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La embriaguez del pensamiento

Actualizado: 29 nov 2023


Catacumbas: una distopía

Jacques Sagot




Nos hemos asegurado de tener siempre a la vista una estación del metro.  Los túneles subterráneos son nuestro asilo, nuestro refugio clandestino.  Vivimos como cucarachas, huyendo de la luz, prestas a dispersarse y buscar abrigo en cualquier escondrijo.  El mundo ha devenido un lugar peligroso como nunca lo fue.  Las catacumbas, los laberintos subterráneos cumplen, una vez más, con su rol histórico de amparar a los perseguidos por las autoridades oficiales.  Las catacumbas judías del año 50 antes de Cristo, y las catacumbas romanas usadas por los cristianos dejan testimonio elocuente de esta humana proclividad: buscar protección bajo la tierra, siempre bajo la tierra.  Como si para vivir hubiésemos de convertirnos en muertos virtuales.  Yacer a profundidades incalculables, en lo que tanto son necrópolis como cuarteles generales y lugares de abastecimiento.


Desde la prohibición universal al pensamiento, tal es la situación en  que vivimos – morimos.  Un mal día, el decreto fue enunciado.  Un edicto que cambió para siempre nuestra noción de sociedad y convivencia.  Interdicción general de pensar.  Autorizados únicamente a repetir frases acuñadas por agencias internacionales que nos dictaban sus lemas, sus lineamientos, sus consignas de vida.  ¿“Lineamientos”?  ¡Ojalá tuviésemos tal grado de libertad!  Seamos exactos: toda generación de pensamiento, toda movilización neuronal no condicionada nos fue prohibida. 

 

Para ello, la policía secreta puso en acción sus noveles “lectores del pensamiento”, uno de esos artilugios tecnológicos que cambiaron radicalmente cualquier forma de vinculación humana sobre la tierra.


Todo comenzó en la Universidad de Berkeley, California.  El doctor Brian Pasley, del Instituto de Neurociencias Helen Wills, comenzó por declarar: “Hay evidencias de que oír un sonido, e imaginar ese mismo sonido, activa áreas similares en el cerebro”.  Los primeros experimentos fueron practicados con electrodos, en pacientes que sufrían de epilepsia o afectos de tumores cerebrales que requerían su pronta remoción.  Los investigadores cortaron una zona del cráneo y plantaron los electrodos sobre las circunvoluciones temporales superior y media (las áreas que permiten la audición) de la corteza cerebral.  Pasley habló durante lapsos de cinco a diez minutos con cada paciente después del procedimiento, grabando sus diferentes registros de actividad cerebral.  Por medio de las señales que las palabras oídas generaban en la corteza cerebral, los científicos consiguieron implementar dos modelos para descifrar el arcano lenguaje del cerebro.  El espectrograma obtenido por los modelos fue comparado con el que producen las ondas acústicas recibidas por los pacientes.  Pronto fue posible que un enfermo de esclerosis lateral amiotrófica, por ejemplo, pudiese operar prótesis mecánicas o mover el ratón de un ordenador.  De ahí –establecer una equivalencia entre las ondas sónicas y las respuestas cerebrales– a determinar un vocabulario –limitado al principio, al día de hoy exhaustivo– fue cuestión de un paso.  No hay un solo pensamiento, por complejo, sutil, vagaroso o codificado que sea, que la nueva tecnología no pueda registrar y “traducir”.  


El ser humano comenzó actuando de buena fe: se trataba de mejorar el nivel de vida de las personas que vivían “encarceladas” en sí mismas, de las víctimas de la enfermedad de Lou Gehrig, la epilepsia, o de accidentes cardiovasculares diversos.  Pero pronto, el monstruo de Frankenstein se rebeló contra su creador, y se convirtió en un instrumento de represión.  Batallones de fisiólogos estadounidenses se lanzaron a la creación de aparatos capaces de registrar la actividad eléctrica del cerebro.  Los investigadores grabaron los impulsos que recibían los electrodos implantados en los cerebros.  Se creó con ellos una base de datos sobre la que se elaboró un algoritmo que propusiese todas las combinaciones de neuronas activas y pasivas en el centro auditivo, en el momento en que los enfermos oían las palabras que les eran enunciadas.  Luego fue cuestión de establecer una especie de “tabla de equivalencias” entre estímulos auditivos y actividad cerebral, y pronto se elaboró un “diccionario” que permitiría descodificar toda forma de pensamiento.  En ese momento, dejamos de ser dueños de nosotros mismos.


