritual, religiosamente.  Una verdadera ceremonia familiar.  Sin aquellas largas sesiones de chapaleo, de exultación física, de celebración de mi cuerpo fragilizado por mil afecciones, no estaría hoy contando el cuento.  La intención nunca fue batir los récords de Weissmuller, Spitz o Phelps.  Era una estrategia de vida.  Una manera de no morir: tan simple como eso.


Las de Orosi eran unas piscinas populares, para la gente que ni en el más desmelenado de sus sueños hubiera podido comprarse una acción en el Indoor Club o en el Tenis Club.  Mi familia era de modesta extracción, clase trabajadora, pequeña burguesía (esa que justo en este momento histórico está desapareciendo del espectro social costarricense, hecho catastrófico para nuestra democracia).


El deporte me enseñó la disciplina.  El valor del esfuerzo.  El valor de la tenacidad.  El valor de la persistencia más allá del agotamiento de nuestras fuerzas (ahí donde descubrimos ignotos yacimientos de energía moral).  Me enseñó a asumir una actitud épica ante la vida.  Me enseñó a respetar y amar mi cuerpo, que mis múltiples enfermedades habían vejado, creando una autopercepción negativa de mi ser integral.  Me enseñó la beatitud de un reposo bien ganado, de esa divina extenuación que sigue a la gran pujanza física.  Me enseñó, en suma, que yo no era pura intelección, puro espíritu, pura música y literatura, sino que también tenía un cuerpo que era el asilo de todas esas aptitudes.  “Mens sana in corpore sano”.


Todos los sábados al mediodía pasábamos a recoger a mi papá a la salida del trabajo, y nos íbamos directamente para el balneario.  Con religiosa puntualidad.  Pasábamos ahí toda la tarde, y cenábamos con hambre ogresca después del ejercicio físico.  Es crucial que las familias observen rituales, ceremonias, protocolos y tradiciones domésticas.  Todas ellas contribuyen a solidificar la estructura familiar, a crear una mitología privada, íntima.  No me refiero a la mera y desgastante habitualidad y la rutina, sino a la cultura del rito y la ceremonia.  Esa es fecunda y productiva, parte de la columna vertebral de cualquier familia.


Yo ya tenía dos grandes agentes estructurantes de mi vida: la música y la literatura, que siempre cultivé con pasión y método.  La natación me aportó una disciplina más vinculada a mi cuerpo, a mi organismo, a esa fortaleza asediada por mil enemigos que me atacaban bajo la forma de enfermedades graves e insidiosas.


Luego jugué fútbol. Era malísimo.  Me enredaba en la bola, me marcaba a mí mismo, no era capaz de anotar un gol así bastase con soplar el esférico frente al marco, mis penales quedaban flotando en el cinturón de asteroides que gravita alrededor de Neptuno…  Apenas superior a Serginho, Palermo, Waldir Peres y otros que prefiero no nombrar.  Candidato a integrar la Selección FIFA de los peores jugadores del planeta.  No hubiera sido capaz de anotarle un gol al Arco de Triunfo de París, a diez metros del monumento.  Pero eso no importaba.  La cuestión era sentirme vivo, corroborar la operatividad de mi cuerpo, respirar, saltar, gritar, correr…. En el cinematógrafo de mi imaginación, yo era Pelé al cabecear, Garrincha al driblar, y Rivelino al disparar a marco.  Como bien dice Jacques Brel: “Es importante que los cuerpos exulten”.


El piano es –entre muchas otras cosas– una gimnasia de altísima precisión.  Y la literatura moviliza el “músculo” del pensamiento con tal eficacia, que basta con que deponga la pluma un par de días, para sentir una especie de distrofia en la capacidad para hilar las ideas y encontrar las palabras justas.


Gracias a mi madre –quien comprendió el valor que música, literatura y deporte tenían en mi vida, y me educó según el modelo clásico griego de la “paideia”– no quedé engrilletado a una cama ortopédica por el resto de mi vida.  Incapaz de cultivar el fútbol profesionalmente, me he dedicado a estudiarlo, en sus facetas histórica, sociológica, estética, erótica, psicológica, filosófica, lingüística.  De todo ello surgirán varios libros, y muy pronto.


El deporte se cuenta entre las cosas más nobles y bellas que se le han ocurrido al ser humano.  Un agente civilizador de primer orden, y sí, una eficaz manera de diferir la muerte.


Al terminar nuestros retozos en las piscinas termales, solíamos detenernos en la bellísima iglesia colonial de Orosi, construida en 1767 (¡dieciocho años antes del nacimiento de Bach y Händel, y once antes del de Vivaldi!)  Imposible imaginar un lugar más mágico para ver al sol hundirse tras las sierras, nimbado por el rubro halo de su agonía.  Era un rincón que parecía sacado de las “Leyendas”, de Gustavo Adolfo Bécquer.  Ahí orábamos, “tardeábamos” (bella expresión campesina caída en desuso) y contemplábamos las hermosas pinturas y la parafernalia religiosa del lugar.  En 1976 Guido Sáenz reparó la iglesia, trajo curadores italianos para que restauraran las pinturas y objetos valiosos del templo, y fundó en él un museo de arte religioso.  Fue un trabajo prometeico que dejó nuestra iglesia como una muchacha de quince años… excepto que tenía una edad “oficial” de más de trescientos.  Hace no mucho pasé por el lugar, y descubrí –¡eso es Costa Rica!– que al hermoso templo le habían puesto a un lado una obscena, vulgar tienducha de la cadena “El machetazo”, pintada de fosforescente y prostibular rojo y amarillo. No se había respetado la “zona de amortiguación” o la “ecologización arquitectónica” que se observa para darle realce un monumento nacional.  Como poner un muñeco de Ronald MacDonald al lado de la fachada de Notre-Dame de París.  Mi decepción fue tal, que no he vuelto a visitar el lugar desde entonces.


Esas tardes de chapaleo, natación, salud reencontrada, aprendizaje de la natación, merienda, y luego la unción de la iglesia de Orosi…  Ah, amigas, amigos, ¿qué decir de toda esta venturanza sin caer en la sensiblería?  Me salvaron la vida, me preservaron de la discapacidad definitiva, me dieron muchas horas de poesía crepuscular, esa luz de intersticios que todo lo sacraliza, el “Ángelus” de Juan Ramón Jiménez (“Platero y yo”) y “Cuando el día ya no es día y la noche aún no llega” de Julián Marchena.  Momento límbico, lleno de unción, de recogimiento familiar, de luz liminal y aire tibio y fatigado, que ya busca los mil tálamos de la noche…  Como hubiera dicho Richard Llewellyn: “¡Cuán verde era mi valle!” 

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