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La embriaguez del pensamiento


Los costarricenses masacran las palabras

Jacques Sagot


Los habitantes de Costa Rica, afectos de serios –quizás irreversibles– problemas de lecto-escritura, ya no saben hablar.  No hay nada de qué sorprenderse: era el corolario inevitable de no saber leer, escribir ni pensar.  Entre la palabra y el pensamiento existe el tipo de relación causal que Edgar Morin describe como “organizacional recursiva”, esto es, un vínculo circular en el que el pensamiento engendra la palabra, y la palabra a su vez engendra el pensamiento.  Pensamos desde las palabras: cuando las embarrialamos y utilizamos incorrectamente, limitamos también nuestra capacidad para pensar.  


Hay tres adjetivos que los costarricenses invariablemente usan mal.  


El primero: “genial”: “¡Ay, vieras que el viaje estuvo genial!”  “¡Fijate que en la visita al médico nos fue genial!”  “¡Te perdiste de una fiesta genial!”  Por favor, señoras y señores: genial es alguien que tiene genio o, como lo llaman hoy en día, alguna forma de sobredotación intelectual.  Geniales eran Da Vinci, Beethoven y Dante: no hay forma alguna de que una cena pueda haber estado “genial”.  ¿“Suculenta”?  ¿“Exquisita”? ¿“Opípara”?  Concedido.  ¡Pero no “genial”!  Genial es aquello que está habitado por el genio: algo desmesurado en lo sublime, lo atroz, o lo aterrador.  En todo caso, designa una vivencia larger than life


El segundo: “patético”: “¡Ayer me multaron por haber dejado el carro mal parqueado, imagínate qué patético!”  “¡Este filet mignon está patético!”  “¡No te perdiste de nada: la fiesta de ayer estuvo patética!”  De nuevo, amigas u amigos: el epíteto “patético” es muy grávido semánticamente y no debe ser charraleado, banalizado: Beethoven llamó a su sonata en Do menor Op. 13 “Patética”; Chaicóvski denominó a su sexta y última sinfonía “Patética”; Scriabin subtituló su Estudio para Piano en Re sostenido menor “Patético”; escuchen toda esta música y verán lo que la noción de patetismo (del griego pathos: sensibilidad, sufrimiento) realmente significa.  Estamos hablando de un dolor que no deja respirar, que corta el resuello, que nos estruja la garganta.  Para que se enteren: Scriabin murió loco a los 43 años de edad, Chaicóvski se suicidó con cianuro a los 53, dos semanas después de estrenar su Sinfonía “Patética”; y Beethoven arrostró la tremenda prueba de su sordera total, antes de caer doblegado a los 56.  Bien se ve, amigos y amigas, que estamos hablando de dolores muy hondos, muy lacerantes, el tipo de tragedia que ciertamente puede arrojarnos de cabeza a la fosa sepulcral.

  

El tercero: “fatal”: “Esa comida de ayer me cayó fatal”.  “Hoy me he sentido fatal”.  “Vieras que amanecí fatal de mis hemorroides”.  No, no, no…  “Fatal” es, una vez más, un adjetivo muy cargado semánticamente.  Procede del latín fatum: destino.  Algo fatal solo podría ser intensamente dramático, funesto, tremebundo: un ataque de hemorroides no califica dentro de este espectro semántico.  Recuerden, por el amor de Dios, el devastador poema de Darío “Lo Fatal”: “pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, ni pesadumbre mayor que la vida consciente”.  Fatal es, por ejemplo, el destino de Edipo que, profetizado por el oráculo, se consumó, pese a todas las medidas que sus padres tomaron para evitarlo.  Lo fatal es, por definición, lo inevitable, lo inexorable.  La muerte es la fatalidad por antonomasia.  De nuevo: resulta grotesco, impropio, exorbitado y en última instancia irritante, que el costarricense subutilice el epíteto “fatal” para calificar la mala calidad de una cena, la jaqueca con la que se despertó, o la lluvia que hizo abortar un proyecto de picnic. 


No ensucien las palabras, no las trivialicen, no las desvirtúen, no las “guataqueen”, no las degraden semánticamente: eso es como tocar a Dios con las manos sucias.  Cuando tengan que enfrentar algo realmente genial, patético o fatal, no tendrán adjetivos para describirlo.  Recuerden lo que decía Confucio: “La corrupción de los pueblos comienza con la corrupción de su idioma”.


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