Ahora, toda generación de pensamiento original, autónoma –los lugares comunes y las consignas de vida son pasadas por alto– es detectada de inmediato por los sensores, y la policía se encarga de perseguir a los libre-pensantes.  Sus vidas en nada difieren de las de los más temidos criminales y terroristas internacionales.  Organismos transnacionales han aunado fuerzas para suprimir toda forma de pensamiento auténtico sobre la faz de la tierra.  Destacamentos de inspectores disfrazados de civiles patrullan las ciudades, los medios de transporte, los hospitales, cárceles, escuelas, universidades, parlamentos, corporaciones, ministerios, sectas religiosas…  Nadie, absolutamente nadie –fuera de los detentores de la nueva tecnología– tiene derecho de pensar.


La era del terror dio inicio con la promulga aquella, emitida en redes sociales, afichada en todas las ciudades del mundo, taladrada en nuestras conciencias, un día sí y el otro también, por la media.  Rezaba así: “No piense.  ¡Prohibido pensar!  Solo compre.  Adquiera.  Acumule.  ¿Para qué pensar?  Pensar produce calvicie, insomnio, obesidad mórbida, pesadillas, disfunción eréctil, diabetes, hemorroides, obsesiones diversas.  ¡Por decreto general del Mundo, se declara una moratoria sobre el pensamiento!  Compre, gratifíquese, hágase cosquillitas a sí mismo, complázcase en todo cuanto se le antoje, sucumba a todos los caprichos, a todas las tentaciones…  Y si cree que ya está saciado, invéntese nuevas “necesidades”, nuevas apetencias.  Irreprimibles, compulsivas, de esas que no pueden esperar.  No lea, no estudie, no reflexione, no consuma cultura y conocimiento.  ¿Para qué?  Dedíquese de ahora en adelante a vivir de la “grasa cultural” acumulada en el bajo vientre del espíritu durante su juventud, ya no adquiera más nutrientes: como los osos que hibernan, consuma sus propias adiposidades culturales.  Y compre, compre…  No crear, no crear: más fácil, más cómodo, más rápido comprar.  Que otros creen: usted simplemente dedíquese a comprar.  Rodéese de materia, de chunches, de chatarra, de artefactos, de electrodomésticos, de cuanto nuevo juguete cibernético la sociedad le quiera empujar por la garganta.  ¡Construya su paraíso artificial en cómodas mensualidades!  Si en algún momento se ve usted tentado por el pensamiento, ¡combata de inmediato el peligroso impulso accionando monigotes en la pantalla de la computadora: usted sabe, el PlayStation: esos jueguitos en los que se simula la vida para no tener que vivirla!  Ello acabará con lo poco de la función sináptica neuronal que ha de quedarle.  Apretar botones, el automatismo de la repetición, la hipnosis, la lobotomía pre-frontal, el embeleso de la pantalla, descerebramiento total y garantizado.  ¿Los libros?  ¡Aléjese de ellos!  ¡“Vade retro, Satana”!  ¡“Malleus maleficarum”!  Haga en el patio de su casa una pira con leña verde, y quémelos en medio de danzas rituales: ¡hay que exorcizar la inteligencia!  Molesta, incómoda inquilina, generadora de conciencia –es decir, de dolor–, resulta imperativo narcotizarla, silenciar de una vez por todas su infernal parloteo.  Viva “hacia afuera”: sin contemplación, sin reflexión, sin interioridad.  ¿No trabajó ya ardua, honestamente?  ¿No merece ahora acaso liberarse del pensamiento, premiarse, por su esfuerzo, con una vida de embrutecimiento autoinducido?  Sea tonto, procúrelo consciente y sistemáticamente.  La sociedad le da permiso para volverse loco, para ser libre, para desahogarse en los malls.  El mundo entero, ¿no se ha convertido en un mall que cubre la totalidad de la ecúmene?   ¿Un mall que coincide con la superficie entera del planeta?  Anestesia general.  ¿Contra qué?   Contra la vida, contra nuestros sordos conflictos, contra los problemas que enfrenta el mundo, contra nuestras inconfesas frustraciones, contra el íntimo sentir de que estamos siendo instrumentalizados, condicionados…  Es un malestar infundado, del que urge liberarse.  Por eso, amigos, ¡prohibido pensar! “Sed cultos para ser libres” –decía Martí–.  Si tal es el caso, sea un vasallo feliz, antes que un sabio miserable”.


