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Deporte: magia, poesía y heroísmo

Actualizado: 1 ago 2023

El más angustiante partido de la historia

Jacques Sagot


Seguimos con los felinos, en este caso, una pobre representación de los ágiles, temibles carnívoros de la pradera: “Los leopardos” de la Selección de Zaire (hoy, República Democrática del Congo).  En 1974, después de cuestionable clasificación (marrulla desvergonzada contra Marruecos en la fase final del proceso), se convirtieron en el tercer equipo africano que asistía a un mundial (Egipto participó en Italia 1934, y Marruecos en México 1970), y el primer cuadro del África negra, subsahariana que concurría a la cita.  


El país más vasto del África Central, la tierra de los grandes lagos, epicentro de su continente, atravesado por el Ecuador, llevó un equipo cuyos integrantes eran, en su mayoría, descendientes de las etnias pigmeas de Mbuti.  Nada reprensible en ello: un campeonato de esta naturaleza es, por definición, inclusivo.  Pero conviene recordar que, tal cual el fútbol es jugado en nuestros días, es raro que un país convoque a un contingente cuya media de estatura no sea superior a los 1,70 metros.  Si quieren alinear pigmeos en el equipo, nada debería vedar tal decisión (la República Checa tuvo en sus filas, durante las eurocopas de 2004 y 2008, a un monstruo llamado Jan Koller –“El dinosaurio”, “El gigantón, “El obelisco", La bestia”, “cuatikoller”, “migolikoller”, “El tanque", "Kolo”– que medía 2,02 de estatura, y todo lo que sabía hacer era cabecear: nadie objetó su presencia en el equipo), pero en el caso de etnias pigmeas se impondría, si se alimenta alguna pretensión de éxito, plantear un sistema que potencie las facultades físicas de los jugadores, y evitar como la peste el juego aéreo.


Sin embargo, la historia es mucho más triste, y ello por razones extradeportivas.  Zaire vivía a la sazón bajo la dictadura del sanguinario Mobutu Sese Seko, un cleptócrata que le robó a su país 500 billones de dólares a lo largo de sus 32 años de satrapía.  Los “leopardos” –cuya colorida camiseta proponía una imagen del animal en cuestión– carecían de experiencia internacional, y llegaron a Alemania a jugar amedrentados.  “Si pierden no vuelven” –los sentenció Mobutu–.  ¿Quién puede salir a un terreno de juego y desempeñarse adecuadamente con semejante espada de Damocles sobre su cabeza?  En su debut mundialista fueron derrotados por un recio equipo Escocés 2-0.  No fue una caída desdorosa.  Luego vino la debacle.  El técnico, el yugoslavo Blagoje Vidinic (quien ya había liderado a Marruecos en México 1970) dispuso la expulsión de varios brujos zaireños cuya presencia habría, presumiblemente, apuntalado psicológicamente al equipo, ¡y ello justamente para su encuentro contra Yugoslavia!   A los 18 minutos ya Zaire perdía 3-0.  El técnico intentó reemplazar al portero Mwamba Kazadi (una de las “estrellas” del equipo), parcialmente responsable de los tres tantos.  Por fin, optó por dejarlo en el terreno.  Lo que siguió fue una masacre.  Yugoslavia caminó sobre Zaire con marcador final de 9-0.  Fue un récord de goleada que solo sería superado por el infame 10-1 que Hungría le obsequió a El Salvador en el campeonato España 1982. 


El siguiente rival era el campeón vigente, el Brasil de Rivelino y Jairzinho, obligado a anotar 3 goles para asegurar su pase a segunda ronda, después de desteñidos empates a cero contra Escocia y Yugoslavia.  Mobutu envió otra amenaza al equipo: “Si pierden contra Brasil por más de 3 goles, mejor que no vuelvan a casa”.  Y así –con Brasil forzado a anotar por lo menos 3 goles para seguir en el torneo, y los jugadores de Zaire “amablemente invitados” a no encajar más de 3 para salvar sus vidas– se celebró el partido.  


La tensión se cortaba en el aire, en el Waldstadion de Frankfurt, el 22 de junio a las 4:00 pm.  Brasil generó incontables opciones de gol, pero la ansiedad de sus delanteros los llevó a fallar una y otra vez, a pesar de la temprana anotación de Jairzinho a los 12 minutos.  De ahí en adelante, la delantera brasileña erró una, y otra, y otra vez…  Y el segundo gol no llegaba.  Entretanto, el arbitrillo rumano Nicolae Rainea –el mismo que en España 1982 permitiría que Gentile licuara a patadas a Maradona en el partido Italia – Argentina– no pitó penales clarísimos a favor de Brasil (faltas sobre Marinho y Luis Pereira).  Al minuto 65, la Canarinha, con un misérrimo 1-0 a su favor, estaba quedando descalificada –¡hubiera sido un escándalo!–  Por fin, un minuto después, fulminante zurdazo de Rivelino, a pase retrasado de Jairzinho.  En la banca vemos a un exasperado Zagallo gritar “¡Puta que parió!”   Estaba fuera de sí.  Rivelino ni siquiera celebra el tanto: ¡urgía anotar un tercer gol!  Y poco después cayó la anotación: un regalo del portero Kazadi, a quien se le escurre bajo el cuerpo un inocuo centro – remate de Valdomiro desde la derecha.  Así que sucedió justo lo que debía de suceder: Brasil logró avanzar a la segunda ronda, pero los zaireños consiguieron salvar su pellejo impidiendo que el marcador llegase a los 4 fatídicos goles.  La verdad es que solo la mala puntería de Brasil los preservó de tal atrocidad: pudieron haber encajado 8.  El balance de Zaire (tres derrotas, 14 goles en contra y 0 a favor) sigue considerándose la más lamentable actuación de un equipo en copas mundiales.  No será fácil, “superar” tal nivel de incompetencia: las fuerzas se han desde entonces nivelado, y es improbable que una selección nacional vuelva a ofrecer tan pobre espectáculo.  


