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Deporte: magia, poesía y heroísmo

Yelena Mújina: una mártir del deporte


Jacques Sagot




Yelena Viacheslávovna Mújina, sus ojos azules siempre tristes, su actitud retraída, su sordo dolor subterráneo.  Una de las más grandes gimnastas soviéticas de todos los tiempos.  Ganadora del concurso general individual del Campeonato del Mundo de 1978 en Estrasburgo.  Una carrera meteórica. 


Cayó en manos de un entrenador codicioso de gloria, de un acosador y un abusador de su delicada salud: Mijaíl Klimenko.  Un caza-talentos, feroz perro de traba, que la obligó a entrenar de la manera más brutal sin haberse aún recuperado de diversas lesiones, entre ellas una fractura de la pierna derecha y dos costillas rotas.  Klimenko era inmisericorde: fue un torturador a sueldo, y acabó con su carrera y con su vida. 


Estamos poco antes de las olimpíadas Moscú 1980, donde todo el mundo esperaba que las gimnastas soviéticas alcanzaran el 10 perfecto que un cometa llamado Nadia Comaneci les arrebató en Montreal 1976.  La consigna era vencer a la rumana, y recuperar la hegemonía soviética en el ámbito de la gimnasia femenina.  Sin estar plenamente recuperada de las mencionadas lesiones, Klimenko la obligó a practicar el temido “salto Thomas”, una proeza de elasticidad, altura y equilibrio que solo los hombres cultivaban, y que después de varias catástrofes fue prohibido tanto para mujeres como para varones.  Pues bien, dos semanas antes de los juegos que iban a reinstaurar el poderío del oso ruso en el mundo entero (aun cuando Occidente decidió no participar en el torneo, fútil boicot por la invasión soviética a Afganistán iniciada el 24 de diciembre de 1979), Yelena, entrenando el malhadado “salto Thomas”, se elevó, caracoleó en el aire, y aterrizó sobre su barbilla.  Se rompió la columna vertebral en mil pedazos y quedó tetrapléjica, confinada a una silla de ruedas y un pequeño apartamento moscovita de dos cuartos por el resto de su vida.  Klimenko jamás tuvo la deferencia de visitarla.  Ni una sola vez.  La borró de su agenda triunfalista, y puso su garra sobre nuevas atletas.  Yelena apenas venía de cumplir 20 años de edad, y su carrera deportiva como su vida misma estaba hechas añicos.


Vivió en soledad, en su celda de atleta malograda, hasta el 22 de diciembre de 2006, cuando, con apenas 46 años de edad, muere víctima de un infarto masivo del miocardio.  Su vida estuvo, toda ella, signada por la tragedia.  Su padre, alcohólico irredento, abandonó a su familia durante la temprana infancia de Yelena, y a los 6 años de edad perdió también a su madre, víctima de un incendio (posiblemente ocasionado por el padre desertor).  Fue criada por su abuela, Anna Ivanovna. 

 

Como atleta, su más preciado galardón fue su triunfo en el Campeonato Mundial de Estrasburgo, en 1978.  Después del fulgurante desempeño de Nadia Comaneci en Montreal 1976 (quien vio sus proezas en las barras asimétricas no la olvida), la entrenadora de gimnastas soviéticas, Larissa Latýnina fue severamente reprendida por los gerontosaurios del Poliburó.  “No es mi culpa que Nadia Comaneci haya nacido en Rumania” fue su certera respuesta—.  En la Unión Soviética el deporte era, primordialmente, un medio propagandístico empleado para cantarle al mundo las infinitas bondades del sistema político que encarnaba.  También lo fueron las artes, por cierto: es el estilo conocido como “Realismo Socialista Soviético”.  En ese maelstrom cayeron Eisenstein, Pudovkin, Bondarchuk, Shostakóvich, Prokófiev, Zajárov, Brodski y muchos más.

 

El “salto Thomas” presupone alzarse 1 y ¾ metros, y realizar en el aire 1 y ½ giros.  Fue perfeccionado por el gimnasta estadounidense Kurt Thomas en 1978.  Su nivel de peligrosidad era altísimo.  Si Yelena no lograba alcanzar suficiente altura y una rotación exacta, caería de barbilla; si se excedía en estos parámetros, caería sobre la nuca.  Ambos casos generaron incontables accidentes fatales.  Ya Mújina había creado un doble salto mortal de espalda al piso, de modo que su legado en el mundo de la gimnasia parecía sólido.  Pero el empecinamiento de Klimenko (¡convertirse en ícono de la gimnasia soviética, en héroe de la patria, en figura laudada y oficial del établissement!) llevó a Yelena a la peor de las suertes.  Ella advirtió el peligro, e insistió en ser eximida de tal temeridad.  Pero la máquina soviética trituradora de seres humanos no se lo permitió: todo fuese antes que volver a ser humillados por Nadia Comaneci y el poderosísimo equipo femenino rumano.

 

No existe una sola fotografía en la que veamos a Yelena Mújina sonreír.  La tristeza era la patria de su alma.  La tonalidad básica de todo su ser.  Aquel ser habituado a las alturas, ahora condenado a una silla de ruedas y la más abismal de las soledades.  Como el Albatros de Baudelaire, en el aire desafiaba a los relámpagos y los huracanas, pero al verse exiliado sobre el puente de los barcos, “sus alas de gigante le impedían caminar”.

 

El sistema soviético trituró a muchos de sus deportistas y artistas: cineastas, bailarines, músicos, actores, pintores, escultores, arquitectos…  Al propio Lev Yashin, votado el mejor portero del siglo XX, nunca le permitieron jugar fuera de la URSS, pese a que fue codiciado por los más grandes clubes europeos.  Toda su carrera quedó encerrada en el Dinamo de Moscú, donde no tenía exposición internacional, presencia universal.  Stalin, Kruschev, Brezhnev, Andrópov, Chernenko…  Todo el Politburó era un descomunal engranaje abocado a controlar hasta los menores detalles de sus más distinguidos ciudadanos.  Entre los más conspicuos desertores se cuentan los ajedrecistas Viktor Korchnoi y Boris Spassky, los bailarines Rudolf Nureyev y Mijaíl Barishnikov, y el chelista Mstislav Rostropovich, pero hay muchos más, cuyo bajo perfil no ha generado la leyenda de estos monstruos sagrados.

 

“Mi lesión podría haberse evitado.  Todos sabían que no estaba preparada para ese salto y guardaron silencio.  Nadie se detuvo a decir que parara.  Yo había dicho más de una vez que me iba a romper el cuello haciendo ese giro.  Me había hecho mucho daño varias veces, pero Klimenko simplemente me respondía: “Las gimnastas como vos no se rompen el cuello” —contó Mújina a una revista deportiva, dos años después de su fatídico accidente—.

 

Yelena Mújina no se abandonó a la lamentación, la autocompasión ni la muerte.  Se dedicó a estudiar apasionadamente filosofía, literatura e idiomas.  Llegó a ser un intelecto de primer orden, y es cosa que a todos nos llena de alegría.  Pero yo no logro extirpar de mi mente esos dos enormes ojos azules, llenos de melancolía, de anhelos no colmados, de insatisfacción con el estilo de vida que su país le había impuesto de manera draconiana.  Pareciesen dirigir un amargo reproche al sistema que truncó su vida y pulverizó sus sueños.

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