Luego retomó fuerza inusitada la célebre réplica que el militarote franquista le diera a Unamuno, en la Universidad de Salamanca, después de que el escritor clamara: “¡Venceréis, pero no convenceréis, porque para ello es preciso el don de la persuasión, y esta es inconcebible sin la inteligencia!”  “¿Ah, sí?  ¡Pues que muera la inteligencia!”  El rebuzno terminó costándole la vida al pobre filósofo, que murió pocas semanas más tarde, de pura amargura.  Y después del “¡Que muera la inteligencia!” advino lo inevitable: “¡Que mueran los inteligentes!”  Entre una y otra cosa hay apenas un paso.  Los que comienzan por quemar libros, no tardan en quemar personas.


Hemos organizado un frente de resistencia clandestino.  El metro de París nos ha ofrecido asilo.  Patrullas armadas de sensores de inteligencia, programadas para destruirnos, nos persiguen a través de la red de túneles subterráneos.  Hemos cavado pasadizos que los unen entre sí, a fin de evitar ser acorralados en un rincón sin salida.  El laberinto ha devenido como los dibujos de Escher y sus inconcebibles escaleras: nunca se sabe adónde vamos a desembocar, si subimos o bajamos, en qué punto exacto del dédalo estamos.  No hay hilo de Ariadna, para nosotros.  Nos sabemos los depositarios de un legado ancestral, del último rasgo que nos permitió, durante siglos, definirnos como criaturas pensantes.  Debemos protegerlo.

  

Estamos diezmados.  Nuestras filas decrecen día tras día.  Vivimos en la espera, en la vigilia, en las tinieblas, en la zozobra.  No tememos por nuestras vidas –nos sabemos condenados–, sino por el legado cultural, histórico y antropológico de que somos custodios.  Nos reproducimos “sub umbra”, y nuestros hijos, desde hace ya varias generaciones, nacen y crecen sin ver la luz del sol.  Pálidas, casi translúcidas, sus pieles.  Los más viejos de entre nosotros hemos llegado a organizarnos para salir, en lo más profundo de la noche, de nuestras guaridas, y saquear algunas tiendas para abastecernos de comida.  El agua no nos falta, toda vez que el Sena nos proporciona, a través de un sistema de cañerías que nos ha tomado años cavar, su vivificante cuerpo.  En todas las estaciones del metro tenemos vigilantes que nos alertan cuando las patrullas recorren nuestros predios.  Los sensores de inteligencia pueden detectar la actividad neurológica a cientos de metros de distancia.  Afortunadamente, el sistema de metro parisino nos proporciona más de trescientos kilómetros a través de los cuales podemos desplazarnos.  Un conocimiento perfecto de la estructura es imperativo para la sobrevivencia de nuestra secta.  Tenemos cartógrafos e ingenieros que no cesan de multiplicar los pasadizos comunicantes entre las diferentes vías. 

 

Con frecuencia debemos arrastrarnos, reptar a lo largo de túneles por los que no pasaría un hombre obeso.  En algunas estancias hemos cultivado huertos que nos dan sus frutos y legumbres gracias a procedimientos fotosintéticos que hemos desarrollado con la ayuda de linternas y fuentes de alimentación eléctrica.  Felizmente, no han sido, hasta el momento, descubiertos.  En nuestras guaridas hemos hecho acopio de cuanta literatura logramos rescatar de las piras masivas.  La lectura es un delito gravísimo, y quien sea descubierto in fraganti será ejecutado en el acto.  


No sé cuánto tiempo más vaya a durar nuestro estado de sitio.  No sé si nadie encuentre jamás este manuscrito.  No sé en qué se ha transformado el mundo de la superficie.  No sé si estaremos vivos mañana, o en una hora.  No sé cómo se dejó la especie humana conducir a esta situación.  No sé si es reversible.  Debo dejar de escribir.  Es preciso ocultarse.  Ahora mismo oigo pasos que avanzan por la galería.           

  



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