Mwanza Mukombo fue declarado, oficialmente, el peor jugador del mundial (¿para qué ensañarse así con la gente?)  La razón puede parecernos risible o trágica, según el ángulo que adoptemos para valorarla.  Cuando ya Brasil ganaba 3-0, el árbitro señaló una falta contra Zaire, en las inmediaciones del área.  Tan pronto sonó el pito, Mukombo se lanzó a toda velocidad y le propinó al balón una patada, tal cual si hubiese querido anotar un gol a su favor desde 80 metros…  ¿Sería posible que ni siquiera conociese las reglas elementales del juego, y se hubiese creído en medio de un partido de rugby?  No: Mukombo se precipitó sobre el balón para alejarlo a cualquier precio del marco zaireño.  Se adelantó al cobro de Rivelino porque quería ganar tiempo, porque luchaba por su propia vida y la de todo su equipo.  Fue un gesto desesperado, instintivo.  La imagen le dio la vuelta al mundo, y se constituyó en uno de los “grandes momentos” del campeonato.  Es fácil encontrarla, con no más que buscarla en Google.  Zaire se convirtió en el hazmerreír de la competencia, y los “leopardos” fueron rebautizados “los gatitos”.  Mukombo hizo lo que cualquier hombre hubiera hecho en su lugar: un tiro libre de Rivelino era medio gol, ¡y en casa los esperaba Mobutu Sese Seko para fusilarlos, si el fatídico cuarto tanto caía!   


Es profundamente desmoralizante, todo esto: brujos, amenazas de muerte, futbolistas que “desconocen” las reglas del juego…  No propongo esta historia para hacerlos reír.  Espero, antes bien, que los mueva a reflexión.  Los zaireños consideraron regresar a su país en un bus que obsequiarían a Mobutu, a fin de no ser ejecutados.  Intentaron salir de Alemania clandestinamente para que su llegada a Zaire pasase inadvertida…  No lo lograron.  Fueron descubiertos, y esperados en casa por su verdugo.  Respiren, amigos, amigas: nadie fue asesinado o enviado a prisión, pero sí fueron objeto de severas sanciones.  Fuere como fuere, la situación es aberrante, monstruosa.  El año de 1974 le deparó a Zaire otro gran evento mediático: la pelea Alí - Foreman (“the rumble in the jungle”) donde Muhammad derrotó a su rival en el octavo asalto.  Era una de las razones por las cuales Mobutu Sese Seko quería que, a ojos del mundo, “su” selección hiciese un papel decoroso en Alemania.  Lo menos que podemos decir es que su talento como “motivador” era más bien limitado.


Quienes en aquel momento vimos ese partido, torciendo desesperadamente a favor del campeón, Brasil, jamás supimos el subterráneo, terrible fragor de muerte y angustia que recorrió la totalidad del encuentro.  Ya con el marcador 3-0 a su favor, Brasil (que nada sabía de la íntima tragedia de los zaireños) siguió atacando inmisericordemente a su rival.  ¿Pueden ustedes imaginar el quantum de angustia con el que esos infortunados futbolistas jugaron?  ¿Son ustedes capaces de empatizar con el nivel de zozobra que les cerraba la garganta cada vez que Rivelino, Jairzinho o Marinho se acercaban a su área, con las más aviesas intenciones?  ¡Una cosa es jugar para ganar una copa, otra muy diferente  para salvar la propia vida!  


Nadie en el mundo supo, durante muchos años, la ordalía, el suplicio, el tormento de esos once infelices guerreros.  El fútbol está lleno de ese tipo de injusticias.  Nosotros nos limitamos a verlo, cómodamente arrellanados en nuestro sofá favorito: a menudo ignoramos por completo la correntada de sangre que irriga los terrenos de juego, y las agonías a que son sometidos algunos deportistas.  Cada balón que llegaba al área de Zaire era potencialmente “el beso de la muerte”, para los zaireños.  Y de manera épica lograron, en medio de su incompetencia, evitar que la masacre pasara de los tres goles.  Hoy en día reveo el partido, y puedo perfectamente percibir la ferocidad, la desesperación, la angustia con que los africanos defendieron su marco.  ¡Y lo peor de todo es que Brasil necesitaba sus tres goles, y que una vez conseguidos seguiría a no dudarlo pugnando por ampliar la diferencia!  Angustia en ambos bandos, pero los brasileños no jugaron por su vida.  Los zaireños sí lo hicieron, y la salvaron “by the skin of their teeth”.  Me duele, revisitar este partido.  Me duele saber que jamás sospeché el infierno que tuvieron que atravesar los zaireños, que cada vez que yo celebraba un gol de Brasil, el frío sudor de la muerte transía y paralizaba a sus rivales.  A no dudarlo, el partido más auténticamente dramático de la historia del fútbol.  ¡Es tanto lo que ignoramos sobre los caídos, los vencidos, los gladiadores doblegados que quedan tendidos sobre los caminos del mundo!  ¡Su testimonio es mil veces más desgarrador que el de los vencedores, esos sobre los cuales solemos saber hasta lo que no deberíamos!  


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