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La embriaguez del pensamiento

La muerte agazapada


Jacques Sagot



Hojeando una biografía de Brahms, vi una foto de Viena, de 1890. Anchas avenidas, coches tirados por caballos, un tranvía, arquitectura monumental, hombres y mujeres impecablemente vestidos. Muchas, muchas personas. La foto está visualmente saturada de humanidad. Y con fuerza brutal se abatió sobre el mí el pensamiento inevitable: ¡ya todos ellos están muertos! Aquella pululación de vida, aquella efervescencia humana: ¿en qué irían pensando cada uno de ellos, inaprensivos transeúntes sobre quienes pesaba ya la garra de la muerte? ¿Qué afanes los moverían? ¿Cuáles serían sus quimeras? ¿Cuánto les restaba de vida a cada una de aquellas almas, en el momento en que la foto los inmovilizó para siempre? Acaso a algunos no les quedarían más que días, otros tal vez vivieron cincuenta o sesenta años más.

Mujeres con crinolina, tontillo, botines y parasoles; hombres con trajes de solapa larga, pantalones a rayas, chalecos, corbatines, sombreros de copa alta, polainas, bigotes y barbas augustas, solemnes, patriarcales. Todos muertos. Al día de hoy, el más afortunado de esos infelices tendrá, por lo menos, medio siglo de sepulto. Sabrá Dios dónde estarán terminando de desintegrarse sus restos. “Sic transit gloria mundi.” ¿Tendrán todos, siquiera, su sepulcro? Maldita foto: un “memento mori”. Mi vida está llena de recordatorios de muerte. La de cualquiera, a decir verdad. Lo que pasa es que la gente no se detiene a pensar en ellos. En general ni siquiera los detecta como tales. Estadísticamente, la humanidad es más muerte que vida. Somos provincia de la muerte. Siempre serán más los muertos que los vivos. Quizás ya somos más muerte que vida; quizás ya no nacerán tanto seres humanos como los que han muerto; quizás nuestra cuota de vida en la tierra ha comenzando ya a vaciarse más allá de la mitad. Somos un plazo. Y lo propio de todo plazo es expirar.


No es la primera vez que una imagen provoca en mí este tipo de cavilaciones. Lo he vivido muchas veces, al ver películas de los años treinta, por ejemplo. Saber que todos quienes participaron en el rodaje están muertos: galanes de matiné, mujeres de belleza legendaria, actores de reparto, extras, figurantes, guionistas, asistentes, directores, productores, distribuidores, niños, animales, aquellos que estaban detrás de las cámaras, presentes-ausentes en el documento. Y con ellos generaciones enteras de público que gozó con las películas. Sí, gracias a los hermanos Lumière, a Meliès, y antes que ellos a Nadar, a Carjat, a Daguerre (y para irnos más atrás, a los grandes retratistas) la muerte ha perdido algo de su absoluta potestad sobre los seres humanos. Su triunfo no es ya absoluto. Pírrica victoria, pero victoria al fin. “No todo en mí ha de perecer” –decía Horacio, en sus “Odas”–. Pero mi corazón no se consuela con ello: estúpido sería si lo hiciese.

Un día de estos vi un cuadro de Hans Holbein que me dejó hondamente perturbado: “Los embajadores”. Dos gentilhombres lujosamente ataviados (admirable recreación de la textura de la seda y el terciopelo de sus atuendos) me miraban desde el fondo de la página. Miradas francas, desprovistas de arrogancia, “vivas”, no exentas, quizás, de melancolía, aun más, de inocencia. A guisa de fondo, cortinas de un verde intenso, labradas de profusos arabescos. Entre ellos, una mesa en la que el pintor acumula toda suerte de objetos: libros, pergaminos, un laúd, mapas, telas, joyeles, en suma, la cultura.

Pero lo que me dejó atónito fue descubrir en las marmóreas losas del piso, la imagen de una calavera, no perceptible sino en una inspección minuciosa del cuadro, pues su figura se nos presenta deformada, alargada, como vista en un espejo cóncavo (lo que se conoce como un anamorfismo). Sí, otro “memento mori”. Una forma de decirnos: a pesar de toda su fastuosidad y poderío, estos dos hombres pronto yacerán bajo los mármoles. Es ahí donde las miradas de los retratados –en particular el de la izquierda– se nos antojan aun más conmovedoras. Son carne de sepulcro. Quizás lo intuyen desde el fondo del ser. Quizás saben más de lo que suponemos. Repito: no hay en ellos un ápice de arrogancia. Acaso lo contrario: una especie de candor, de bonhomía, la conciencia de estar condenados a la extinción. Por poco diría, atónitos de verse, se saberse, de sentirse vivos. Y no muy convencidos de su poder. No se equivocaban, a fe mía.

Holbein captó magistralmente un sentimiento para expresar el cual no hay palabras. La perplejidad del vivir. Y sospechar que en el fondo uno quizás no merece lo que tiene. Ante la imagen del cráneo camuflado en las baldosas del piso, interpelándonos subliminalmente, ¡qué irrisorios se nos hacen los elegantes vestidos de los embajadores! ¿Lo más aterrador de todo? ¡Que la calavera nos ve mucho antes de que nosotros la veamos a ella!

“Tan pronto un ser humano nace, es ya lo suficientemente viejo para morir” –dice Heidegger–. Hay algo de niños, en estos dignatarios, cuerpos riquísimamente cubiertos, pero cuyas almas el pintor dejó expuestas “a todas las antorchas del solsticio” (Valéry). Claro que podría decirme, como muchos: ¿a qué bueno pensar en todo esto? Yo no estaré ya presente en el momento en que la muerte me advenga. Nadie está invitado a su propia muerte. Por definición, la muerte es algo que solo les acaece a “los demás”. La muerte siempre será un “rendez-vous” fallido. Pensar en la muerte no va ciertamente a exonerarme de “vivirla” (valga el oxímoron). A veces se me ocurre que si pienso tanto en la muerte ello es porque algo en mí asume que, a fuerza de hacerlo, he de terminar un día por perderle el miedo. Tal no ha sido, ay, el caso. Antes bien, cada día le temo más. Quisiera creer que honro la condición humana, al meditar sobre la muerte. Es un acto de responsabilidad, y una manera de rendir tributo a mis maestros, los filósofos estoicos (Séneca, Epicteto, Marco Aurelio, y catorce siglos más tarde, el francés Michel de Montaigne) según los cuales la vida y la filosofía no serían sino dos grandes aprendizajes para el morir. Amigos, amigas: es preciso “aprobar” este “curso”, y hacerlo con altas calificaciones. Tal es nuestra misión como animales pensantes, conscientes de su finitud, y responsables ante ella.


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